viernes, 16 de mayo de 2014

El Santo Cáliz de Valencia. Catalina Martín Lloris





GREGORIO MAYANS Y SISCAR:
Intercambio epistolar entre Sales y Mayans
sobre las reliquias en general y el Santo Cáliz en particular


La obra de Agustín Sales ha sido muy criticada ya desde el momento de su redacción. La escribió en la época de la Ilustración valenciana y ya en ese momento recibió críticas por parte de Gregorio Mayans, que la descalificó por la falta de rigor histórico.

[...]

La obra de Sales sobre el Cáliz, que carece de documentación directa y está plagada de leyendas, era fuertemente criticada por un ilustrado de entonces, que no era contrario a creer que el Cáliz estuviese en Valencia, sino que deseaba un mayor criterio para investigarlo.

[...]

Las cartas que hacen referencia al cáliz van desde el 31 de agosto de 1735 hasta el 4 de julio de 1736.

Mayans escribe a Sales:

 El 15 de octubre de 1735:
«¿Que sacará VM. de sacar Dissertaciones sobre cosas inciertas, pudiendo emplear el tiempo en hacerse un hombre eminente, digo, ministro evangélico?»

El 25 de febrero de 1736:
«El asunto de èsta ya dige a VM. al principio que me parece dificil de probar».

El 22 de junio de 1736:
«Amigo mio, la Dissertacion de VM. esta llena de noticias mui exquisitas, se conoce el gran trabajo que VM. ha puesto. Yo quisiera que VM. le hubiese empleado en otro asunto.
[...]
La Dissertación del Sagrado Cáliz manifiesta en VM. Una suma aplicación a recoger cuanto conduce a hacer verosímil que fue el mismo de la Cena del Señor; pero VM. Se ha fatigado en vano, porque sus mismos fundamentos lo contradicen. VM. Dice que ai tradición i no lo prueva, i de su mismo modo de escrivir se infiere que no sabe el modo de probarla... La patria de San Lorenzo se ignora i VM. Cree a los autores aragoneses que fingieron la carta de San Lorenzo para suponer la patria».

El 30 de junio de 1736:
«Sobre la patria de San Lorenzo no vale el testimonio de Morales. Mayor hombre fue Zurita i era aragonés, i si éste no se atrevió a afirmarla, cierto es que no avia tradición. Los martirologios i breviarios que la afirman, son recientes. Las tradiciones antiguas piden una serie de pruevas hasta llegar a ellas, cuya extensión es limitada en el tiempo. Vidania, Ustarroz i Dormer nada probaron, i los nuestros menos».

Sales anotó al margen de esta carta de Mayans una serie de comentarios que manifiestan su disgusto.
Ante las afirmaciones de que no prueba la tradición:
«No lo leyó con cuidado, pues se prueva con los monumentos propuestos».
Y respecto a la patria de San Lorenzo:
«No consta que los aragoneses fingieron la carta, es libere dictu».

Sales responde a Mayans:

«No consta que la carta de San Lorenzo sea fingida, los historiadores aragoneses no necesitan de ella para hacer a San Lorenzo suyo, puesto que lo es en sentir de toda España».

En cualquier caso, es muy interesante que en una fecha tan temprana como ésta se procure realizar una historia de las reliquias que se base en documentos y no en leyendas como se había hecho en este momento.

jueves, 15 de mayo de 2014

El Santo Cáliz de Valencia. Catalina Martín Lloris





AGUSTÍN SALES I ALCALÁ:
Dissertacion histórica, critica, i expositiva, del Sagrado Cáliz en que Christo Señor Nuestro consagró en la noche de la Cena, el qual se venera en la Santa Metropolitana Iglesia de Valencia.

Año 1736


Sales destaca tres cenas realizadas por Jesús la víspera de su Pasión y Muerte. Asegura que todos los cálices que usó Cristo en la cena se pueden llamar cálices del Señor y ésta sería la razón por la que pueden existir varios repartidos por el mundo. Hubo tres cenas: la del cordero pascual, la común que todos usamos y la Eucarística. En el segundo capítulo hace una amplia disertación describiendo cómo los griegos, egipcios, romanos y hebreos ricos usaban en sus convites y cenas los cálices preciosos, justificando así la utilización de una piedra preciosa cuando Cristo profesaba la pobreza. El dueño de la casa donde se celebró la Última Cena era rico y era costumbre usar piedras preciosas, y cuenta la historia y tradición de materiales, cálices, etc. En el cuarto capítulo analiza con detenimiento quién fue el padre de familia. Más tarde demuestra la falsedad de la relación entre el dueño de la casa donde se realizó la Última Cena y Cristo. En el capítulo sexto, con respecto a los diferentes cálices que existen de la Última Cena, el autor critica y describe duramente lo que él considera fue la equivocación de Calvino y los suyos. El autor se convence de que no consagró Cristo en algunos de los seis cálices preciosos que se guardan en Francia, Italia y Flandes. Finalmente concluye asegurando que el Cáliz de piedra ágata que se venera en Valencia es el auténtico en el que Cristo consagró en la noche de la Cena. Sales afirma rotundamente la autenticidad del Cáliz pese a los comentarios del Venerable Beda y su sucesor Baronio que están en contra. Dice que es el Cáliz de piedra ágata cornerina oriental y con este nombre aparece en el inventario de reliquias de la catedral que se mandó hacer en 1660. También asegura que Alfonso el Magnánimo entregó el cáliz el 18 de marzo de 1437 y que está custodiado en el archivo de la catedral el documento de entrega. En cuanto al material del que está hecho, discute las tesis de Pedro Antonio Beuter y está de acuerdo con Gaspar Escolano. Critica la afirmación de Beuter que dice que es de calcedonia cuando en los documentos se menciona que es de ágata cornerina.
Agustín Sales defiende la tesis de que el Cáliz de la Catedral de Valencia es el mismo que San Lorenzo envió a Aragón cuando repartió los tesoros de la Iglesia, y que en la pérdida de España fue depositado y guardado en el monasterio de San Juan de la Peña en las montañas de Jaca. Sales afirma que esta tesis la justificaría simplemente la tradición universal conservada en “Huesca, San Juan de la Peña y todo el reino de Aragón y su corona, como consta en el archivo del monasterio”.
[Este documento de 1399, que es en el que Sales se basa, ya estaba en esta época en el Archivo de la Corona de Aragón].
En la polémica de la patria de San Lorenzo, de la que dependía si el cáliz estuvo primero en Valencia o en Huesca, se apoya en la tradición de Diago y Joseph Dormer y en el padre Jerónimo Escuela, religioso franciscano, y en Briz Martínez, Juan de Mariana y Baronio, para decir que San Lorenzo manda a Huesca el Cáliz. Sales, con respecto a la carta que envió San Lorenzo junto con el Cáliz, afirma que, aunque hoy no existe, no se puede poner en duda, pues en la carta de 1399 del rey Martín se hace referencia a ella. También trata el tema de la equivocación que aparece en el documento de 1399, que dice que San Lorenzo manda el Cáliz y la carta a San Juan de la Peña. Justifica este error asegurando que era culpa de una equivocación del notario.
Además Agustín Sales hace mención al documento nunca encontrado del 14 de Diciembre de 1134.
Finalmente llega a la conclusión de que el Cáliz entró en la catedral en 1424 (confundiendo esta entrada con la de las reliquias de San Luis). También destaca el texto de M. S. Latino, quien aseguraba que el capellán mayor del rey Alfonso V tenía en depósito entre otras la reliquia del Cáliz y que por haber muerto éste en 1437 se depositaron en poder del muy ilustre cabildo de Valencia.
[...]
Las reliquias vendrían de Roma a San Juan de la Peña, a la Aljafería de Zaragoza y de aquí directamente a Valencia en 1424, y en 1437 se hizo la donación definitiva.
A Sales le han seguido a lo largo de la historia otros investigadores como Juan Bautista Ballester, Solórzano, Fernando Camargo, Juan Tamayo de Salazar, Marcos de Salmerón. Sin embargo, ya en su época fue muy criticada la obra de Sales por el ilustrado Gregorio Mayans.

miércoles, 14 de mayo de 2014

El Santo Cáliz de Valencia. Catalina Martín Lloris





ABAD JOSÉ BRIZ MARTÍNEZ:
Historia de San Juan de la Peña y el Reino de Aragón


En 1620 apareció la obra del abad Briz, del monasterio de San Juan de la Peña.

Este autor comienza su obra afirmando, ya en el título, que el Cáliz de Valencia es el mismo de la Última Cena.
[...]
Briz Martínez afirma que San Lorenzo fue tesorero de todas las riquezas del Papa Sixto, de los vasos y reliquias sagradas, y que dispuso de ellas enviando buena parte a su patria, que es Huesca.
[...]
Briz Martínez se apoya en los documentos para confirmar sus afirmaciones. Menciona manuscritos con fecha exacta. Sin embargo, con el incendio del monasterio, el paso del tiempo y la desamortización del siglo XIX, es verdaderamente difícil localizarlos.

De las reliquias que se salvaron del incendio encontramos un brazo de plata de San Indalecio, un hueso de San Benito, huesos de San Plácido, de San Jorge, de San Damián, de los Apóstoles San Simón y Judas, de San Asciclo, una partícula del Lignum Crucis, de la Túnica de Cristo, el cuerpo y la cabeza de San Indalecio y algunos otros.
Se desprende de su obra que entre todas estas reliquias destaca la del Santo Cáliz de la Catedral de Valencia, describiéndolo como “el Cáliz en que Cristo consagró la noche de su Pasión, que fue como su primer sepulcro, en que estuvo su cuerpo, en vida, acompañando su preciosa sangre, en que convirtió la sustancia del vino, que allí había”.

Para referir la historia de la reliquia, recurre a la Biblia, a los testamentos apócrifos y a la leyenda. Sin embargo, al describir cómo acontecieron los hechos históricos, señala que en la Cena Cristo usó dos cálices. El primer cáliz lo usó para la bebida ordinaria de la primera cena legal, y el segundo en la institución del Santísimo Sacramento y tras haber lavado los pies a sus discípulos.
Del primer Cáliz nos dice que estaba en Jerusalén, en tiempo del Venerable Beda, y se mostraba a los peregrinos que iban a visitar los Lugares Sagrados.
Del segundo, que es el que estuvo en San Juan de la Peña, por muy largos siglos, de donde fue trasladado a la iglesia de Valencia.

Briz Martínez en su disertación ya señala, en 1620, que no se sabe cómo llegó al monasterio, quien lo llevó, ni por qué camino salió de San Juan de la Peña.
El abad destaca distintas hipótesis que ya en su época se barajaban. Entre ellas, la que dice que el padre San Antonio de Yepes recibió del rey don Ramiro II la reliquia, suponiendo que hasta este momento estuvo en poder de los reyes de Aragón, en su capilla real. Este dato lo confirma un documento que nombra Briz Martínez en el que el rey Ramiro confiesa que le da a San Juan de la Peña tres villas, en compensación de un cáliz de piedra precioso que sacó de su monasterio. Según este documento, “Pro illo calice de lapide praetioso pro uno vrce fimilicer de lapide praetioso, que traxi de sancto Ioanne”. El abad de San Juan de la Peña asegura que, aunque el cáliz que está en Valencia no es de esmeralda ni de rubí sino de calcedonia, basta haber consagrado en él Cristo para llamarlo de piedra preciosa. Además asegura que el cambio por tres villas es tan importante como la reliquia. Éste debe ser el documento que se encuentra en el Archivo Histórico Nacional y también lo recoge Antonio Beltrán. Sin embargo, en ningún momento se dice que sea el Cáliz de la Última Cena.
[...]
Al continuar con el recorrido de la reliquia, y basándose en Escolano, Briz señala que los españoles, desde la pérdida de España, tuvieron guardado el Santo Cáliz de la Catedral de Valencia en San Juan de la Peña. Sin embargo, no dice en qué lugar de España había estado hasta entonces ni a qué ciudad lo había enviado San Lorenzo. Escolano se equivocó en la fecha de salida del Cáliz del monasterio, como apunta Briz, ya que este autor da fecha del 27 de septiembre de 1499, cien años después. Sin embargo, y como queda bien reflejado en los documentos, la fecha es de 1399. También destaca Briz la equivocación de Escolano cuando afirma que lo dio Martín el Humano en depósito a la iglesia de Valencia. Briz destaca que a Valencia no llegó hasta 1437, como consta tanto en los documentos como ya en la obra de Diago.
El monasterio de San Juan de la Peña entregó el Santo Cáliz de la Última Cena al rey Martín el Humano. Ya menciona y transcribe Briz Martínez el documento del 26 de septiembre de 1399 en el que aparecen el rey Martín en su capilla mayor de la Aljafería de Zaragoza, el arzobispo de Zaragoza, don Antonio, y Bernardo, prior mayor de San Juan de la Peña. El monarca dio a San Juan de la Peña a cambio un cáliz de oro para la capilla que pesaba cinco marcos y una onza, conforme al peso de Zaragoza. El autor destaca que este cáliz estaba adornado de esmaltes y de otras joyas. Señala que en el intercambio el rey obligó al monasterio a que no pudiese vender ni empeñar, en ningún tiempo ni por causa o razón alguna, el cáliz de oro. Sin embargo este cáliz desapareció en el incendio. A continuación, en fecha de 1437, el Cáliz se deja en depósito en la Catedral de Valencia.
El abad defiende la tesis de que el Cáliz llegó a Huesca enviado por San Lorenzo, y no a la Catedral de Valencia, como Diago y Escolano afirman en su obra asegurando que el santo nació en Valencia. Al mismo tiempo asegura, por el documento de donación a Martín I de 1399, que se envió el Cáliz a Huesca ya que San Lorenzo era de esta ciudad, aunque en el documento conste que se envió a San Juan de la Peña. Briz Martínez afirma que el secretario que escribió y firmó el documento de 1399 se equivocó porque el monasterio aún no estaba construido en esa fecha. El autor asegura que este secretario se refería a Huesca, porque cuando se perdió España, el obispo de Huesca se trasladó a la cueva donde después se construyó San Juan de la Peña. Fue entonces cuando el obispo de Huesca se llevó consigo el Santo Cáliz a San Juan de la Peña.

Pese a existir en esta obra algunos errores, es de gran utilidad, ya que el autor no sólo escribe la historia del Cáliz basándose en los documentos, sino que la coteja con las obras de otros autores anteriores.

martes, 13 de mayo de 2014

El Santo Cáliz de Valencia. Catalina Martín Lloris





FRAY FRANCESC DIAGO:
Annales del Reyno de Valencia.


En 1613 apareció una referencia en la obra de Fray Francisco Diago.

En su análisis del recorrido de la reliquia del Santo Cáliz, Diago asegura que cuando, por orden del emperador Valeriano, el Papa Sixto iba a ser martirizado, mandó a San Lorenzo repartir los tesoros de la iglesia entre los pobres. En el tesoro se encontraba el Santo Cáliz de la Última Cena, que decidió enviar a Valencia. El autor llega incluso a reproducir el diálogo que mantuvieron San Sixto y San Lorenzo: “Adonde vas, padre, sin tu hijo...”, “... reparte en tres días los tesoros entre los pobres...”, “... y procuró entonces poner en cobro los relicarios que había de importancia, enviando a las diferentes partes, para que estando fuera de aquella ciudad...”. Diago asegura que dentro de las reliquias repartidas estaba el Cáliz de la Última Cena que está en la Catedral de Valencia.
El autor afirma que San Lorenzo repartió las reliquias y que la del Santo Cáliz, por ser la más importante, la envió a España. Esta afirmación la realiza basándose en el hecho de que en el documento de 1399 consta que San Lorenzo mandó el cáliz a su patria. Sin embargo, Diago va más allá y asegura que San Lorenzo era de Valencia y que por esta razón envía el Santo Cáliz primero a esta ciudad antes de ir a Huesca. Es la primera vez que se da esta versión. Además Diago afirma que el cáliz llegó a esta ciudad desde Roma directamente para después enviarlo a San Juan de la Peña. Diago asegura que el Santo Cáliz fue a San Juan de la Peña y que estuvo allí hasta que Martín el Humano lo pidió para su capilla de las reliquias en Barcelona en 1399. El autor asegura, ya basándose en documentación, que se le entregó la reliquia en la Aljafería de Zaragoza el 27 de septiembre de 1399. Al mismo tiempo afirma que este año es el que aparece en la escritura y no el de 1499 (que había afirmado Beuter en su obra).
Diago finaliza su investigación sobre el recorrido de la reliquia destacando la entrada del Santo Cáliz en Valencia el 18 de marzo de 1437 de mano del rey Juan de Navarra, gobernador general y hermano de Alfonso el Magnánimo, y no de Martín el Humano como creen muchos. Esta afirmación la realiza porque su antecesor Escolano asegura que el cáliz lo entregó el rey Martín a la Catedral de Valencia y que ya nunca se movió de este lugar.

lunes, 12 de mayo de 2014

El Santo Cáliz de Valencia. Catalina Martín Lloris





GASPAR ESCOLANO:
Década primera de la historia de la insigne y coronada ciudad y reyno de Valencia


En 1610 aparecen las obras de Escolano.

Este autor empieza su libro con una rotunda afirmación: “Valencia tiene el Cáliz de la Última Cena, es de piedra parecida a la que dicen calcedonia, según Plinio en el libro 37 capitulo 7º, dice que en aquel tiempo se hacen cálices de estas piedras. Con un color extraño que hace distintas vetas.”

Pese a ser una obra no muy diferente a las demás, sí que presenta sus particularidades. En el análisis que Escolano hace de la reliquia también trata la tradición laurentina que afirma que el Santo Cáliz estaba en Roma y que fue San Lorenzo quien lo envió a España con algún soldado, por ser ésta su patria. Para este historiador, la reliquia desde la pérdida de España en tiempos de Rodrigo, había estado guardada en San Juan de la Peña, en Jaca.
Más tarde, asegura, Martín el Humano se lo pidió a los monjes para entregarlo en depósito en Valencia. Además es importante que destaque que no fue una donación lo de 1437 sino un depósito. Hasta este momento, y habiendo leído todos los investigadores el documento original, no destacaban que era un depósito a un préstamo que nunca se devolvió.

Su obra está llena de errores. El hecho de que destaque que la reliquia la entregó Martín el Humano a la catedral en 1437 es absurdo, porque en esta fecha el monarca ya estaba muerto. Sin embargo, es importante el hecho de que mencione que fue un depósito, porque hasta esta fecha nadie lo había afirmado. Por lo tanto, pese al error del depósito hecho por Martín el Humano, también es cierto que es el primero que investiga con más detenimiento, llegando a criticar la recopilación de Baronio y del Venerable Beda que asegura que el cáliz verdadero es el de Inglaterra.
Asegura con rotundidad que el verdadero es el de Valencia. Escolano critica a Baronio por no leer en San Mateo que hubo dos cenas, el Cáliz con el que bebió el Señor en la comida del cordero era de plata y el de la consagración, de piedra, según el erudito Joseph Estevan, obispo de Orihuela. Así, había dos cálices para dos pasiones, la suya y la de sus discípulos. El de plata se queda en Jerusalén y a Valencia viene el de calcedonia.

domingo, 11 de mayo de 2014

El Santo Cáliz de Valencia. Catalina Martín Lloris





PERE ANTONI BEUTER:
Crónica de la primera parte de la historia de Valencia


La primera obra escrita que versa sobre el Santo Cáliz de la Catedral de Valencia data de 1551 y es de Pere Antoni Beuter, quien en fecha temprana ya nos habla de la reliquia en Valencia.

La obra de Beuter es la primera en la que aparece una referencia al Santo Cáliz de la catedral. Es un texto del siglo XVI, por lo que la información que aparece es de gran interés.

La obra comienza tratando el espinoso tema de los distintos cálices de la Cena y la autenticidad que merecen cada uno de ellos.
Son muy interesantes las referencias al Catino de Génova. Beuter afirma que el rey Alfonso VII ofreció a los genoveses que le ayudaron en la conquista de la Península parte del botín y que éstos se quedaron un plato grande de esmeralda en el que se creía que Cristo había tomado el cordero de la Última Cena. La obra de Beuter narra así cómo ocurrió la historia: Quedó la tierra en el señorío del rey de Castilla, y del despojo puso el conde un plato grande de esmeralda, como plato de fuentes de una pieza, que fue hallada en el despojo, de una parte, y todo el restante aparte del dicho despojo, y dio a los genoveses que por mar combatieran la ciudad, que escogiesen lo que quisiesen de las dos cosas, y ellos tomaron el plato, por no engañarse. De modo que ésta sería la reliquia que se conserva en Génova y que es, según dicen escritores auténticos, el plato santo en que Cristo comió el cordero en la Pascua de la Cena.

Al mismo tiempo este investigador afirma que la Cena se llevó a cabo en la casa del discípulo de Cristo llamado Chusa, que era procurador y gobernador del rey Herodes, de modo que justificaría el hecho de que Cristo utilizase una vajilla tan rica. Además Beuter asegura que, según la leyenda, Chusa era un hombre muy rico casado con una mujer que era también discípula del Señor y que de todo esto hace mención el Evangelio de San Lucas.

Finalmente, afirma rotundamente que Jesucristo consagró su sangre en el Cáliz de calcedonia que hay en la sacristía de la Catedral de Valencia entre las reliquias de los reyes de Aragón.
Beuter cuenta que el plato vino a España con los godos en el momento en el que España estaba ocupada por los árabes.

Por lo tanto, ya en fecha temprana Beuter afirma que los genoveses poseen el plato donde se tomó el cordero pascual en la Última Cena y que en la Catedral de Valencia se conserva el Cáliz donde se bebió el vino.
Beuter zanja así la polémica sobre los distintos cálices que ya existía en el siglo XVI. Esta es la única información que nos da el autor sobre el Santo Cáliz. No aporta demasiadas fechas ni datos exactos, simplemente habla de esta polémica. Sí que se equivoca al dar la fecha de 1499, como la entrega del cáliz por los monjes de San Juan de la Peña a Martín el Humano, en lugar de 1399, seguramente por un error no intencionado, pese a que Diago se lo recrimine más tarde en su obra. Sin embargo es muy importante que en una obra tan temprana como es la de Beuter aparezcan ya datos sobre el Santo Cáliz de la catedral y más aún comprobar que ya en el siglo XVI era motivo de disputa el Santo Cáliz frente a otros cálices.

sábado, 10 de mayo de 2014

El Santo Cáliz de Valencia. Catalina Martín Lloris





LA EUCARISTÍA Y EL SANTO CÁLIZ

No se tiene documentación de lo que ocurrió con el cáliz utilizado en Última Cena. Las referencias que pueden existir las encontramos en el Nuevo Testamento y en los Hechos de los Apóstoles.
En el Nuevo Testamento se describe la Última Cena y la utilización del cáliz.
En San Mateo: Mientras comían, tomó Jesús el pan, lo bendijo y lo partió y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.
En San Marcos: Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo y lo partió y lo dio, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio; y bebieron de ella todos. Y les dijo: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada.
En San Lucas: Tomó el pan y dio gracias, y lo partió y lo dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria mía. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.
En los Corintios se dice: Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria mía. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria mía. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.


A partir de los acontecimientos ocurridos en la Última Cena y, tras la muerte de Jesucristo, durante los primeros siglos de la Iglesia, según relatan los Hechos de los Apóstoles, los cristianos de Jerusalén ya tomaban parte en las plegarias que tenían lugar diariamente en el templo. Por ejemplo, Pedro y Juan subían al templo a la oración de la mañana y para la oración de nona. Con el tiempo, los cristianos empezaron a acudir todos juntos al templo, lo que demuestra que formaban un grupo particular en el seno de la comunidad de Israel. Además, tenían conciencia de formar a su vez una comunidad particular y procuraron trasladar los acontecimientos ocurridos durante la Última Cena a sus propias celebraciones. De ese modo se reunían comunitariamente en casas privadas. Es el caso del cenáculo, donde se reunió la naciente comunidad. Pronto se multiplicaron estos lugares de reunión.
Los Hechos nos dicen que los cristianos “partían el pan en sus casas”, pero no aparece ninguna referencia concreta a la utilización del cáliz.
Una de estas casas es bien conocida: la de María, madre de Marcos, donde se hallaba, reunida en oración, una asamblea bastante numerosa, mientras Pedro permanecía en la cárcel. Asimismo vemos a Pablo exhortando a los hermanos en casa de Lidia, en Filipos, y celebrando la eucaristía en Tróade en el tercer piso de una casa particular. Es de notar el apoyo prestado así a la Iglesia por las familias que ponían sus casas a disposición de la comunidad. Pablo habla de Aquila y Priscila y de la “iglesia que está en su casa”. Los cristianos se reunían con frecuencia. Los Hechos hablan de reuniones diarias, que comprendían la fracción del pan, una comida y oraciones de alabanza. Lo que parece cierto es la existencia de una asamblea en la noche del sábado al domingo, así lo indican los Hechos. Las asambleas cristianas se celebraban siempre de noche, pero también es muy posible que tuvieran lugar a otras horas. Tal es, en concreto, el caso en que la Eucaristía iba acompañada de una comida, como aparece indicado en la Primera Epístola a los Corintios. Estas asambleas, según narran los Hechos, consistían en instrucción, fracción del pan y oraciones. Pese a que se describen con minuciosidad estas celebraciones, en ningún momento se nos describe cómo eran las copas que utilizaban de cáliz. Sí se habla de la fracción del pan como una expresión arcaica con que los Hechos designan a la Eucaristía. Con ella se recuerda la acción de Cristo al distribuir el pan después de haber pronunciado sobre él las palabras consagratorias. Cristo había instituido la Eucaristía durante un banquete pascual. La bendición del pan es la de los ácimos antes del banquete y la del vino corresponde a la copa que seguía al mismo banquete. Un rito que se ha conservado es aquel en el que el presidente de la Eucaristía, después de dar gracias, bendecía el pan y el vino extendiendo sobre ellos las manos y pronunciaba las palabras del señor en la Cena. Las plegarias de bendición y la extensión de las manos correspondían a lo que hallamos en las berakoth judías. [...]


Los cálices que utilizaban en estas celebraciones particulares eran cálices comunes de madera o piedra. No se tiene constancia en ninguno de los escritos o documentos eclesiásticos de que el mismo cáliz que usó Jesucristo en la Última Cena fuese utilizado por alguien después.
Durante el siglo III se siguió utilizando la práctica del pan y el vino. La comunidad seguía celebrando del mismo modo la Eucaristía que se celebraba sólo en domingo. La Eucaristía iba precedida de oraciones. [...] Continúa sin aparecer ninguna referencia a lo que ocurrió con el cáliz utilizado durante la Última Cena.


Etimológicamente, cáliz es el nombre de un vaso para beber de forma circular y profundidad variable, con amplia abertura y generalmente con asas cortas en el pie. Es exactamente el mismo objeto que en algunos documentos aparece descrito como copa. Proviene de la palabra kylix, del griego y, en un principio solía ser de cerámica, aunque con el tiempo se fueron realizando en materiales más ricos, sobre todo en metal, añadiéndoseles gemas y adornos hasta convertirse, a finales de la antigüedad clásica, en un vaso de fondo profundo, con asas o sin ellas, y montado sobre un pie alto y de base ancha. Los romanos lo llamaron calix y Macrobio cita estos recipientes como de uso corriente en la primera mitad del siglo V antes de Cristo. En la historia de los cálices cristianos ya los investigadores Cabrol y Leclercq aseguran que el cáliz litúrgico tomó como referente los vasos de uso corriente. Los vasos eucarísticos se utilizaron desde los primeros tiempos de la Iglesia.
[...]
Durante estos años la Eucaristía se celebraba con los utensilios estrictamente necesarios, como los vasos sagrados o los cestos para el pan eucarístico. Pero, con el tiempo, y ante la cada vez más evidente importancia de la celebración eucarística, cada uno de estos símbolos fue cobrando importancia, llegándose a hacer verdaderas filigranas.