miércoles, 10 de septiembre de 2014

El Santo Cáliz de la Cena (X). Manuel Sánchez Navarrete




EL SANTO CÁLIZ DE LA CENA
SANTO GRIAL VENERADO EN LA CATEDRAL DE VALENCIA (X)

Manuel Sánchez Navarrete

Valencia 1994


Lo que afirma la historia

«Es la causa primera y principal de los hechos históricos la providencia, que rige los destinos del mundo encaminándolo todo a la gloria de Dios y al bien de los hombres.»
SAN AGUSTÍN. «De Civitate Dei»


De San Juan de la Peña a Zaragoza

Es el doctor Agustín Sales quien, al tratar de la antigua tradición aragonesa de la posesión del auténtico Cáliz de la Cena, nos da la primera noticia concreta con aseveración y subrayado de las siguientes frases: «De esta firme, inconcusa y universal Tradición del Reyno de Aragón, y de la Carta Original del Santo Levita Laurencio a la ciudad de Huesca, nació el que para memoria de los venideros siglos se testificase un Acta en el Monasterio de San Juan de la Peña, en que se veneraba la carta auténtica del Santo, a 14 de diciembre del año 1134, cuyo trasunto debemos a la diligencia y estudio del doctor don Juan Agustín Ramírez, Canónigo Magistral de la Santa Iglesia Metropolitana de Zaragoza (en su obra Vida de San Laurencio, tomo 19, p. 101). En él se leen estas palabras: «En un arca de marfil está el Cáliz en que Cristo Nuestro Señor consagró su Sangre, el cual envió San Lorenzo a su Patria, Huesca. Esta fecha de 1134 corresponde al cuarto mes del reinado de Don Ramiro II el Monje». Este sería, ciertamente, el primer documento con valor histórico; pero pierde validez al no haber podido ser hallado.
De aquí que sea en 26 de septiembre de 1399 el momento en que se inicia de modo indiscutible la plena historia documentada del Santo Cáliz, con el rey Martín el Humano.
Era este don Martín —el mismo que al morir sin sucesión, en 1410, motivara el Compromiso de Caspe— hijo de Pedro IV de Aragón y hermano de Juan I, el Dadivoso, al que sucedió en el trono de Aragón y Valencia.
De carácter bondadoso, pacífico y justo, vivió abrumado por las contrariedades y acosado por parientes ambiciosos que tiñeron con fatal dramatismo el final de su reinado. Cabe anotar como hechos destacados sucedidos durante este período el saqueo de Torreblanca, en 1397, por los moros berberiscos, y las luchas fraticidas entre los Soler y los Centelles. Pero también hay que destacar en su haber la preocupación que siempre tuvo por remediar las necesidades públicas; así, fueron obra suya la creación del Hospital de En Conill, para atender a pobres peregrinos (1397); la del de En Bou, para pobres pescadores, y en 1409, la del Hospital General, primer manicomio del mundo.
Hombre de extraordinaria devoción y espiritualidad, que no eran obstáculo para que la prudencia, la energía y la humanidad se conjugaran perfectamente en su tarea de gobierno, al enterarse poco después de coronado de que en el Monasterio de San Juan de la Peña se conservaba el Santo Cáliz de la Cena del Señor, llevado de su gran piedad y devoción a las reliquias, entró en deseos de poseer tan preciada joya, por lo que el 29 de agosto de 1399 expidió las siguientes Letras dirigidas al Prior del Monasterio:
El Rey- «Prior: Rogamos vos muyt affectuossament que luego encontinent vengades a nos e nos aportedes el calzer de piedra con el qual celebrades e trayet la carta del rey qui el dito caliz die al vuestro monasterio. E esto per res no mudedes ni dilatades como nos lo queramos veyer e ensenyas ad algunos etrangers qui son aqui con nos. Dada eu Caragoca dius nuestro siello secreto a XXIX dias Agosto del anyo de nuestro Senyor MCCC.XC.VIIII- Rex Martinus- Dirigitur priori Sancti Johannis de la penya- Dominus Rex mandavit mihi Berengario Sarta.» (Arch. de la Corona de Aragón. Registro 2.242, fol. 171).
Hecha la anterior petición a los monjes del Monasterio —parece ser que amparado y con el beneplácito del Papa aragonés Benedicto XIII (Pedro de Luna); del Abad de San Juan de la Peña, confesor y consejero privado del Pontífice en su palacio-cárcel de Aviñón, y hasta del mismo San Vicente Ferrer, todavía adicto a éste— resolvieron aquellos por unanimidad satisfacer el piadoso deseo del rey, y así lo hicieron, con otorgamiento de la correspondiente escritura pública que lleva la fecha anteriormente indicada.
En este documento, firmado por Berenguer Sarta, secretario general del rey don Martín, y que se conserva en el Archivo de la Corona de Aragón, pergamino núm. 136 de la colección del rey don Martín, se reseña el acto y sus antecedentes en la forma cuyo contenido sintetizamos:
El rey había deseado y procurado mucho —desideratet e affectaret multum— poseer el Cáliz de la Consagración que guardaba el monasterio y convento de Benitos Claustrales de San Juan de la Peña, situado en las montañas de Jaca desde los tiempos en que San Lorenzo lo había enviado con una carta suya. De la gestión encargó el rey al P. Antonio, Arzobispo, y este, en el día 26 de septiembre de 1339 antedicho, volvió a Zaragoza, acompañado del prior de San Juan de la Peña, el religioso Fr. Bernardo, quien contó al rey en el acto descrito cómo se había celebrado en el monasterio un capítulo de todos los priores y monjes, y tras deliberación sobre la petición real habían acordado por unanimidad —nemine discrepante— entregar al Señor Rey en sus manos, el Cáliz —traditit in manibus suiis Calice— de piedra en el cual Nuestro Señor Jesucristo, en su Santa Cena, consagró su Preciosa Sangre.
Entonces el Rey recibió en sus manos el Cáliz antedicho y, deseando agradecer por él mismo el extraordinario desprendimiento de la Comunidad, hizo entrega al Prior, para el servicio de su Monasterio, de un cáliz de oro procedente de su Capilla real —unum calice aureo—, de gran valor, con estas señales: En el pie, tres esmaltes, dos timbres y un Cristo crucificado; en el pomo, que está en medio, seis esmaltes; dos con las armas de Aragón, dos con las insignias de los reyes y dos imágenes de San Jorge con una cruz, y en la patena, una imagen del Padre Eterno. Al hacer el rey tal cesión al monasterio lo hace con la obligación de que aquel, el que don Martín entregaba, no sería nunca vendido ni empeñado, de lo cual había de prestar juramento el Abad mayor y los Priores, los actuales y los futuros, los que pro tempere fuerint, de suerte que este cáliz sea exclusivamente dedicado al servicio de este Monasterio. Cáliz que, por cierto, desaparecería, fundido, en uno de los dos grandes incendios, el acaecido el 17 de noviembre de 1494, que padeciera el Monasterio de San Juan de la Peña.
Con este episodio se cierra la etapa de permanencia del Santo Cáliz en el memorable cenobio. Y allí queda el Monasterio, dos veces milenario, cargado de historia, de prestigio, sufriendo, entre otros muchos avatares, la incuria del tiempo y el olvido de los hombres primero, y, por fin, la exclaustración, último eslabón de su destino histórico.
A partir de este momento ya puede ser seguida fiel y documentada la trayectoria histórica de la magna Reliquia.
Trasladada a la Capilla del Real Palacio de la Aljafería, en Zaragoza, pasa a ser venerado en ella y a figurar como joya integrante de los tesoros y reliquias de la capilla real, propiedad de los monarcas de la Corona de Aragón, a cuyos actos de culto gustaba asistir personalmente el rey, siempre que se lo permitían sus numerosos quehaceres de gobierno a que se veía obligado, dada la extensión de los Estados que constituían la Corona de Aragón y las espinosas discordias que a la sazón existían entre los Urreas y los Lunas en Aragón y entre los Soler y los Centelles en Valencia.
Veintitrés años después, decide el rey don Martín trasladar su residencia a Barcelona, en donde fallecía, sin dejar sucesión legítima, el 31 de mayo de 1410, estando en el Monasterio de Valldoncella, dejando dispuesto que le sucediera «quien tuviera mejor derecho».
Que llevara consigo las reliquias de que era poseedor y con ellas el Santo Cáliz, se desprende de la lectura del Inventario de bienes que a poco de la muerte del rey se hiciera en septiembre de 1410, y en el que se hace constar: «Item. I. Calix de vincle e calcedonia, lo cual, segons se diu, fo aquell ab que Jhesu Christ consagrà la sua Sancta e preciosa sanch lo dijous sanct de la Cena, encastat en aur ab dites nences e canó d’aur e lo peu del qual ha dos granats a dos meracdes e XXVIII perles, conservat en I stoix de cuyr quasi blanch empremtat e laborat de si mateix».
Al difunto rey don Martín le sucede en el Reino, como resultado de su mayor derecho reconocido en el Compromiso de Caspe (18 de abril a 28 de junio de 1412), su sobrino el Infante de Castilla, don Fernando de Antequera, acogido con simpatía en Aragón y Valencia, pero no así en Cataluña, a quien le sucederá a su muerte, el 2 de abril de 1416, su hijo Alfonso V el Magnánimo.

martes, 9 de septiembre de 2014

El Santo Cáliz de la Cena (IX). Manuel Sánchez Navarrete




EL SANTO CÁLIZ DE LA CENA
SANTO GRIAL VENERADO EN LA CATEDRAL DE VALENCIA (IX)

Manuel Sánchez Navarrete

Valencia 1994



Lo que refieren las leyendas


Allà molt llunt, en ignorada serra,
alsa el bell cap lo Montsalvat gloriós;
hià en son cimal un temple, i en la terra
no’s veu ningú més gran i més hermós.
Una copa hià en ell, de virtut rara,
guardada com tresor el més preuat,
resor que un jorn als homeus, pur encara,
pe’ls angels del Senyor fon abaixat.
Aquell que la gloria de servirlo
gotja un poder estrany i sobrehumà.
May les arts del infern podràn ferirlo;
sa mirada no més, el mal desfà.
***
Ya sabeu tots la desitjada historia.
La lley, en mí, cumplida té que ser.
Mon pare, Parsifal, reina en sa gloria;
soch Lohengrin, son fill i cavaller.

Teodoro Llorente: Poesies valencianes.
Valencia, 1936.



Origen de una leyenda maravillosa
Suele considerarse la leyenda como una narración oral o escrita, con raíz más o menos histórica y con una gran carga de elementos imaginativos que, generalmente, aparece relacionada con una persona o un grupo humano, con un monumento, con un lugar o con un territorio, que con frecuencia acostumbran a agruparse en ciclos alrededor de un centro de interés: protagonista, acontecimiento, objeto, etc.
Básicamente aparece forjada la leyenda sobre un núcleo meramente histórico alrededor del cual se ha ido construyendo una constelación más o menos numerosa de episodios imaginativos procedentes de otras leyendas, los que a su vez pueden dar lugar a nuevas motivaciones involuntarias: errores, malas interpretaciones e incluso la sugestión producida por la realización de un hecho excepcional, sorprendente, o la acción consciente de uno o varios autores que por razones interesadas o puramente estéticas desarrollan y dan forma al embrión o tema original, al que de conformidad con la fuente proviniente puede dar lugar a las leyendas de carácter popular, como es la de El dragò del Patriarca; de carácter épico, como la de Los siete Infantes de Lara; hagiográficos, como la de San Jorge matamoros; histórico-legendarias, como la de Inés de Castro, y piadosas, como la Leyenda áurea o colección de vidas de santos y acontecimientos religiosos, cuyas fuentes se toman de la Sagrada Escritura y en las que se conjugan una vena poética ingenua, una fe profunda y una gran imaginación.
El momento histórico es el adecuado. El cristianismo ha ido extendiéndose tanto por los reinos de España como por el resto de Europa. El genio poético de los juglares y trovadores del medioevo comenzará a concretar, sobre la base de unos hechos ciertos, los símbolos legendarios más bellos y complejos. Son estos hechos ciertos: que «el Santo Cáliz de la Cena se había salvado; que estaba oculto en una montaña abrupta y misteriosa, el mons salvationis o monte de la salvación; que allí lo custodiaba una pequeña comunidad de hombres, mitad monjes, mitad soldados; que era imposible llegar a él por lo quebrado del terreno y el misterio que lo rodeaba...» El resto, las gestas caballerescas y la emoción dramática, serán superposiciones poéticas sobre un sustrato caballeresco en las obras literarias medievales, en las que el rey Anfortas tiene puntos de contacto con el rey Artús, y el caballero Parsifal coincide con el Percival de laTabla Redonda. Y todo concordando en lo esencial con lo que sucedía en San Juan de la Peña.
El hecho afirmado por la tradición, que sitúa la permanencia del Santo Cáliz sigilosamente oculto y venerado en San Juan de la Peña durante la Reconquista, en conjunción con materiales extraídos del Evangelio apócrifo de Nicodemo y de la historia de José de Arimatea, constituye probablemente la base de una serie de leyendas que durante la Edad Media se propagan por Europa. Tales leyendas, muy extendidas y de gran interés como prueba que refuerza la voz de la tradición, puesto que en ellas se inspiran, hablan de una Copa maravillosa que, escondida entre abruptas montañas, era venerada y defendida por los caballeros del Santo Grial o Graal, términos usados en tales leyendas, y que en el sentido de vaso, escudilla o copa los vemos usados normalmente en las lenguas romances de la península hispánica, como se lee en Cervantes (El Quijote, cap. 49), en el Arcipreste de Hita y en el Amadis de Gaula (I, 2º, c. 49), por ejemplo, pero que en las demás lenguas europeas sólo se utiliza para referirse al Santo Cáliz de la Cena, destacando la palabra con el apelativo Santo = Santo Grial.
Como vimos, desde un principio el Santo Cáliz debió ser conservado en secreto, primero en Jerusalén y luego en Roma; consecuencia lógica en aquellos tiempos de peligros y persecuciones. Secreto también debió ser su traslado a Huesca, donde la prudencia debió aconsejar que el mayor sigilo presidiera su estancia entre la cristiandad oscense. Pasado ya el peligro de las persecuciones y sosegados los ánimos con la seguridad de la Paz de Constantino, es lógico pensar se iniciara la extensión de un cierto culto que, poco a poco, iría esparciéndose por el mundo cristiano circundante. Pero la llegada de los nuevos peligros que suponían las invasiones y la urgente necesidad impuesta de salvar nuevamente la Sagrada Copa, motivó el traslado de ésta a un lugar recóndito de los Pirineos y su ocultación en el seguro refugio de una cueva donde luego aparece un Monasterio en la historia: San Juan de la Peña.
Y es así como surge la larga gestación de la leyenda que como un hecho natural se viene a producir en torno a un acontecimiento importante —en nuestro caso la existencia misma del Santo Cáliz o Santo Grial— en donde la fantasía individual y colectiva irá acumulando poco a poco detalles que acabarán por desfigurar el suceso real, aproximando hechos y personajes distantes de lugar y tiempo y prescindiendo de lo geográfico y de lo cronológico, hasta conformar un ciclo legendario.
Pero es el caso que a menudo suelen confundirse las leyendas con las tradiciones, siendo así que éstas —conviene insistir en ello—, derivan siempre de hechos ciertos, en tanto las leyendas se derivan de las tradiciones, que la fantasía popular transforma y embellece, entretejiendo la imaginación de unos y el ingenio y la inspiración de otros, dando lugar al desarrollo de una serie de elementos literarios más o menos relacionados con el tema básico de la tradición en que se inspira. Esto es así, hasta el punto de poder afirmarse que las leyendas que no tienen una tradición como fundamento no pasan de ser simples cuentos.
Al desaparecer el Santo Cáliz, ocultado por los cristianos custodios del mismo, sumamente preocupados en tan difíciles momentos por sumergirle en una nube de olvido que lo alejase de los ambiciosos y de los malvados, vinieron a surgir las leyendas con toda su rica gama de imaginación y lirismo. Y es como alrededor de Aquél comienzan a hacer su aparición éstas —probablemente iniciadas por los caballeros extranjeros que vinieron a participar en la Reconquista y escucharon relatos, consejos y tradiciones— con su rico cortejo de elementos derivados de la tradición pero desfigurados por el tiempo y el misterio, con los que la imaginación de juglares y trovadores, ansiosos de satisfacer su inquietud creadora y la curiosidad de los oyentes, irán forjando un mundo de hechos y prodigios, de héroes y caballeros... Y de la «copa de piedra de ágata de cornalina oriental» quedará sólo la «piedra», grande o chica, plana o cóncava, pero siempre brillante, maravillosa y magnífica; o un vaso portentoso que curaba y sanaba milagrosamente, y la Cofradía o Comunidad monacal se convertirá en los Caballeros del Santo Grial, y también se dirá de éste que desapareció arrebatado por los ángeles o que estaba en un país lejano que se llamaba Montsalvat, lejos, muy lejos, donde no se podía llegar jamás, como así nos lo expresan aquellos hermosos versos traducidos por nuestro Teodoro Llorente:

«Allà molt lluny, on mai anar podries,
hià un castell que és Montsalvat lo nom...»

Y no se podía llegar nunca, porque —como escribiera Nicolás Primitivo—, nadie sabía donde estaba Montsalvat, al que se le tenía por un lugar fantástico e imaginario; que hasta tal punto vinieron a guardarle secreto los cofrades o primeros cristianos al principio y los monjes después, que ni los reyes de Aragón, incluso hasta Jaime II por lo menos, llegaron a conocer la existencia del Santo Cáliz en el Monasterio de San Juan de la Peña. Mientras tanto, el recuerdo, difuminado en la nebulosa del tiempo y la fantasía combinada con los elementos piedra, milagro, ángeles del cielo, montes ignotos, bosques misteriosos, palacios encantados que hacen olvidar el recuerdo del monasterio, caballeros predestinados y puros como Parsifal o Perceval..., siguen avivando el fuego de lo fantástico, dando lugar al nacimiento y desarrollo de ese gran ciclo de leyendas del Gral, en las que la verdad de los hechos se mistifica y acaban por ser recogidas por los romancistas y los trovadores, sin que esta entrada de las leyendas del Santo Grial en el dominio de los demósofos venga a afectar en modo alguno al de la investigación crítica sobre la autenticidad del Santo Cáliz de la Cena, que es del dominio de la Iglesia y de la Historia.
Son varias las versiones que se extienden en torno al Santo Grial, si bien coinciden todas ellas en presentarnos las andanzas de aventureros que, viniendo atraídos por su afán guerrero y luchador, se transforman en protagonistas de hechos portentosos que realizan movidos por las ansias de descubrir el Vaso Sagrado o Santo Grial, Gral o Graal, términos éstos usados en tales leyendas, que han venido a ser para Europa sinónimo del Santo Cáliz de la Cena del Señor.
Tres son los centros principales donde se presenta particularmente intenso su «culto»: el centro de Irlanda y de Inglaterra (Somerset y Clamengan); el centro de la Francia occidental (Anju, Poitou, Bretaña), y el centro franco-español (al norte y al mediodía de los Pirineos Orientales).
Las obras más antiguas arrancan del siglo XII y se prolongan hasta el XIII, en un período que no excede el centenar de años, y, en general, suelen presentarse adulteradas por elementos extraños y deformadas a causa de su enlace con las concepciones de Lanzarote y Parsifal, pero coincidentes siempre en un tema común: el presentarnos las andanzas de caballeros que buscan el Vaso Sagrado.
En tales relatos, siempre de proezas caballerescas, podemos encontrar cierto número de temas esenciales en los que, naturalmente, el significado oculto es lo que retiene particularmente la atención, y no el lado anecdótico de la narración. Se desarrollan en lugares que, como ya señalamos anteriormente, no es posible determinar geográficamente y tienen carácter alegórico; de aquí que se haya llegado a afirmar que las peripecias contadas no pertenecen a la historia sino a la metahistoria, según expresión de Henry Corbin. No se trata, en efecto, de hechos físicos más que en apariencia, y se refieren, en realidad, a un periplo interior. Se ignora, aunque como hemos señalado se presume, cómo nacieron y se desarrollaron en un ambiente insólito en el que los caballeros que van en busca del Grial recorren incesantemente bosques extraños, se cruzan alegremente con otros caballeros, reciben oportunas ayudas y sabios consejos por parte de hombres juiciosos que encuentran en sus peregrinaciones, llegan a castillos en los que se enfrentan con pruebas terribles que habrán de vencer y se aventuran en misteriosas naves que les ayudarán a recorrer etapas importantes de su peregrinaje.
El ciclo comprende la obra del más genial de los escritores de este período, Cristian de Troyes (1165-1190), Perceval ou le Conte du Graal, y otros autores; la de Robert de Boron, del siglo XIII, Roman de l’Estoire dou Graal o Joseph d’Arimathie, y sus derivaciones, entre las que destacan Lancelot y su continuación, Queste del Saint Graal, y la versión del alemán, también del siglo XIII (entre 1300 y 1210), Wolfram von Eschenbach, que alcanza otro hito con un poema de extraordinaria belleza, Parzival, revalorado por el romanticismo, que fue en el que en la época contemporánea vendrá a inspirarse el genio extraordinario de Ricardo Wagner, «creador de la esplendidez orquestal que emerge del rimado crisol en que acertó a fundir la poesía y la música, para componer su inmortal ópera Parsifal. En ella centra Eschenbach el tema en Anfortas, rey y guardián del Santo Graal, que, tras una vida llena de victorias, sufre una terrible derrota a raíz de la cual se retira a su castillo del Graal, donde muere, y en ella Wagner, resucitando las viejas leyendas del Parzival, centra su inspiración poética y musical en el desarrollo de un magno relato en torno al Santo Graal, en el cual se sublima la gesta de los aguerridos caballeros medievales en el marco de la más intensa emoción dramática.» (Domingo BUESA CONDE: El Monasterio de San Juan de la Peña).
En todas estas obras aparecen una serie de correspondencias simbólicas en torno a la leyenda general, que narra las arriesgadas aventuras que los poetas hacen correr a sus héroes en busca del codiciado Graal que se guarda en un remoto país, muy celosamente oculto y dándole guardia un custodio escogido: el Rey del Graal, asistido por una comunidad de caballeros, mitad monjes mitad soldados. Este lugar escondido, accesible solamente a raros elegidos, es, para Cristian de Troyes, el castillo del Graal; para Robert de Boron, la residencia desconocida de los descendientes de Bron, y, para Wolfram, la montaña de Montsalvage o monte de la Salvación, donde dice Wolfram se encuentran «esplendores que no tienen su igual sobre la tierra». Es allí que el Graal reside, bajo la guardia de caballeros «tan puros como los ángeles». Los profanos no tienen acceso: «Quien pone todo cuidado en buscarlo no lo descubre desgraciadamente jamás... Es preciso llegar sin haber forzado el designio». Y «Ninguno puede realizar la búsqueda del Graal sin estar en tal estima cerca del cielo, que es designado de Arriba para ser admitido en su cercanía».
Otra de las partes más destacadas del ciclo por su originalidad, es la que ocupa el cuarto lugar; es de autor anónimo y recibe el título de Demanda del Santo Grial.
Su tema, tal como lo sintetiza Carlos Alvar en el prólogo a su edición de dicha obra (ANONIMO: Demanda del Santo Grial.  Editora Nacional. Madrid, 1980, ps. 16 y ss.), «no es otro que la búsqueda del objeto maravilloso capaz de saciar con los mejores manjares el hambre de los caballeros de la Tabla Redonda. En esta búsqueda se sucederán aventuras de todo tipo, pero sólo tres caballeros podrán acercarse al Vaso: Boores, Perceval y Galaz.
Lo más importante es ver cómo en este texto se rompe con la tradición anterior para convertirse en una novela de simbología mística, pues no se trata de una búsqueda mundana, sino espiritual; en efecto, sólo llegarán a la meta aquellos caballeros que han entrado en la Aventura debidamente confesados, con el alma limpia de todo pecado y con los más puros pensamientos.
Como es norma feudal, el rey Artús está reunido con sus caballeros el día de Pentecostés en torno a la Mesa Redonda... Al comenzar la cena, aparece el Santo Graal, que colma de manjares a los comensales. Es la señal para salir en su búsqueda...»
El paralelismo del tema con distintos momentos de la vida de Jesús se hace evidente; por ejemplo, el que ofrece la asamblea de los caballeros, el día de Pentecostés; la aparición del Santo Graal y la partida de todos, presenta una clara analogía con la llegada del Espíritu Santo, tal como cuentan los Hechos de los Apóstoles (2, 1 y ss.).
Es por entonces que el Santo Cáliz debía encontrarse, ya en los Pirineos, ya en San Juan de la Peña, y es en el monte del Salvador donde concurren no pocas de las peculiaridades topográficas del modelo literario, con muchas coincidencias singulares que mueven a formular presunciones y conjeturas, ya que, además, en aquel mismo y oculto monte de la Salvación no faltaron los adalides que, como Anfortas y Parsifal, se patentizan como los más bravos y corteses de las gestas medievales.
También es curioso observar, e insistimos en ello, cómo en las obras referentes al ciclo del Santo Grial, a diferencia de la mayoría de las obras literarias medievales, no intervienen en su desarrollo ni la venganza ni el odio, contenidos ambos que fueron sustancialmente utilizados por poetas y prosistas de la época en sus grandes creaciones literarias, como vemos en Gesta de los siete infantes de Lara (española), en el Cantar de Roldán (francesa) o en Los Nibelungos (alemana).
Es decir, que en todas ellas encontramos, como característica peculiar y de excepción dentro de la literatura medieval, el heroísmo caballeresco, sano y lleno de pasión bienhechora; con dos detalles a destacar: misterio e idealismo.
Entre los ensayistas modernos ha vuelto a ser el Santo Cáliz objeto de estudio y materia de las más diferentes consideraciones y tratamientos críticos y literarios. Ya citamos anteriormente a Wagner, el gran músico de Leipzig, creador de la esplendidez orquestal que concibiera y realizara la unión íntima entre la poesía y la música, y que lograra obtener los más destacados de sus éxitos en su Lohengrin, en torno al tema del misterio del Grial, y, sobre todo, en su Parsifal, inspirado en el Parsifal maravilloso que trazara la pluma del alemán Wolfram de Eschenbach, en el que desarrolla una labor completa en torno al Sagrado Vaso, la copa refulgente que iluminara una época de hazañas caballerescas, hasta llegar a instituirse como punto central de uno de los ciclos literarios más importantes del medievo. Este gran drama musical, estrenado en Bayreuth el 26 de julio de 1882 y considerado como culminación de la obra musical wagneriana, viene a desarrollarse sobre un texto del mismo Wagner basado en la leyenda del Grial y cuya acción sitúa en un lugar agreste imaginario, denominado Montsalvat, las incidencias que ha de superar el caballero Parcival o Parsifal, hasta llegar a encontrar el Graal y ser coronado rey de sus caballeros.
Ahora bien, para ponderar debidamente el valor histórico que, también, dentro de ciertos límites y «como versión libre» inspirada en las tradiciones tienen las leyendas, tal vez merezca la pena recordar aquellas palabras que escribiera el emperador Juliano: «Lo que en los mitos se presenta como inverosímil es precisamente aquello que nos abre el camino de la verdad. Efectivamente, cuanto más paradójico y extraordinario es un enigma, tanto más parece advertirnos para no confiar en la palabra desnuda, sino a padecer en torno a la verdad oculta.» (Emp. JULIANO. Confr. Eracl., 217/ c).
O los intentos en que actúa la llamada tendencia «evemerística» —doctrina filosófica basada en el libro de Evémero, acerca del origen de las divinidades paganas—, cuando, al intentar interpretar los motivos del Grial en función de figuras y situaciones históricas, nos dice que «Las figuras del mito y la leyenda son únicamente sublimaciones abstractas de figuras históricas, que han acabado por ocupar el lugar de éstas y equivaliendo por sí mismas en el plano mitológico y fantástico.» (JULIUS EVOLA. El misterio del Grial).


Por otra parte convendrá recordemos lo que dicen los Bolando o Bolandistas.
Tomaron esta denominación un conjunto de escritores eclesiásticos, nacido en Amberes (Bélgica) y formado principalmente por miembros de la Compañía de Jesús, que a mediados del siglo XVII acometió la gigantesca tarea, todavía inacabada, de hacer pasar por el tamiz de la investigación científica más rigurosa y de la crítica más exigente —como hiciera la inquisición para los autores espiriturales del siglo XVI español—, todos los caudales de historia, tradición y leyendas referentes a la vida de los Santos y al Cristianismo en general, sin excluir ni al propio Jesucristo ni a su santísima Madre, con la finalidad de revisar y depurar críticamente todos los textos de las fiestas litúrgicas, separando de ellos todo cuanto la leyenda popular pudiera haber forjado a su alrededor, y, como consecuencia, para proceder a suprimir de las celebraciones litúrgicas todas aquellas alusiones, en las lecturas e himnos, que carecieran de fundamento plenamente histórico.
Concebida e iniciada tan colosal tarea por el jesuita Padre Heriberto Rosweyte, llegó este a reunir una abundantísima documentación e incluso a firmar los dos primeros volúmenes de las monumentales Actas Sanctorum pero sin llegar a verlos publicados.
El profesor de Historia de la Iglesia, en la Pontificia Universidad de Salamanca, don José Ignacio Tollochón, que dedicó un amplio trabajo al estudio de este tema, afirma en él que la obra de Rosweyte «trazaba un vasto plan de búsqueda de fuentes inéditas o depuración de las ya editadas con vistas a la publicación de los textos íntegros y en redacción original, con comentarios históricos y críticos».
Naturalmente que una obra de semejante envergadura excedía en mucho a las posibilidades de una sola persona, y la obra quedó paralizada al fallecer su iniciador; pero allí estaba el empuje inicial dada la cuantiosa documentación acumulada, lo que posteriormente movió a otro grupo de jesuitas eminentes en todo el mundo, presididos ahora por el prefecto de estudios de Malinas, Padre Juan de Bolando o Bolland (1596-1665), a reiniciar la tarea del fallecido Rosweyte, cuyos planes modificó y amplió hasta dar su nombre a la ingente tarea, proseguida hasta nuestros días.
La primera etapa de publicaciones —cincuenta monumentales volúmenes de Actas Sanctorum— duró de 1643 a 1770, y fue realizada tras una labor previa en la que se impuso la tarea de completar las fuentes originales, en ocasiones inéditas, relacionadas con el proyecto, para lo que vino a valerse también de la colaboración de numerosos corresponsales eruditos, de organizar la recepción y ordenación de los considerables datos de Amberes, sede como hemos visto desde un principio de la obra, y de iniciar un largo recorrido por las mejores bibliotecas de Alemania, Austria, Italia, Francia y España.
Tras largo medio siglo de interrupción, motivada por la extinción de la compañía por el Papa Clemente XIV, ya restaurada de nuevo la vida de aquella, en 1837 volvió a renacer el grupo de Bolandistas con renovada actividad y creciente prestigio científico afirmado tanto en las esferas católicas como en las más apartadas de la fe, y es así como los Bolandistas han venido a gozar del indiscutible prestigio de haber levantado a los Santos y al Cristianismo el monumento histórico y científico más colosal que registra la historia de la cultura humana, hasta el punto de que el Pontífice Alejandro VII la llegara a proclamar como la obra mas útil realizada en favor de las ciencias cristianas.
Dentro de esta tarea tan formidable, pocos han sido los aspectos y las tradiciones que hayan venido a quedar fuera del alcance de tan admirable y meticulosa labor investigadora, cuya obra supone, como hemos visto, un conjunto incalculable de viajes, estudios, compulsas y examen de archivos. Y es así como, en ocasión del estudio de todo lo relativo a San Lorenzo, hubieron de afrontar los Bolandistas el tema del Santo Cáliz; porque es en este punto donde pudimos haber conservado algo que nos sirviera de «auténtica» de la Reliquia. Pero es lo cierto que no se conserva documento alguno en el mundo, del siglo III o principios del IV, lo que crea dificultades insuperables. En vista de ello, éste fue el juicioso y prudente dictamen emitido por los bolandistas: «Porque no obstante dichas dificultades pudo ser que el Santo levita enviase en realidad el Cáliz a España, de donde parece ser oriundo, y por otra parte no se exhiben documentos ciertos qne convenzan de la falsedad del hecho, por lo tanto dejamos la tradición en el estado en que se halla.»
Digamos, por último, que «nunca la Iglesia hizo suya la leyenda del Grial; parece como si en ella hubiera notado algo de anterior, de originario, de misterioso.» Y es que, como dice Pierre Ponsoye, en El Islam y el Graal, el enigma del Graal es de aquellos que no cesarán jamás de despertar el interés profundo del hombre que medita, porque su «lugar» está más allá de todos los problemas secundarios del Espíritu, en la retirada muy interior de ese misterio de intelección que, para todos los grandes espirituales, es una memoria, la memoria espontánea de las cosas divinas. Es en el corazón de esa memoria, de esa información esencial de Dios, que su secreto quiere ser buscado.»
Así son y así seguirán siendo las leyendas del Santo Grial: un «mysterium tremendum» que sólo la fe nos pueda tal vez ayudar a desvelar.

lunes, 8 de septiembre de 2014

El Santo Cáliz de la Cena (VIII). Manuel Sánchez Navarrete




EL SANTO CÁLIZ DE LA CENA
SANTO GRIAL VENERADO EN LA CATEDRAL DE VALENCIA (VIII)

Manuel Sánchez Navarrete

Valencia 1994


San Juan de la Peña

El origen de este Monasterio se confunde con el del pueblo aragonés y se diluye entre preciosas leyendas y tradiciones que enmarcan la verdad de su nacimiento.
Se encuentra en el valle oscense de Atarés, a 16 kilómetros de la frontera francesa, a 30 de Jaca y a 82 de Huesca, en un escondido rincón dentro de una cueva rocosa de la sierra prepirenaica de San Juan, en el que el ánimo se sobrecoge ante la monumentalidad de la naturaleza y el espíritu se maravilla frente a la contemplación de aquella creación arquitectónica del siglo XI, exponente insuperable del estilo románico en armoniosa conjunción con primorosas muestras del mozárabe, del bizantino y del gótico. Fue declarado Monumento Nacional en el año 1889, por sus valores artísticos, y honrado, en 1920, con el título de Sitio Nacional, por su glorioso pasado.
La tradición nos lo presenta así:
Era hacia finales del siglo VIII. Vivían en Cesaraugusta, hoy Zaragoza, dos jóvenes cristianos muy aficionados a la caza, llamados Voto y Félix. Un día, Voto se hallaba cazando sobre brioso caballo y corría por los intrincados caminos del bosque de la planicie de San Indalecio, cuando, persiguiendo en vertiginosa carrera a un hermoso ciervo, llegó al borde mismo del corte vertical de la inmensa roca que en la cima del monte Pano vemos hoy constituye la bóveda que cobija la cueva del Monasterio antiguo. Ante el inminente peligro, el espantado joven invocó el nombre de San Juan Bautista, y el milagro se hizo; mientras el ciervo moría despedazado contra el suelo en el fondo del abismo, el caballo se detenía rígido en el último instante al borde mismo del precipicio. Se había salvado.
Al espanto siguió la curiosidad. En pos del hallazgo del indudablemente destrozado ciervo, reparó en una casi invisible senda que, serpenteando entre la espesa maleza, le condujo hasta una profunda cueva medio oculta entre el follaje, que a su vez cobijaba una pequeña ermita dedicada a San Juan Bautista, y también los restos incorruptos de un venerable anciano ermitaño, llamado Juan de Atarés, reclinada su cabeza sobre una piedra en la que una inscripción mencionaba su nombre. Tras dar sepultura al ermitaño y sintiendo la llamada de Dios, regresó Voto a la ciudad, convenció a su hermano Félix, vendieron sus bienes cuyo producto destinaron a ayudar a los pobres y a redimir cautivos, tras lo que ambos pasaron a recluirse definitivamente, dispuestos a emprender la vida eremita entre aquellas agrestes soledades, al amparo de la cueva de Juan de Atarés. La Crónica de San Juan de la Peña nos añade que «muertos aquestos sanctos hombres, vinieron otros dos hombres de buena vida de los cuales el uno sera clamado Benedicto, et lo otro Marthelo, los quales siguieron las pisadas de los otros sanctos hombres qui avían servido a Dios en aquesti lugar».
Luego, la historia, a caballo muchas veces entre la tradición y la leyenda, nos dirá que, tras la invasión musulmana, fueron las fragosidades de los Pirineos refugio natural de las huestes cristianas fugitivas y lugar propicio para el nacimiento de santuarios y monasterios, asilo de prelados y de caudillos, y focos de espiritualidad y de tradición, de donde habían de partir los primeros impulsos reconquistadores en esa alta Edad Media que aparece ante nosotros entre tinieblas y cubierta con el ropaje de las leyendas. En la historia de San Juan de la Peña, superior a todas, se confunde su origen con el del pueblo aragonés, y, como un poema, aparece grandioso.
Se sabe con certeza que, a raíz de la invasión musulmana, fue precisamente por los alrededores de donde el anacoreta Juan vivía su fervoroso misticismo, donde surgió el primer foco de resistencia contra la invasión musulmana. Corría el año 718 y se habla de unos trescientos guerreros cristianos los que intentaron hacerse fuertes en la fortaleza de Pano, situada en la parte más elevada de la sierra de la Peña, donde aún puede señalarse el lugar que ocupara el poblado. Sin embargo no consiguieron sobrevivir a su intento, pues que poco después, en fecha no bien determinada, un ejército mandado por Abd el Melik arrasaba la fortaleza, acababa con los defensores y pasaba a cuchillo al resto de la población.
Es por entonces, hacia finales del primer cuarto de aquel calamitoso siglo VIII, cuando nace la leyenda de Voto, y se afirma, además, que a los núcleos cristianos que han huído a refugiarse entre los abruptos montes de la sierra de San Juan, es el anacoreta Voto el que acude a animarles para que no desfallezcan en su resistencia contra el invasor. Es más, la leyenda dice que fue él quien les exhortara a que eligieran un rey que les acaudillara en su lucha contra la presencia agarena. Y así fue como, siguiendo su consejo, los refugiados cristianos vinieron a jurar vasallaje a García Jiménez, de sangre noble, afincado en las cumbres pirenaicas, a quien alzaron sobre el pavés junto a la cueva de San Juan. Era el año 724. En memoria de su encumbramiento, aquel primer monarca cristiano de los Pirineos ordenaba levantar una iglesia dentro de la cueva. Entretanto, a Voto y Félix se les habían unido Benedicto y Marthelo, que serían los continuadores de la obra eremita en la cueva, al morir los dos hermanos, que perviviría hasta el siglo X.
Tras dos siglos de luchas e incertidumbre, en que la sierra de San Juan había sido en realidad una «tierra de nadie», es a principios del siglo X, en que Navarra, bajo el reinado de Sancho Garcés l (905-925), y Aragón, bajo el de Galindo Aznares II (833-922), constituyen dos estados en continua expansión, que la comunidad de la cueva de San Juan ha llegado a su mayoría de edad y se organiza monásticamente bajo la dirección del que va a ser su primer abad, Transirico, y Galindo Aznares II, tras conquistar las tierras del sur de Jaca, llega hasta la misma sierra de San Juan de la Peña y hace construir en honor a esta victoria una nueva iglesia que sustituye a la que mandara edificar García Jiménez dos siglos antes. Y es, con el levantamiento de esta iglesia, que comienza prácticamente la historia de San Juan de la Peña, historia que conocerá etapas de esplendor y de incertidumbre; de apogeo y de decadencia; que será corazón y centro espiritual del naciente reino aragonés y refugio en vida y panteón en muerte de sus monarcas, durante aquellas nebulosas vicisitudes de los siglos IX y X.
De entre los acontecimientos más destacados que acentúan la importancia que tuviera este monasterio pinatense recordaremos la introducción que en él tuvo lugar, el 22 de marzo de 1071, en la segunda semana de cuaresma según la crónica pinatense, del rito romano en Aragón para la liturgia en sustitución del antiguo rito hispano-visigótico o mozárabe que se seguía hasta entonces en las iglesias; el haber sido punto de partida de las más ambiciosas empresas bélicas y de los caudillos que las dirigieran, así como lugar de cita para los nobles del reino, que acudían a este monasterio para implorar la bendición del Abad antes de emprender cualquier acción importante; que el Abad pinatense llegara hasta a ocupar un lugar preeminente en las Cortes de Aragón, a tener voto en los Conciliios y a no reconocer otra jerarquía superior que la del Papa, y que, aunque lugar de oración por excelencia, alcanzará a albergar al propio tiempo el primer foco de cultura del primitivo reino de Aragón, en el que además de ser protagonista de primer orden, se facilitó el que dentro de sus muros se escribiera, se copiara y se archivara todo lo referente a la historia del reino aragonés, cuyo mejor exponente es la Crónica Pinatense, figurando entre sus eruditos más destacados y que con mayor fervor se dedicaron al estudio de los orígenes de los antiguos reinos pirenaicos, Juan Britz Martínez y Domingo de la Ripa, ambos abades en el siglo XVII. Pero, si bien gozó de la protección de reyes, obispos y hasta Pontífices y vio notablemente engrandecido en ciertos momentos su patrimonio, también hubo de verse envuelto en numerosos pleitos y ver mermados sus bienes en otras ocasiones, e incluso llegó a ser víctima en dos ocasiones de graves aunque fortuitos incendios: el iniciado el 17 de noviembre de 1494, en la parte alta de encima de las cocinas, que rápidamente se extendió por todas las dependencias, y en el que «en todo el monesterio no quedó un palmo de fusta» e incluso llegaron a fundirse la mayor parte de las campanas y otras se resquebrajaron, así como a quemarse buen número de libros religiosos, algunos de los cuales «no los había más bello ni cumplido en la mitad de la España», y el acaecido el 24 de febrero de 1675, de tres días de duración, que afectó al refectorio, hospedería y archivo del monasterio, y que lo dejaron en un tan lamentable estado que los monjes se vieron obligados a edificar otro nuevo en la planicie de San Indalecio —llamada así por la ermita que en honor de este santo se había construido en ocasión del traslado de sus reliquias—, celebrándose el abandono, y con ello el definitivo ocaso del en otro tiempo importante y poderoso cenobio pinatense de la Cueva de San Juan, en el mes de septiembre de 1682.
Mas también el nuevo monasterio iba a tener sus días contados. En agosto de 1809, las tropas napoleónicas, a las órdenes del general Suchet, llegaron al monasterio, que desvalijaron aunque sin atentar contra el viejo conjunto abacial por orden del propio general. Y en el año 1835, con la desamortización de Mendizábal —aquel gran latrocinio al que aludiera Menéndez y Pelayo—, quedó cerrada definitivamente la historia del glorioso cenobio.
Es curioso, sin embargo, observar que, en medio de tantos aconteceres y vicisitudes, nunca venga a hablarse documentalmente de la llegada al Monasterio del Santo Cáliz de la Cena del Señor, y tampoco de su estancia en él, salvo la referencia de un Auto con fecha 14 de diciembre de 1134, que cita como visto por él el escritor benedictino y canónigo magistral de Zaragoza por el año 1698, J. A. Ramírez, y que decía así: «En un arca de marfil está el Cáliz en que Cristo Nuestro Señor consagró su sangre, el cual envió San Lorenzo a su patria, Huesca».
Es como si una intencionada ocultación buscara silenciar la existencia, en el Cenobio, de la Sagrada Reliquia, de la que nada se dice hasta que surge la petición de Martín el Humano, como más adelante veremos.
Si alguna vez llegáis a visitar el viejo Monasterio —actualmente en proceso de restauración—, podréis ver todavía en él:
La llamada Sala del «Concilio», del siglo XI, estancia lóbrega e irregular, dividida en cuatro tramos de diferente amplitud, cubiertos con bóveda de medio cañón y grandes arcos de medio punto que, con la iglesia baja y cripta abacial, conforman las partes más antiguas y venerables del cenobio, todo él de roca viva y con aspilleras como ventanas, más dignas de un castillo que de un santuario, pero que proclaman lo belicoso de aquellos tiempos.
Ya en la planta superior, el llamado «Panteón de Nobles aragoneses», de superficie cuadrada y sin cubrir, ejemplar famoso y único de la arquitectura románica y el más completo en su estilo de los que existen en España, presenta en el muro izquierdo dos hileras de sepulcros con arquivoltas que sostienen unas figuritas y ostentan en las lápidas una decoración de relieves con cruces y crismones muy interesante por su simbolismo. Las inscripciones conservadas nos testifican que en este Panteón están enterrados ilustres personajes del reino aragonés, con fechas que se remontan al 1082.
A continuación, la iglesia alta de San Juan, construida por el rey Sancho Ramírez y consagrada en 1094 por el arzobispo de Burdeos. Constituye un hermoso y puro ejemplar del románico aragonés del siglo XI. Consta de una sola nave, con tres ábsides semicirculares exhornados con arquería ciega de capiteles labrados y con bóveda formada en su mayor parte por la misma peña; en ella estuvo expuesto el Santo Cáliz a la veneración de los fieles.
Al lado del Evangelio se halla la puerta de acceso a la sacristía antigua, convertida en Panteón Real por orden de Carlos III en 1770, en el que reposan los restos de casi todos los reyes de la dinastía pirenaica. Ocupa la cabecera del Panteón un altar dedicado al Crucificado que custodian dos tallas en mármol blanco que representan a la Virgen y a San Juan Evangelista; corona el altar un escudo de Aragón timbrado con la corona real. A la derecha está el enterramiento real, compuesto por veintisiete sepulcros ocultos con láminas de bronce dorado, grabadas con alusiones a los reales personajes que allí descansan. Frente a los sepulcros, grandes estucos en relieve representan episodios destacados de la historia de Aragón. Culmina la decoración un medallón con el retrato de Carlos III.
Al otro lado del templo, se encuentra el Claustro, con el que se comunica a través de una puerta mozárabe procedente de la iglesia baja; en las dovelas de su arco aparece grabada una inscripción en latín, realizada en el siglo XII, que traducida viene a decirnos: «La puerta del cielo se abre, a través de ésta, a cualquier fiel si se aplica en unir a la fe los mandamientos de Dios». El conjunto es de planta cuadrangular, y único, tanto por su situación como por la disposición de sus arcadas sin cubrir y de una impresionante majestad, belleza y originalidad artística, con cuatro hermosas galerías, arcos de los tipos más variados con columnas geminadas, preciosos capiteles historiados esculpidos primorosamente por un escultor anónimo conocido como «maestro de San Juan de la Peña», que viviera a fines del siglo XII, con relieves del Antiguo y Nuevo Testamento que sorprenden por su tendencia al movimiento y su realismo, y cuya soberbia labra se caracteriza por los ojos, tremendamente acusados, que infunden a sus personajes una expresión sosegada y tranquila.
Con acceso al claustro, se encuentran dos capillas: la de San Victoriano y la de San Voto y San Félix. La primera de ellas, del estilo gótico aragonés más depurado, fue edificada a principios del siglo XV con la finalidad de servir de decoroso enterramiento de los abades, por el valenciano Juan Marqués, promovido a la mitrada dignidad por el Papa Benedicto XIII, en bula expedida en Peñíscola el 15 de diciembre de 1412. En ella se encuentra esculpido un curioso detalle que merece ser recordado: es la aparición en el gablete del frontispicio de la capilla, formado por cinco arquivoltas ricamente festonadas con piñas, hojas, florones, bellotas, caracoles y otros motivos más, delicadamente combinados, el escudo de Valencia, rudamente tallado, que nos muestra el rombo con las barras de Aragón, con un casco, la corona real y Lo Rat Penat sobre él; todo ello petrificado e inmutable, tal vez como huella y testimonio de la presencia del abad valenciano y del recuerdo entrañable de su tierra natal.
La segunda, situada en el ángulo opuesto al panteón de abades, es de estilo neoclásico y remata su portada con el escudo del abad Briz Martínez, historiador del monasterio, quien al considerar milagroso el hecho de haber resultado ileso tras caer dos pedruscos de la rocosa bóveda del claustro, que llegaron a rozarle, decidió construir esta capilla, terminada en 1631, que dedicó a los eremitas mozárabes santos Voto y Félix, sucesores como ya vimos del primer ermitaño San Juan de Atarés.
Este es el lugar recóndito, maravilloso y seguro por su fragosidad y alejamiento de los territorios todavía en lucha contra los árabes invasores, donde durante más de dos siglos y medio continúa la Sagrada Reliquia, ahora ya bajo la custodia de los monjes cluniacenses y el singular afecto y protección de los Reyes de Aragón; todo ello realzado por las virtudes de los Santos y la fama de los héroes, cuyos venerables restos vendrán a reposar en los panteones del Monasterio, como perenne guardia de honor del Sagrado Vaso.
Y va a ser durante este tiempo de epopeya y grandeza, de fe y heroísmo, cuando van a tener su pleno desarrollo las peregrinaciones y cruzadas que llevarán con ellas la noticia, aureolada con la fantasía y el romance, de la presencia del Santo Cáliz entre abruptas montañas; narraciones que darán origen a bellas y numerosas leyendas sobre el Santo Grial y sus héroes, que juglares y trovadores repetirán y extenderán a su paso, y que un día, el genio musical incomparable del siglo XIX, Ricardo Wagner, transformará en el más extraordinario drama lírico de todos los tiempos.

domingo, 7 de septiembre de 2014

El Santo Cáliz de la Cena (VII). Manuel Sánchez Navarrete




EL SANTO CÁLIZ DE LA CENA
SANTO GRIAL VENERADO EN LA CATEDRAL DE VALENCIA (VII)

Manuel Sánchez Navarrete

Valencia 1994


De Huesca a San Juan de la Peña

Recibido en Huesca el Sagrado Cáliz, con la carta que le acompañaba —y de la que existe constancia en la obra inédita de la Biblioteca catedralicia de Huesca (nn. 984-88, 206-208); en Pahoner, Hallazgo de especies perdidas; en Villanueva, Viajes literarios, K. II; en Escolano; en el Deán de Jaca, Sr. Sangorrín; en el historiador valenciano y cronista Dr. Agustín Sales y otros, pero que desgraciadamente desapareciera en el transcurso de los tiempos —cosa nada insólita ni desusada por otra parte, ya que se carece por completo de autógrafos occidentales de mediados del siglo III— extendióse entre los cristianos oscenses la veneración que mereciera tan insigne reliquia, si bien teniendo que salvar épocas de persecución y otros peligros que imponían la ocultación y el secreto. Recordaremos, por ejemplo, las feroces y constantes persecuciones decretadas por los emperadores romanos y, principalmente, las dictadas, hacia el año 303, por Diocleciano y Maximiliano.  También las espantosas luchas y apostasías motivadas por la irrupción de los bárbaros del Norte, que sujetaron esta comarca al dominio de los visigodos desde el principio del siglo V hasta la invasión de los árabes en el VIII, y en forma particularmente destacada, el gran peligro que supuso para la Sagrada Copa el expolio de Childeberto, aquel Rey de París que se llevara, en 511, setenta cálices artísticos y 15 patenas, todo de oro, de las iglesias de España, para «restituirlos» a las de Francia, y pudieran servir a la vez de modelo a los orfebres de su país. Afortunadamente o no pasó por Huesca el regio cleptómano coleccionador de cálices valiosos o quiso la Providencia que no llegara a su conocimiento la existencia del nuestro.
Poco más de 200 años había permanecido el Santo Cáliz en Roma y 450 en Huesca cuando en el año 711 tenía lugar la invasión árabe de España.
Declarada diócesis Huesca en 553 y proclamado Vicencio como primer obispo, fueron cinco los prelados que se fueron sucediendo hasta llegar el momento de la invasión sarracena, en que se halla presidiendo la sede oscense el obispo Acisclo, que ya lo era en 683 y tenía por vicario a Andeberto en 693, los cuales, ante el arrollador avance de los invasores, abandonan con su clero la ciudad de Huesca siguiendo a los nobles, guerreros y pueblos que no quieren caer bajo el yugo musulmán, y llevando consigo cuanto de más precioso encerraban sus iglesias y, sobre todo, el Sagrado Cáliz de la Cena del Señor, continúan su repliegue poco a poco, en sucesivas etapas, por los más ocultos caminos de las montañas del Norte, hasta llegar secretamente a San Juan de la Peña, cenobio rodeado de misterioso culto e inspirador de leyendas, que iba a ser guardador durante cuatrocientos años de la estimada reliquia.
El doctor don Dámaso Sangorrín, en una serie de artículos que con el título «El Santo Grial en Aragón» publicara en la revista Aragón del S.I.P.A. de Zaragoza durante los años 1927 y 1928, y con él varios autores que le siguen, narra la posible trayectoria de la corte aragonesa en los tiempos siguientes a la invasión árabe, que hace recorrer a través de un buen número de pueblecillos de la comarca del río Aragón.
Según este autor, es al año siguiente de la invasión mahometana, en 712, que ante la rapidez con que los árabes avanzan en su proceso de ocupación de España y ante su imparable proximidad, el obispo Acisclo, que a la sazón presidía la sede oscense, y sus dos sobrinos, Orosia y Cornelio, formando ingente caravana con gran número de fieles cristianos y llevando consigo, como en ocasión análoga escribiera Alfonso el Sabio de Castilla, «res sacras et Sanctorum reliquias» (las cosas sagradas y las reliquias de los Santos), huyen hacia las estribaciones de los Pirineos, refugiándose en la Cueva de Yebra, situada en una altiplanicie del monte Ontoria —hoy puerto de Santa Orosia—, donde a poco eran alcanzados por las huestes de Muza que sometía a martirio tanto al santo obispo Acisclo como a la joven Orosia, inmolada por defender su fe y su virginidad, así como a su hermano Cornelio. De nuevo la caravana de fugitivos en marcha, llevando consigo el Cáliz, llegan a cobijarse en San Pedro de Siresa, un añoso monasterio, tal vez el más antiguo e importante de los cenobios aragoneses de tradición visigótica, en el que permanecería durante casi un siglo, y en el que se suceden las donaciones de los condes y reyes de Aragón y de Navarra «para el culto de las santas reliquias».
De este vetusto monasterio, fundado según la tradición por Galindo Aznares, conde de Aragón, en la primera mitad del siglo IX, se conserva todavía la magnífica iglesia que se alza cerca de la Selva de Oza, al lado de la vía romana que a través del Puerto de Palo se adentraba en tierras francesas.
El templo, de estilo románico, está construido con piedra de sillería, y consta de una sola nave, con crucero y ábside semicircular. La portada principal se abre en el imafronte y tiene tres arquivoltas planas soportadas por pilares y tímpanos con un crismón sostenido por dos leones. En el muro sur, hay otra puerta, posiblemente del siglo XII, reformada en el XVII, y en ambas puertas aparecen inscripciones en latín que hacen referencia a la fundación del monasterio.
La torre cuadrada y muy alta, se halla dividida en cuatro cuerpos de los que el último abandona su forma cuadrada para convertirse en octogonal. Pero lo que mayor impresión produce al contemplarla desde el exterior, es el importante papel que debió jugar, como en la mayoría de las iglesias románicas, tanto por su función y oficio cuanto por constituir un admirable medio de defensa.
El interior de la iglesia, con bóveda de medio cañón, y con tres arcos fajones que apoyan en columnas adosadas a los paramentos murales, ofrece un conjunto de severas líneas, y aunque carente de decoración escultórica, posee una gran intensidad expresiva.
Pero no es el alzado de su fábrica ni los detalles arquitectónicos que aderezan el templo, ni siquiera la espléndida pila de agua bendita que todavía conserva, lo que más va a atraer nuestra atención. «En el suelo —hoy en profundas obras de cala y restauración—, cerca de la entrada principal del templo, hay una estrella dibujada con los cantos rodados con los que está —estaba— pavimentada la iglesia. Creo recordar que es una estrella de cinco puntas o seis. La punta de delante, sorprendentemente, no da —no daba— con exactitud al altar mayor sino que se desvía un poco. Siguiendo la dirección de esta punta de la estrella se encuentra —hemos comprobado todavía continúa— en el ábside una cavidad en la que la tradición local afirma estuvo escondido el Santo Cáliz. La cavidad es del tamaño de un sagrario grande, y está cavada en la piedra. Se le escondió allí para ocultarle de los agarenos invasores y se recurrió a la estratagema de la estrella para, una vez pasado el peligro, encontrar el lugar exacto donde estaba escondido.
Siendo príncipe el actual Rey, don Juan Carlos, visitó este templo y se realizó el «simulacro de buscar, encontrar y sacar de la pared el Santo Cáliz». (La descripción es de Oliván Baile: El Monasterio de San Pedro de Siresa. Los incisos son nuestros).
Cuando ya no eran de temer nuevas irrupciones de los árabes invasores, dado el respeto que les imponía lo abrupto del terreno y la brava defensa que de él hacían sus habitantes, pasaron los obispos con la Sacra Reliquia al Monasterio de San Adrián de Sasabe, lugar más recogido y abrigado que Siresa, situado a tres kilómetros de la actual villa de Borau y quince sobre Jaca, en los valles de Canfranch y Hecho. En Siresa vinieron a quedar muchas de las reliquias de los Santos que habían llevado consigo los cristianos fugitivos; no así el preciado Cáliz que continuó bajo la custodia de los fieles Obispos sucesores de Acisclo. Se cuentan hasta siete el número de ellos; se titulan Obispos de Aragón en Sasabe y dícese que se hallan enterrados en lo que fuera iglesia de Santa María de Sasabe, posible refugio en otro tiempo del Santo Grial y que hoy yace soterrada bajo la vulgar ermita de San Adrián, con tan sólo algunos arcos románicos visibles como testimonio de un glorioso pasado.
Por razones que imponía la lucha contra el invasor, se hacía frecuente el cambio de residencia tanto de las Sedes de los Obispos como de las Cortes de los Reyes, y es así como en tiempo del obispo Mancio II (1014-1033) debió ser trasladado el Santo Cáliz a la iglesia, también románica, de San Pedro, de la Sede Real de Bailo, población convertida en Sede Real al residir en ella don Sancho Garcés II, el Abarca.
Nuevos acontecimientos motivan, unos treinta años después, un nuevo traslado, ya que entre 1014 al 1045, encontramos en Jaca a los Obispos de Aragón.
Es ya por este tiempo que el Monasterio Pinatense de San Juan de la Peña, favorecido por todos los Reyes y panteón de casi todos ellos, ha adquirido enorme importancia. En el año 1025, don Sancho de Aragón había cedido Bailo y sus pertenencias a San Juan de la Peña. Su sucesor Ramiro I, al respetar la disposición de su padre que, sin capital de residencia permanente para su corte, decide marchar a establecer la suya nueva en la antigua Jaka (Jaca) de los romanos, que reedifica casi por completo, y en la que hace levantar una suntuosa catedral románica dedicada a San Pedro, la que, terminada en 1063, constituía por su suntuosidad y magnificencia el templo más adecuado en aquellas circunstancias para albergar y tributar culto a la preciada Reliquia.  Pero... tal vez los designios de la Providencia eran otros.
Al ocupar la Sede, como sucesor de don García en el Obispado de Aragón, el obispo don Sancho, a quien los peregrinos llaman «maestro de reyes», vino a suceder que, como era monje de San Juan de la Peña y gran favorecedor del Monasterio, obtuvo de un Concilio convocado al efecto la aprobación de un canon según el cual «El nombramiento de Obispo de Aragón recaerá en adelante en un monje del monasterio de San Juan de la Peña». Es por este tiempo cuando pudo ser llevado a San Juan de la Peña el Santo Cáliz de la Cena del Señor, llegándose a suponer motivara tal suceso el hecho de la llegada a España y visita al reino de Aragón, en 1071, del Cardenal Hugo Cándido, como legado del Papa Alejandro II, para implantar en nuestras iglesias la liturgia romana. Este hecho, de haber sido San Juan de la Peña uno de los primeros lugares en que la nueva liturgia se instituyera, ha llevado a suponer a algunos que, a fin de dar la mayor solemnidad y esplendor al acto, entendieran los monjes oportuno que el Legado pontificio oficiase aquella primera Misa con rito romano empleando el Cáliz que había servido al Señor para la Institución de la Eucaristía en la Cena Pascual, y tal vez pudo ser así, que, puestos de acuerdo con don Sancho, obispo de Jaca, fuera trasladada la reliquia al Monasterio.
Por más discreto que se hiciera, no dejó de trascender el hecho, dando lugar a un tenaz y prolongado forcejeo entre la ciudad y los monjes del Monasterio, ni siquiera resuelto al ser reconquistada Huesca en 1096.
Tanto el obispo don García Ramírez, como su sucesor el obispo don Pedro, persisten en la lucha «por defender los legítimos derechos de su diócesis contra los monjes de San Juan de la Peña». ¿Se querría decir con ello que para recuperar el Santo Cáliz de la Cena del Señor? Pero fue en vano. El Abad Aquilino, que acude a Roma enviado por su favorecedor el rey Sancho Ramírez, en defensa de lo que consideraban «desafección y oposición de los Obispos» con respecto al Monasterio, regresa con unas Letras obtenidas de Alejandro II en las que se ponía al Monasterio bajo la inmediata jurisdicción de la Santa Sede y se establecía que «ni rey ni duque, ni conde ni obispo, presumiese disputarle cosa alguna de las que entonces poseía o en adelante pudiera poseer, de cualquier clase que fuese».
Tal es en suscinta síntesis el contenido del relato que nos hace Sangorrín del continuado repliegue que, poco a poco, en escalonadas etapas, supone —sin ofrecer una satisfactoria documentación que lo avale— siguiera la ingente multitud de fugitivos cristianos, por los más ocultos caminos de las montañas del Norte, hasta llegar secretamente a San Juan de la Peña, cenobio rodeado de misterioso culto e inspirador de sorprendentes leyendas, que iba a ser guardador durante cuatrocientos años de la estimada Reliquia.