miércoles, 27 de agosto de 2014

El Santo Cáliz. Manuel Sánchez Navarrete



San Sixto y San Lorenzo
Fra Angelico - Vaticano


EL SANTO CÁLIZ


Manuel Sánchez Navarrete
(historiador)

Valencia 1980.
(Germen del posterior estudio publicado en 1994).



Los Evangelistas San Mateo (26, 26-28), San Marcos (14, 22-24) y San Lucas (22-19-20) y San Pablo en su carta I a los Corintios (XI, 23-25), refieren de modo semejante, y casi con las mismas palabras, que el Señor, estando reunido con sus discípulos para celebrar la Pascua, en la noche en que fue entregado, «mientras comían, tomó pan, lo bendijo, lo partió y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo». Y que luego, «tomando un cáliz, pronunció la acción de gracias y se lo pasó diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt, 26- 26-28).


Nota escrita por Juan de Ribera testificando que el Santo Cáliz
"hasta hoy se conserva en nuestra iglesia valentina"

Así quedó instituido el sublime misterio de la Eucaristía y, desde ese mismo instante, aquel Vaso vino a convertirse en la más preciada reliquia de la Cristiandad; en la divina Copa que, en peregrinaje de amor, nos describirá la tradición yendo del Cenáculo a Roma, de Roma a Huesca y de Huesca a San Juan de la Peña; en el fabuloso y misterioso Grial, alrededor del cual se forjarán las más bellas leyendas y las más fantásticas gestas de héroes y adalides que inundarán la cristiandad con la grandeza de sus virtudes y el ejemplo de su valor caballeresco, y en el Santo Cáliz que, bajo el sello y evidencia de la historia, anhelarán poseer los reyes y, que, porque así estuviera escrito en la voluntad del Señor, será entregado a la devoción y religiosidad de Valencia, para, desde el ostentorio de su Capilla en la Basílica Matropolitana, ofrecerse al mundo entero como testigo permanente del más augusto y sublime de los misterios: el de la institución de la Eucaristía en la memorable tarde de aquel primer Jueves Santo.

LA CAPILLA

El destino principal de esta Capilla, en su origen Aula Capitular de la Catedral valentina, construida por Vidal de Blanes, Obispo de Valencia de 1356 a 1369, fue el que sirviera de Cátedra de Teología y enterramiento de prelados y canónigos. Confiada la regencia de la Cátedra a los religiosos de Santo Domingo, se encuentra entre los que la ocuparon a San Vicente Ferrer. También se celebraron en ella Cortes Reales.
Posteriormente, cesada su utilización para unas y otras funciones, abriose al culto, que estuvo primero dedicado al Cristo de la Buena Muerte, hasta 1916 en que vino a centrarse en el del Santo Cáliz.
En su estado actual la vemos formada por cuatro muros de piedra de 16 metros de altura que, asentados sobre una planta cuadrada de 13 metros por lado, sirven de apoyo a doce ménsulas decoradas de las que, a su vez, arranca una complicada bóveda formada por otros tantos arcos ojivales que van a reunirse, bajo una gran clave central, para sustentar la bóveda correspondiente a la techumbre que cubre la capilla.
En el lienzo de pared frente a la entrada, y sirviendo de retablo al templete expositor que guarda el Santo Cáliz, se alza un notabilísimo frontispicio gótico de piedra alabastrina, procedente de la fachada posterior del antiguo Coro de la Catedral, con bellísimos calados doseletes y pináculos, hornacinas con doce relieves italianos de Poggibonsi, de factura maravillosa, representando escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, y un vano central de arcos esculturados que hoy sirven de marco a la preciosa reliquia del Santo Cáliz.
Sobre los muros de piedra se apoyan dos grandes bancos corridos, también de la misma materia; en el paramento de la derecha aparece un bello púlpito gótico igualmente labrado en piedra, al que se accede por una puertecilla de arco apuntado; otra puerta, enfrente, decorada con un relieve representando la Anunciación de la Virgen, da paso a otras dependencias.
Durante el transcurso de los tiempos han venido a incorporarse, como contribución a la ornamentación del sobrio recinto, curiosos recuerdos históricos, como lo son en gran manera la cadena que cerraba el puerto de Marsella, partida en dos trozos desiguales de 50 y 70 eslabones, y el instrumento que ayudó a romperla, cuando Alfonso V el Magnánimo, con la armada de Aragón, logró apoderarse de la ciudad y traerse con estas preseas el cuerpo de San Luis, Obispo de Tolosa, todo lo cual vino a dejar a la Catedral de Valencia. Igualmente aparecen fijados en los muros, entrando a la izquierda, un cartón de Vicente López, “El Triunfo de la Eucaristía y Expulsión de los moriscos”; a la derecha junto al púlpito, un gran fresco, imitación de tapiz y hoy trasladado a lienzo, “La Adoración de los Magos”, de Nicolas Florentino (1496), y frente al retablo, lo que parece ser parte central de un gran retablo, del siglo XV, dedicado a San Cristóbal.
En el vano donde se halla situado el trono desde el cual se ofrece a la veneración el Santo Cáliz de la Cena, vemos tres arcos escalonados, bajo los cuales, y adosado al fondo del muro, aparece un templete gótico de piedra alabastrina, en imitación bien lograda al estilo del retablo, en cuyo interior, recubierto cual un Sagrario, de lámina de metal dorado, se halla la preciada joya: el Santo Grial de las leyendas medievales; el Santo Cáliz de la Cena, del mundo cristiano.
En los últimos años ha sido objeto esta Capilla de dos importantes restauraciones: Fue solemnizada la realización de la primera, que abarcó distintas obras de repristinación de la Catedral, el día 23 de mayo de 1943, con un solemne Pontifical, oficiciado por el entonces Arzobispo de Valencia, don Prudencio Melo y Alcalde, y en el que predicó el Obispo Administrador Apostólico de Vitoria, Doctor don Javier Lauzurica. Después del canto del Te Deum, tuvo lugar la procesión con la Sagrada Reliquia, que fue trasladada a la plaza de la Virgen, donde se la depositó sobre un altar de flor natural y el Alcalde de la ciudad, son Joaquín Manglano, entonces Barón de Cárcer, hizo ofrenda. Como resultado de estas obras se despejó el Aula Capitular de sepulcros, urnas cinerarias y frescos que le restaban la pureza de su traza original, trasladándose el pasillo que da acceso desde la nave central catedralicia y a otras dependencias; se llevaron a su primitivo emplazamiento los relieves del trascoro; se descubrieron los tres arcos que, escalonados a distintas alturas, cubrían el espacio rectangular que debió ser en tiempos el sitio del altar, y en cuyo centro vino a disponerse el ostentorio para la Sagrada Reliquia; colocose frente a él la mesa del altar, formada por maciza losa de piedra, de treinta centímetros de grosor, labrada al efecto, apoyada sobre los cinco pilares góticos que aparecieron en el Altar Mayor al desmontar, durante una de las reformas, la obra del siglo XVIII y, en fin, procurose devolver en lo posible al conjunto de la Capilla su primitiva ordenación.
La última restauración, cuyo final fue solemnizado el 26 de enero de 1979, con una celebración eucarística en la misma Capilla, presidida por el señor Arzobispo, doctor don Miguel Roca, y realizada por iniciativa y a expensas de la Diputación Provincial de Valencia, la que haciéndose eco de la sospecha que inquietaba al Cabildo catedralicio de la posibilidad de la existencia de una belleza oculta bajo la suciedad que el humo y el tiempo habían ido acumulando sobre bóvedas y muros, pero de la que no se tenía noticia alguna, vino a hacer suya tal inquietud y a tomar conciencia del extraordinario interés que supondría el desvelar y devolver a Valencia el esplendor de su rica tradición cultural. Un excepcional equipo de artesanos y artistas y una competente dirección técnica, volcándose en el empeño, obtuvieron la recompensa de los más halagüeños resultados, y es así como hoy la excelsa reliquia del Santo Cáliz de la Cena del Señor, puede ofrecerse a la pública veneración de los fieles, en el marco espléndido, mezcla de sobriedad y riqueza, que le corresponde.

ESTRUCTURA DEL SAGRADO VASO

El Santo Cáliz de la Cena, obra notable tanto desde el punto de vista religioso como arqueológico, está formado por tres partes distintas entre sí y correspondientes a otras tantas épocas.


La copa superior, de piedra ágata cornalina oriental, semiesférica; de 9'5 cm. de diámetro medio en la boca, 5'5 cm. de profundidad por el interior y 7 cm. de altura desde la base al borde; toda ella lisa, al interior y al exterior, sin ningún adorno, excepción hecha de una simple línea incisa, de corte redondeado, muy regular, que corre paralela al borde y a escasa distancia de él. En la actualidad se observa una pequeña rotura, aproximadamente hacia la mitad, que la divide en dos partes, apareciendo junto al borde de cada una de ellas, sendas roturas producidas en la misma ocasión y notándose la falta de una minúscula porción periférica entre la línea de adorno y el perfil exterior, que seguramente corresponde al lugar en que la copa recibiera el golpe. Ello ocurrió el 3 de abril de 1744, día de Viernes Santo, en ocasión que se acostumbraba a utilizar el Santo Cáliz en los Oficios de Jueves y Viernes Santo para colocar en su interior la Sagrada Forma que se reserva en el Monumento. El Arcediano Mayor y canónigo de la Catedral don Vicente Frígola Brizuela que, con asistencia del Arzobispo Mayoral, actuaba de Preste en los oficios, al ir a sacar la Sagrada Forma del Santo Cáliz, desprendióse la copa, resbalando ésta y cayendo, quebrándose en la forma descrita. Recogidos inmediatamente y con todo cuidado los fragmentos, fueron colocados en el cofrecillo del Monumento y depositados luego en la Capilla de las Reliquias. Avisado el maestro platero Luis Vicent, acudió éste en la tarde de aquel mismo día con sus hijos, Luis y Juan, procediéndose a la recomposición de la Sagrada Copa, en presencia de varios Canónigos y del notario Juan Claver, levantándose la correspondiente acta de todo ello.

El pie, que está formado por un vaso ovalado e invertido, del mismo color y parecido material que la copa, aunque muy distinto e inferior a ésta, tanto en la calidad del trabajo como en el de la piedra. Los ejes de la base miden 14'5 cm. el eje mayor y 9'7 cm. el eje central menor, y un pie casi rectangular con los lados cortos redondeados, rehundidos en el interior, con 4 y 3 cm. de eje mayor y menor respectivamente, y una altura de 5 mm. Todo él lleva una guarnición de oro puro, sobre el cual van montadas 27 perlas, dos rubíes y dos esmeraldas de gran valor. En una de las vertientes mayores del pie, y en su lado izquierdo, aparece esgrafiada una inscripción árabe en caracteres cúficos, estudiada y traducida por el profesor Antonio Beltrán, que percibió por primera vez dicha inscripción.

Y, finalmente, la vara con su nudo, de 7 cm. el total de largo, que sirve como elemento de unión entre la copa y el pie, con añadidura de las asas y de una guarnición de oro purísimo, finamente burilado, que soporta el engaste en el pie de perlas y piedras.

Un meticuloso estudio, realizado hacia el año 1960 sobre esta histórica y excepcional reliquia por el mencionado profesor Beltrán, Catedrático de Arqueología de la Universidad de Zaragoza, y posteriormente publicado («El Santo Cáliz de la Catedral de Valencia», Valencia, 1960), llega, en resumen, a las siguientes conclusiones:

Con respecto a su estructura:
- Que del examen objetivo del Cáliz resulta estar compuesto de tres partes, de las cuales dos gozaron de autonomía y en un momento determinado fueron unidas entre sí por la tercera. Es decir, los dos vasos unidos por el nudo. La única parte que sigue cumpliendo su primitivo papel es la copa, mientras que el actual pie fue un día pieza estimadísima, como lo demuestra el filete de oro que lo bordea. La orfebrería, aparte del valor funcional de servir de unión de copa y pie, sirvió para alhajar la sencilla copa y como muestra del aprecio en que se le tenía.

Con respecto a su autenticidad histórica, que nada prueba la Arqueología en contra, sino que, por el contrario, la apoya y confirma, puesto que conduce a las siguientes afirmaciones:
- Que la copa se remonta a la época comprendida entre el siglo I antes de J.C. y el I de nuestra Era, y que fue labrada en un taller oriental de Egipto, de Siria o de la propia Palestina, por lo que bien «pudo estar en la mesa de la Santa Cena» y «pudo ser el que Jesucristo utilizó para beber, para consagrar o para ambas cosas».
- Que el pie es un vaso egipcio o califal del siglo X u XI, añadido a la copa hacia el siglo XIV, como estimación de su excepcional importancia.
- Que las perlas y piedras preciosas que lo ornamentan son posteriores y pudieron ser sobrepuestas cuando el Santo Cáliz era venerado en San Juan de la Peña.

Ante estas afirmaciones irrebatibles siempre quedaría en pie -como dice el profesor Beltrán-, ante cualquier hipótesis en contra de la autenticidad histórica de la Reliquia, la firme posibilidad arqueológica de que el Santo Cáliz que se venera en la Catedral de Valencia fuese el que el Señor utilizara en la Última Cena.
Tras estas conclusiones, adquieren validez y ahondan su profundidad las palabras que el entonces Arzobispo de Valencia, don Marcelino Olaechea, escribiera en el prólogo a la ya citada obra del profesor Beltrán:
«Si crees en una piadosa tradición jamás desmentida, tradición que recogen hasta nuestros días, casi seis siglos de historia, te sentirás robustecido en tu creencia.
Toma y lee.
Si no crees, toma también y lee.
Pues, a fuer de hombre honrado, dejarás de sonreírte de quienes creen».

El aspecto que hoy ofrece el Santo Cáliz es el mismo que presentaba en San Juan de la Peña, en 1399, sin más modificaciones posteriores que la restauración de 1744 en ocasión de la rotura sufrida, y la sustitución, se ignora cuándo, de alguna de las perlas, y de una piedra en 1959.

LO QUE NOS DICE LA TRADICIÓN

«Hay problemas que, para resolverlos -escribe Leo Talamonti, en Universo Prohibido- es oportuno hacer converger la voz de los poetas con la de los estudiosos, y utilizar posiblemente también las aportaciones de aquella gran maestra de la vida que es la tradición en sus líneas más genuinas».
Y los doctores eclesiásticos enseñan que el culto público dado durante siglos a una reliquia antigua, hace presumir la prueba de su verdad, lo que vale tanto como los mejores documentos históricos.
Ahora bien, una tradición constante e ininterrumpida, confirmada desde los primeros tiempos por un documento de primera magnitud, El canon de la Santa Misa, y conservada en Roma con la positiva aprobación de los primeros Papas por espacio de dos siglos, afirma y sostiene la autenticidad de tan estimable joya. A partir de Sixto II y el martirio de San Lorenzo, va haciéndose esta afirmación más segura y solemnemente autorizada, sobre todo en el Reino de Aragón y, especialmente, en los obispados de Huesca y Jaca, hasta adentrarse de modo definitivo en el plano de lo histórico, con documentación ya plena y formalmente garantizada.
Existen, además otras razones en apoyo de la fuerza probativa que constituye el culto tradicional al Santo Cáliz, como puede ser la consideración de que sería temerario sospechar ni siquiera que se hubiera podido perder tan preciada reliquia, ya que ello acusaría descuido inexplicable en el “Padre de Familia” de que nos habla el Evangelio, al cual pertenecía, y en cuya morada se celebró la Última Cena; así como en los Apóstoles, cuando vemos conservaron tantas otras de Nuestro Señor, incluso no más importantes, como el Santo Pesebre que se guarda en Santa María la Mayor; la Mesa de Última Cena que se venera en San Juan de Letrán; la fuente o “catino” del cordero pascual, en Génova; la Sábana Santa que envolvió su cuerpo y que se conserva en Turín; la Corona de Espinas, la Sagrada Lanza, los Clavos de la Pasión y el mismo Sepulcro.

Pero veamos qué es lo que nos refiere la tradición:

Ella nos dice que la preciosa Copa debió pertenecer a persona de alta alcurnia, ya que su riqueza y finura denota una categoría artística y material superior a la de los toscos vasos de vidrio, madera o barro usados entonces por la gente ordinaria. Es de suponer, pues, perteneciera al dueño del Cenáculo que, como sabemos por los Evangelistas, era hombre acomodado, pues que poseía una suntuosa vivienda y sirvientes, el cual debió ofrecer al Maestro el mejor de sus vasos, con los demás utensilios necesarios para la cena legal que precedió a la primera consagración eucarística.
Tras la muerte del Señor, es lógico pensar quedara la Sagrada Copa bajo la custodia de la Santísima Virgen, y que San Juan, el discípulo amado y custodio de María, lo usara para celebrar el Santo Sacrificio de la Misa ante la Señora.
Siuri, Obispo de Córdoba, y Sales, que lo cita, entre otros historiadores, opinan que a la muerte de la Santísima Virgen y separados los Discípulos para anunciar la Buena Nueva a todas las naciones, debió hacerse cargo de tan insigne reliquia San Pedro, elegido por Jesús como cabeza visible de la Iglesia. Éste lo llevaría consigo a Roma, donde, después de usarlo él para celebrar el Santo Sacrificio, continuaría vinculada su posesión en los veintitrés Papas, sucesores de Pedro, que ininterrumpidamente siguieron consagrando y bebiendo en el Cáliz del Redentor su Divina Sangre, y que incluso dieran en ocasiones la suya propia, en testimonio de su fe y en defensa del Evangelio.
Precisamente, las palabras que preceden inmediatamente a la Consagración del Sanguis, repetidas desde hace siglos en todo el mundo por infinidad de sacerdotes y escuchadas o leídas por multitud de fieles: «Accipiens HUNC PRAECLARUM CALICEM in sanctas ac veneraviles manus suas...», esto es, «Tomando ESTE PRECLARO CÁLIZ en sus santas y venerables manos ...», parecen ser una clara alusión al Cáliz de la cena que tendrían presente los Pontífices al consagrar, y que luego pasaron a ser el canon de la Misa.


Tras dos siglos de permanencia en Roma, advino una época de gran violencia, que aun superara otras anteriores, promovida por la persecución de Valeriano y Galieno. El imperio romano se ahogaba en su impotencia económica, y las riquezas de los cristianos, que según sus perseguidores imaginaban debían ser fabulosas, podían constituir un buen remedio. El edicto apareció en el año 257 y se reiteró en el 258. Los secuaces de Valeriano se dedicaron al pillaje de las limosnas cristianas, llegando en su afán de lucro a allanar hasta las Catacumbas, protegidas por la legislación romana. Encarcelado y condenado a muerte el Papa Sixto II por negarse a entregar al Emperador los objetos de valor que le quedaban a la Iglesia, todavía halló medio, antes de su martirio, de ordenarle a su fiel diácono y tesorero Lorenzo que distribuyera estos bienes inmediatamente entre los pobres, lo que así hizo el fiel diácono, a excepción del Santo Cáliz, que en un fervoroso y sin duda inspirado deseo de salvar a toda costa del peligro que corría en Roma, enviaba, dos días antes de su propio martirio, a Huesca, su ciudad natal, acompañado de una carta de remisión en la que ordenaba fuera entregado a sus padres, Orencio y Paciencia, que a la sazón vivían en su casa y posesión de Loret, hoy iglesia de Loreto, a extramuros de Huesca.


Un momento de esta piadosa tradición del traslado del Santo Cáliz, de Roma a Huesca, viene a ser corroborado y plasmado en uno de los frescos que se conservan en la Basílica de San Lorenzo, en las afueras de Roma, donde aparece el glorioso Diácono entregando un cáliz con asas a un soldado, que aparece arrodillado y que parece recibirlo con adoración, acompañado de otro soldado armado como testigo del acto o como defensor de la alhaja. Este fresco desapareció en el bombardeo de Roma por los aliados, en la última guerra mundial.


Recibido en Huesca el Sagrado Cáliz, con la carta que le acompañaba y que desgraciadamente desapareciera en el transcurso de los tiempos, afirmose entre los cristianos oscenses la veneración que merecía tan insigne reliquia, en proporciones verdaderamente profundas, si bien teniendo que salvar épocas de persecución y peligros que imponían la ocultación y el secreto. Recordemos, por ejemplo, las terribles y constantes persecuciones decretadas por los Emperadores romanos, principalmente las de Diocleciano y Maximiliano; las espantosas luchas y apostasías motivadas por la irrupción de los bárbaros del Norte, que sujetaron esta comarca al dominio de los visigodos desde principios del siglo V hasta la invasión de los árabes en el VII, y el gran peligro que supuso el expolio de Childeberto, aquel Rey de París que se llevara sesenta cálices artísticos de oro de las iglesias de España. Afortunadamente, o no pasó por Huesca el regio “cleptomano” coleccionador de cálices ricos o quiso la Providencia que no llegara a tener noticias del nuestro.

Poco más de 200 años había permanecido en Roma y 450 en Huesca, cuando en el año 711 tenía lugar la invasión árabe de España. Un año después, el Obispo de Huesca, Acisclo, ante el arrollador avance de los invasores, abandona con su clero la ciudad de Huesca, siguiendo a los nobles, guerreros y pueblos que no querían caer bajo el yugo musulmán, llevando consigo cuanto de más precioso encerraban sus iglesias y, sobre todo, el Sagrado Cáliz de la Cena del Señor, continuando su repliegue poco a poco, en sucesivas etapas, por los más ocultos caminos de las montañas del Norte, hasta llegar secretamente a San Juan de la Peña, cenobio rodeado de misterioso culto e inspirador de leyendas, que iba a ser guardador durante cuatrocientos años de la estimada Reliquia.

El origen de este Monasterio se confunde con el del pueblo aragonés. Se halla situado a 16 km. de la frontera francesa, a 30 de Jaca y a 27 de Huesca, en un escondido rincón en que el ánimo se sobrecoge ante la monumentalidad de la naturaleza y el espíritu se maravilla frente a la contemplación de aquella creación arquitectónica del siglo XI, exponente insuperable del estilo románico en armónica conjunción con primorosas muestras del mozárabe, del bizantino y del gótico.
La tradición nos lo presenta así. Era hacia finales del siglo VIII, cuando parece ser que un ilustre doncel cristiano de Cesaraugusta, llamado Voto, persiguiendo en vertiginosa carrera a un ciervo, llegó al borde mismo de la inmensa peña que en la cima del monte Pano vemos hoy constituye la bóveda del Monasterio antiguo. Ante el peligro, invocó a San Juan Bautista, y el milagro se hizo. El caballo quedose rígido en el último instante al borde mismo del precipicio. Se había salvado.
Al espanto siguió la curiosidad. Abriose paso entre la espesa maleza, descenció al fondo y allí se encontró, bajo una gruta profunda, una pequeña ermita dedicada al Bautista, y también los restos incorruptos de un venerable anciano ermitaño, Juan de Atarés, reclinada su cabeza sobre una piedra en la que una inscripción mencionaba su nombre. Tras dar sepultura al ermitaño regresó Voto a la ciudad, vendió sus bienes y regresó acompañado de su hermano Félix para recluirse entre aquellas agrestes soledades. Hasta aquí lo que nos dice la piadosa tradición. Luego la historia nos dirá que San Juan de la Peña era monasterio benedictino que fundara el rey Sancho Gercés sobre una ermita que en el mismo lugar edificara un ermitaño llamado Juan de Atarés.

Si alguna vez llegáis a visitarlo, podréis ver todavía en él: la llamada sala del “Concilio”, estancia lóbrega e irregular, con bóvedas de medio cañón y grandes arcos de medio punto, que, con la iglesia baja y cripta abacial, conforman las partes más antiguas y venerables del cenobio, todo él de roca viva y con aspilleras como ventanas, más dignas de un castillo que de un santuario, pero que proclaman lo belicoso de aquellos siglos. También, ya en la planta principal, la iglesia alta, hermoso y puro ejemplar del románico aragonés del siglo XI y donde estuvo expuesto el Santo Cáliz a la veneración de los fieles; el Panteón Real, en el que reposan los restos de casi todos los Reyes de la dinastía pirenaica; el llamado Panteón de Nobles aragoneses, ejemplar famoso y único de la arquitectura románica donde reposan los ricos-hombres junto a los rudos y sencillos guerreros de la época heroica; el Claustro, de impresionante majestad, belleza y originalidad artística, con cuatro hermosas galerías, arcos de los tipos más variados y preciosos capiteles esculpidos primorosamente con relieves del Antiguo y Nuevo Testamento, y las capillas de San Victorián y de San Voto y San Félix, con acceso al claustro. Por cierto, que en la primera de ellas, del estilo gótico más depurado, edificada a principios del siglo XV con la finalidad de servir de decoroso enterramiento de los abades, por el valenciano Juan Marqués, promovido a la mitrada dignidad por el Papa Luna, se muestra esculpido un curioso detalle que merece ser recordado; es la aparición en el gablete del frontispicio de la capilla, formado por cinco archivoltas ricamente festoneadas con piñas, hojas, florones, bellotas, caracoles y otros motivos más, delicadamente combinados, del escudo de Valencia, rudamente tallado, que nos muestra el rombo con las barras de Aragón, con un casco, la corona real y lo Rat-Penat sobre él; todo ello petrificado e inmutable, tal vez como huella y testimonio de la presencia del abad velenciano y del recuerdo entrañable de su tierra natal.

Éste es el lugar recóndito, maravilloso y seguro por su fragosidad y alejamiento de los territorios todavía en lucha con los árabes, donde durante más de dos siglos y medio continuó la Sagrada Reliquia, ahora ya bajo la custodia de los monjes cluniacenses y el singular afecto y protección de los reyes de Aragón, todo ello realzado por las virtudes de los Santos y la fama de los héroes, cuyos venerables restos vendrán a reposar en los panteones del monasterio, como perenne guardia de honor del Sagrado Vaso.

Y va a ser durante este tiempo, de epopeya y grandeza, de fe y heroísmo, cuando van a tener su pleno desarrollo las peregrinaciones y cruzadas que llevarán con ellas la noticia, aureolada con la fantasía y el romance, de la presencia del Santo Cáliz entre abruptas montañas; narraciones que darán origen a bellas y numerosas leyendas sobre el Santo Grial y sus héroes, que juglares y trobadores repetirán y extenderán a su paso, y que un día, el gran genio musical incomparable del siglo XIX, Ricardo Wagner, transformará en el más extraordinario drama lírico de todos los tiempos.

LO QUE REFIEREN LAS LEYENDAS

El hecho afirmado por la tradición, que sitúa la permanencia del Santo Cáliz sigilosamente oculto y venerado en San Juan de la Peña durante la Reconquista, en conjunción con materiales extraídos del Evangelio apócrifo de Nicodemo y de la historia de José de Arimatea, constituye probablemente la base de una serie de leyendas que durante la Edad Media se propagan por Europa. Tales leyendas, muy extendidas y de gran interés como prueba que refuerza la voz de la tradición, puesto que en ella se inspiran, hablan de una Copa maravillosa que, escondida entre abruptas montañas, era venerada y defendida por los Caballeros del Santo Grial o Graal, términos usados en tales leyendas, y que en el sentido de vaso, escudilla o copa la vemos usada normalmente en las lenguas romances de la península hispana, como se lee en Cervantes, en el Arcipreste de Hita y en el Amadís de Gaula, por ejemplo, pero que en las demás lenguas europeas sólo se utiliza para referirse al Santo Cáliz de la Cena, destacando la palabra con el apelativo Santo = Santo Grial.

Son varias las versiones que se extienden en torno al Santo Grial, principalmente francesas y alemanas. Las más antiguas arrancan del siglo XII y, en general, suelen presentarse adulteradas por elementos extraños y deformadas a causa de su enlace con las concepciones de Lanzarote y Parsifal, pero coincidentes siempre en un tema común: el de presentarnos las andanzas de caballeros y aventureros que, viniendo atraídos por su afán guerrero u luchador, se transforman en protagonistas de hechos portentosos que realizan movidos por las ansias de buscar el Vaso Sagrado.
El ciclo comprende la obra de Cristián de Troyes, del siglo XII (Perceval ou la conte du Graal), y otros autores; la de Robert de Boron, del siglo XIII (Roman de l'Estoire dou Graal o Joseph d'Arimathie), sus derivaciones, entre las que destacan Lancelot y su continuación Queste del Saint Graal; y la versión del alemán, también del siglo XIII, Wolfram von Eschenbach, revalorada por el romanticismo, en la que en época contemporánea viniera a inspirarse el genio extraordinario de Ricardo Wagner para componer su inmortal ópera Parsifal. En este gran drama musical, estrenado en Bayreuth el 26 de julio de 1882, y considerando como culminación de la obra musical wagneriana, vemos desarrollarse, sobre un texto del mismo Wagner basado en la leyenda del Graal y cuya acción sitúa en un lugar imaginario de los Pirineos, las incidencias que ha de superar el caballero Parcival o Parsifal, hasta llegar a encontrar el Graal y ser coronado rey de sus caballeros.
Ahora bien, para ponderar debidamente el valor histórico que también, dentro de ciertos límites, y como “versión libre” inspirada en las tradiciones, tienen las leyendas, tal vez merezca la pena recordar aquellas palabras que escribiera el emperador Juliano: «Lo que en los mitos se presenta como inverosímil es precisamente aquello que nos abre el camino de la verdad. Efectivamente, cuanto más paradójico y extraordinario es un enigma, tanto más parece advertirnos para no confiar en la palabra desnuda, sino a padecer en torno a la verdad oculta» (Emp. Juliano, Confr. Eracl., 217/C.)
O los intentos en que actúa la llamada tendencia “evemerística”, cuando al intentar interpretar los motivos del Grial en función de figuras y situaciones históricas nos dice que: «Las figuras del mito y la leyenda son únicamente sublimaciones abstractas de figuras históricas, que han acabado por ocupar el lugar de éstas y equivaliendo por sí mismas en el plano mitológico y fantástico» (Julio Évola, El misterio del Grial).
Por otra parte, señalaremos cómo los Bolando o Bolandistas, agrupación de escritores eclesiásticos nacida en Bélgica y que en el siglo XVII acometiera la gigantesca tarea, todavía inacabada, de pasar por el más riguroso tamiz de la investigación científica todos los caudales de historia, tradición y leyenda referentes a los Santos y al Cristianismo en general y para los que pocos aspectos o tradiciones quedaron fuera de su formidable y meticulosa labor investigadora, en ocasión del estudio de todo lo relativo a San Lorenzo, hubieron de afrontar el tema del Santo Cáliz, y éste fue su juicioso y prudente dictamen: «Porque, no obstante dichas dificultades, pudo ser que el Santo levita enviase en realidad el Cáliz a España, de donde parece ser oriundo, por otra parte no se exhiben documentos ciertos que convenzan de la falsedad del hecho, por lo tanto dejamos la tradición en el estado en que se halla».
Digamos, por último, cómo es también curioso observar, con J. Marx (Légende arthurienne), que «nunca la Iglesia hizo suya la leyenda del Grial. Parece como si en ella hubiera notado algo de anterior, de originario, de misterioso».
Y así seguirán siendo las leyendas del Santo Grial: un “mysterium tremendum” que sólo la fe nos pueda tal vez ayudar a desvelar.

LO QUE AFIRMA LA HISTORIA

Existe una referencia del canónigo de Zaragoza don Juan Agustín Carreras Ramírez, quien en su Vida de San Lorenzo T.I.P. 101, afirma la existencia de un supuesto “Auto” de 14 de diciembre de 1134, según el cual se decía en latín que «en un arca de marfil está el Cáliz en que Cristo Nuestro Señor consagró su Sangre, el cual envió San Lorenzo a su Patria, Huesca». Éste sería ciertamente el primer documento con valor histórico; pero pierde esta validez al no haber podido ser hallado.

De aquí que sea en 26 de septiembre de 1399 el momento en que se inicia de modo indiscutible la plena historia documentada del Santo Cáliz, cuando el rey Martín el Humano, el mismo que motivará el Compromiso de Caspe al morir sin sucesión, al enterarse, poco después de coronado, de que en el monasterio de San Juan de la Peña se conservaba el Santo Cáliz del Señor, llevado de su gran piedad y devoción a las reliquias, entró en deseos de poseer tan preciada joya. Hecha la petición a los monjes del Monasterio, resolvieron éstos por unanimidad satisfacer el piadoso deseo del rey. Así lo hicieron, con otorgamiento de la correspondiente escritura pública que lleva la fecha arriba indicada, recibiendo por su parte, del agradecido monarca, el espléndido regalo de otro valioso cáliz, éste de oro, que por cierto desapareció, fundido, en el incendio que el 17 de noviembre de 1494 sufriera San Juan de la Peña.

Documento del Archivo de la Corona de Aragón
por el que Martín el Humano recibe el Santo Cáliz

El Santo Cáliz pasó entonces a ser venerado en la Capilla del Real Palacio de la Aljafería, en Zaragoza, como joya integrante de los tesoros y reliquias de la capilla real propiedad de los monarcas de la Corona de Aragón, hasta que veintitrés años después, al decidir el rey don Martín trasladar su residencia a Barcelona, en donde murió, llevó consigo las reliquias de que era poseedor y con ellas el Santo Cáliz, como se desprende de la lectura del Inventario de bienes que a poco de la muerte del rey se hiciera, en septiembre de 1410.

Le sucede en el Reino, como resultado de su mayor derecho reconocido en el Compromiso de Caspe, su sobrino, don Fernando de Antequera, a quien le sigue su hijo Alfonso V el Magnánimo. Muy amante éste de Valencia, realizó en ella espléndidas obras de reconstrucción, como las llevadas a cabo en la Casa de la Ciudad; erigió en el convento de Santo Domingo la primorosa Capilla de los Reyes; reformó y embelleció notablemente los salones y jardines del Palacio Real -situado entonces donde hoy se alzan las llamadas montañitas de Elío, restos de aquél, en los jardines llamados por su origen del Real (o Viveros Municipales)-, al que hizo trasladar también magníficas obras de arte, trofeos obtenidos en sus campañas victoriosas, como las cadenas del puerto de Marsella, que rompiera en audaz aventura marinera, y gran número de reliquias, entre las que figuraba en lugar destacado el Santo Cáliz de la Cena del Señor.

Más adelante, por razón de sus ausencias, y con el propósito de garantizar una mayor seguridad, depositó el cuerpo de San Luis, obispo de Tolosa, juntamente con otras reliquias y alhajas, en la catedral valenciana. Poco después, ante una nueva ausencia motivada por nuevas campañas, hizo hacer depósito de las restantes reliquias que le quedaban, delegando su custodia y conservación en mosén Antonio Sanz, canónigo y pavorde de la Catedral de Valencia y capellán mayor de la capilla del real palacio.

Y así llegamos al 18 de marzo de 1437, en que a la muerte del mencionado mosén Antonio Sanz, el “muy alto Señor don Juan, rey de Navarra, Gobernador a la sazón de Valencia y lugarteniente de su hermano Alfonso”, ordena, en nombre del Rey Magnánimo, que se hiciera donación definitiva de joyas y reliquias al Cabildo catedralicio de Valencia, lo que así se hizo, mediante la redacción del correspondiente documento público que formalizaba la entrega de la donación e inventariaba el contenido de la misma, firmado del Pedro de Anglesola, por parte del rey, y don Jaime de Monfort, por parte del honorable Cabildo, ambos notarios públicos.

En dicho documento, entre la relación de las diversas joyas y reliquias donadas, se lee: «lo calcer hon Jesucrist consagrá lo dijous de la cena, fet ab dues anses dor ab lo peu de la color que lo dit calcer es guarnit al entorn dor ab dos balays e dos maragdes en lo peu e ad vinthuyt perles convinent de gruig de un pesol entorn del dit calcer» (Notal de Jaime Monfort, vol. 3.532).

Documento de ingreso del Santo Cáliz en la Catedral de Valencia en 1437

A partir de esta fecha continúa el Santo Cáliz ininterrumpidamente en la Catedral de Valencia hasta el mes de marzo de 1809, en que, con motivo de la invasión francesa y consiguiente iniciación de la Guerra de la Independencia, inicia un movido peregrinaje que le permite quedar a salvo de la rapacidad y los desmanes de las tropas napoleónicas.
Tuvo lugar la primera salida el 18 de marzo de 1809; el Santo Cáliz es trasladado a Alicante, desde donde regresará a Valencia a finales de enero de 1810.
En Marzo del mismo año es llevado a Ibiza, igualmente por motivos de seguridad.
En febrero de 1812 pasa de Ibiza a Palma de Mallorca.
Y en septiembre de 1813 regresa desde Plama de Mallorca a la Catedral de Valencia y se redacta el último inventario de este periplo, en el que, con el número 29, se lee: «La caxa de plata que contiene el Santo Cáliz de la Cena».

A partir de esta fecha continúa siendo venerado ininterrumpidamente, primero en la Capilla de las Reliquias (ábside de la Sala Capitular), y a partir de 1916 en el Aula Capitular Antigua (actual Capilla del Santo Cáliz).

Parsifal

martes, 26 de agosto de 2014

The Holy Grail. Janice Bennett




Janice Bennett, autora de St. Laurence and the Holy Grail

“El Santo Grial, la legendaria copa de la Última Cena”
Entrevista realizada por Josep de Santantoni
Zenit, 21 octubre de 2012


La historia del Santo Grial ha inspirado numerosos libros de ficción e imaginación, incluyendo películas muy populares. La verdad sobre la actual ubicación de este cáliz es menos clara. Una investigadora, Janice Bennett, autora del libro publicado en Estados Unidos St. Laurence and the Holy Grail, cree que la historia del cáliz se puede seguir desde el viaje de San Pedro a Roma hasta que finalmente quedó custodiado en España.

Bennett posee un master en Literatura española por la Universidad de Colorado y un certificado de «Advanced Bible Studies» de la Escuela Católica Bíblica de Denver. Es miembro del centro español de Sindonología, con sede en Valencia, España.

Ha compartido con Zenit sus razones para creer que el Santo Cáliz que se venera en Valencia es la copa usada por Jesús en la Última Cena.

–¿Qué es exactamente el Santo Grial? ¿Cómo responde usted a quienes dicen que es sólo una leyenda?

–Bennett: Para los cristianos, el Santo Grial es y siempre ha sido la copa usada por Jesús para consagrar el vino en la Última Cena, el auténtico receptáculo de la sangre de Cristo en el apenas instituido sacramento de la Eucaristía.

La gente de todo los tiempos se ha quedado un poco perpleja de que esta preciosa reliquia haya originado un importante número de historias fantásticas sobre guerreros, monjes y reyes que se embarcaban en su búsqueda.

Esto ha sido así no sólo para la gente medieval sino para personas de hoy, dada la actual popularidad de las leyendas sobre el Santo Grial y películas tales como «Indiana Jones y la Última Cruzada», en la que Indiana Jones descubre un gran número de posibles griales en la inverosímil ubicación de Petra, Jordania.

Lamentablemente, el grial que Indiana dice que es auténtico es el menos probable, históricamente hablando, porque está hecho de madera, un material poroso que estaba prohibido en la celebración de la Pascua judía.

Es innegable que Jesús utilizó una copa para la consagración y que esta copa es un objeto histórico, no un mito. Quizá a causa del misterio y fantasía que han rodeado a esta reliquia por excelencia, algunos investigadores actuales han creado un escenario por el que el Santo Grial podría estar relacionado con temas que van desde la Sábana Santa de Turín hasta María Magdalena.

Otros definen el Grial simplemente como un interrogante personal o una exploración del ser, o lo relacionan con toda suerte de antiguas leyendas y ritos de la fertilidad, conduciendo a una gran confusión como la que tenemos actualmente.

–¿Por qué llegó a investigar sobre su existencia y paradero?

–Bennett: Mi marido y yo visitamos la Capilla del Santo Grial en la catedral de Valencia a principios de los años noventa. Pensé que era muy extraño que dijeran tener la copa usada por Jesús en la Última Cena, porque nunca oí nada parecido en los Estados Unidos.

La única información disponible era un pequeño folleto, no muy bien traducido al inglés, que mencionaba al Papa Sixto II confiando la copa a San Lorenzo en el año 258 después de Cristo, y que San Lorenzo la envió a España en manos de un soldado español. También ofrecía una breve historia de la reliquia en España.

Años más tarde, cuando investigaba sobre reliquias en la Biblioteca Nacional de Madrid, recordé aquel folleto. Busqué información sobre San Lorenzo y encontré una traducción muy interesante de un documento que se dice escrito por san Donato, en el siglo VI, que no sólo contiene una biografía de los primeros años de San Lorenzo sino que confirma que este traslado tuvo lugar.

Al mismo tiempo, encontré un librito, escrito por el sacerdote responsable de cuidar la reliquia, a principios de la guerra civil española de 1936.

Cuando examiné las fotos de donde había sido escondida durante el conflicto –dentro de los cojines de un sofá, en el compartimento secreto de un armario y tras una pared de piedra–, me quedé verdaderamente sorprendida de las dificultades que la reliquia ha sufrido a través de los siglos.

Inmediatamente me di cuenta de que tenía que investigar la historia de esta copa en profundidad. El Santo Cáliz de Valencia no sólo reivindica su autenticidad sino que tiene detrás una larga tradición y una historia fascinante que apoya completamente esta afirmación.

–¿Qué se piensa que sucedió al Santo Grial inmediatamente después de la Última Cena?

–Bennett: Muchos estudiosos creen que el Cenáculo –la habitación en la que tuvo lugar la Última Cena– y el Santo Cáliz eran propiedad de la familia de san Marcos, el evangelista, que hizo de intérprete de san Pedro en Roma.

San Marcos y san Pedro vivían en relación estrecha y parece tener sentido que san Marcos diera la Santa Copa a san Pedro, por la simple razón de que era muy importante para los primeros cristianos usar reliquias en la liturgia, y Pedro era la cabeza de la Iglesia.

La tradición española afirma que san Pedro se llevó el Santo Cáliz consigo a Roma, donde lo pasó a sus sucesores hasta la persecución de Valeriano, en el año 258.

Debido al grave peligro de que la preciosa reliquia cayera en manos de los romanos, san Sixto II, sabiendo que pronto sería martirizado, confió la copa a su tesorero y diácono, san Lorenzo. Éste a su vez la dio a un soldado español pidiéndole que la llevara a Huesca, España, donde sabía que su familia se haría cargo de ella.

Esta antiquísima tradición se apoya en muchos factores: el canon romano de la Misa, varios documentos y la presencia histórica del Santo Cáliz en España.

–¿Cuál es su teoría sobre la historia del Santo Grial y la actual ubicación?

–Bennett: Mucha gente cree que hay cientos de posibilidades sobre el auténtico Santo Grial, según el viejo dicho de que si se reunieran todos los pedazos de la Verdadera Cruz repartidos por el mundo, habría madera suficiente para una docena de cruces. No es éste el caso.

Es verdad que en el siglo XVI había unas 20 copas que reivindicaban el honor de ser la auténtica usada por Jesús en la Última Cena. Pero hoy ninguna de ellas es considerada auténtica, con la excepción del Santo Cáliz de Valencia y la copa de plata de Antioquía.

La copa de plata de Antioquía tiene una capacidad de dos litros y es demasiado grande para poder pasar de mano en mano, en torno a la mesa de la Última Cena durante la comunión eucarística. Lo interesante, sin embargo, es el hecho de que san Jerónimo mencionara que había dos copas sobre la mesa de la Última Cena, una copa de plata que contenía el vino para la cena, y una de piedra que fue usada para la institución de la Eucaristía.

Sólo el Santo Cáliz de Valencia, con la parte superior de piedra de ágata, responde a la descripción de san Jerónimo acerca de la copa usada por Cristo en la consagración. Cuando se examina su tradición e historia en detalle, es completamente evidente que todo concuerda. No creo que alguien pueda desautorizar la teoría de que el Santo Grial es en efecto el Santo Cáliz de Valencia, España.

–¿Qué fábulas modernas equivocadas han detectado los modernos estudiosos sobre el Santo Grial y sobre quienes estuvieron implicados en su traslado?

–Bennett: Cuando hablamos del Santo Cáliz de Valencia, uno de los problemas ha sido una laguna de información sustancial y sobre los hechos que van más allá de la tradición de san Lorenzo, y otra ha sido la afirmación errónea de que hay muchos griales que reclaman ser el que el Papa Sixto II dio a san Lorenzo.

Los hechos a menudo se mezclan con afirmaciones falsas y material legendario, de tal manera que hacen dudar sobre la posibilidad de llegar a saber la verdad.

Un serio rival de la tradición de san Lorenzo, al menos en la opinión popular, es la leyenda de que José de Arimatea llevó el Santo Grial a Inglaterra.

Está basada en el poema «Joseph of Arimathea», del poeta Robert de Boron, que confirma la leyenda apócrifa de Nicodemo, añadiendo que José de Arimatea llevó el Grial a Glastonbury, para unir la cristiandad a los huesos del legendario Arturo que se suponía habían sido enterrados allí.

Narra que José de Arimatea recogió la sangre de Cristo en una vasija que fue usada como bandeja para el pan y el cordero pascual en la Última Cena, y luego la entregó al dios celta Bron que la llevó a Occidente como un talismán de inmortalidad.

No es difícil comprender que esta leyenda no se basa en nada jamás probado y el grial en este caso no es una copa histórica, sino más bien una bandeja que no existió en realidad. Nos encontramos ante un ejemplo perfecto de mezcla de fantasía y realidad, literatura y leyenda que permite muchas discusiones sobre el Santo Grial.

–¿Por qué el Santo Grial debería interesar a los cristianos en la actualidad?

Bennett: El Santo Grial debería interesar a los cristianos de hoy por la misma razón de que siempre ha sido venerado, a través de los siglos, como la copa usada por Cristo para instituir la Eucaristía.

Es muy apropiado que este último «descubrimiento» sobre el Santo Grial coincida con el Año de la Eucaristía, que fue proclamado por el Papa Juan Pablo II en la fiesta de Corpus Christi en junio y empezó en octubre.

La historia del Santo Cáliz de Valencia es un hermoso recuerdo de la importancia de este sacramento en la vida de la Iglesia, tan evidente en el cuidado por conservar a través de los siglos la vasija usada por Cristo en la institución de la Eucaristía.

La historia inicia con san Pedro, primera cabeza de la Iglesia, que llevó la copa sagrada a Roma para usarla en la liturgia de la Misa. Sigue con los santos Sixto y Lorenzo, ambos martirizados por rehusar entregarlo a los romanos.

La Iglesia en España protegió la vasija de la invasión musulmana en el siglo VIII y años más tarde vemos el mismo respeto y heroico valor en quienes salvaron la copa de la destrucción durante la Guerra de Independencia y la Guerra Civil españolas.

Gracias a su deseo personal, en 1982 el Santo Padre fue el primer Papa en celebrar la Misa con la reliquia desde san Sixto II en el siglo III. 

lunes, 25 de agosto de 2014

The Grail: From Myth to Reality. Philip Coppens



EL GRIAL: DEL MITO A LA REALIDAD

Por Philip Coppens

(Extraído de la introducción a Servants of the Grail)


La historia del Grial se inicia con un joven, Perceval, que se encuentra con unos caballeros y se da cuenta de que quiere ser uno de ellos. A pesar de las objeciones de su madre, el muchacho obtiene el título de caballero y comienza una serie de viajes. En uno de ellos, se encuentra con el Rey Pescador, que le invita a alojarse en su castillo. Estando allí, es testigo de una extraña procesión en la que hombres y mujeres jóvenes llevan magníficos objetos de una cámara a otra, pasando por delante de él entre plato y plato de la comida.

El primero que escribió sobre el Grial fue Chrétien de Troyes, quien no definió la naturaleza del propio Grial. Autores posteriores, como Robert de Boron, lo identificaron con una reliquia cristiana, normalmente como la copa usada durante la Última Cena. Sin embargo, el autor alemán Wolfram von Eschenbach escribió poco después su libro sobre Grial, Parzival, en el que afirmó que los autores anteriores habían cometido graves errores en sus narraciones, y describió el Grial como una piedra que había caído del cielo, y que tenía cualidades sobrenaturales, otorgaba longevidad a los que estaban cerca de él, atraía el agua.

Parzival ocupa una posición única en la literatura del Grial, pero todavía se ve como una obra de ficción. Wolfram declaró que los personajes retratados como poseedores del Grial eran personas reales, cuyos nombres e historias figuraban en documentos latinos que le habían transmitido sus fuentes. Por otra parte, Wolfram no escribía ficción, y afirmar que Parzival no es más que una obra de ficción, por lo tanto, necesita una explicación de por qué Wolfram se apartó de sus escritos de no ficción para introducirse en la literatura de ficción.

Hay más de 600 nombres en Parzival y su secuela Titurel combinados, dando lugar a una de las ruedas de identificación más largas de la historia. Sin embargo, como es generalizada la creencia de que estamos ante una invención literaria de Wolfram, cualquier identificación con personajes históricos parece inútil.

La mayoría de los que, pese a todo, han intentado esa identificación, han tratado de encontrar correspondencias con los reyes y nobles de Aragón. Esto es interesante, porque Guyot de Provins, uno de los principales candidatos para el papel de Kyot de Provence, tenía fuertes vínculos con Aragón. Guyot escribió acerca de los reyes de Aragón, que eran sus protectores magnánimos: su patrón era Alfonso el Casto, Alfonso II, hijo de Alfonso I (1104-1134), que liberó Zaragoza de la dominación musulmana en 1118.

Tomando esto como punto de partida, el estudioso suizo André de Mandach comenzó su investigación, que desembocó en la primera publicación de su trabajo en 1992, en el que defendía la existencia de un "Ur-Parzival". De Mandach intuyó no sólo que el relato de Wolfram podría estar basado en hechos reales, sino además que la leyenda fue tal vez escrita en código. La clave para desbloquear este código, suponía De Mandach, subyacía en la historia de los reinos españoles del norte, en el período de 1104 a 1137 ¿No es una grata coincidencia que Flegetanis, la enigmática "primera fuente" de la que Wolfram declaró que obtuvo su información, sea un nombre familiar en el Ampurdán, la región española en el norte de Cataluña?

El Código del Grial

De Mandach se dio cuenta de que la clave para descifrar el código estaba en los apellidos "honorarios", los apodos, que eran una tradición popular en España y en el Islam desde el siglo VII. De hecho, la práctica se extendió tanto que se exportó a otras partes de Europa Occidental, con reyes llamados "el Bueno", "el Justo", etc.

Sostuvo que Amfortas, identificado como un rey, era por lo tanto Rey "X" Amfortas, teniendo que ser sustituida esa "X" por un nombre como Alfonso, Raymond, u otro nombre familiar en la época. Este enfoque es mucho más directo que la mayoría de los intentos de otros investigadores, que han tratado de explicar que Amfortas podría provenir del francés antiguo "enferté (z)", que a su vez derivaría del latín, "infirmitate (m)". Tal razonamiento es indirecto, en el mejor de los casos.

Alfonso I de Aragón

Este enfoque permitió a De Mandach identificar a este personaje como el rey Alfonso I de Aragón, quien fue llamado "Anfortius". De hecho, es así de simple: Amfortas era Anfortius. Se le identifica como tal en numerosas ocasiones, incluyendo en su testamento. Fue conocido como "Anfors". Monedas acuñadas durante su reinado lo identifican como "ANFUS REX", algunas de estas monedas tienen Toletta (Toledo) en el reverso. Sólo sobre esta base, es evidente que De Mandach acababa de descifrar el código. La pregunta es por qué hasta 1992 nadie le prestó atención. Y por qué tan pocos han reconocido esta contribución. Tal vez la razón se puede encontrar en el hecho de que De Mandach escribió para un público científico, que veía grandes dificultades para aceptar la naturaleza histórica del cuento del Grial.

Aunque los escépticos podrían argumentar que "Anfortius" no es totalmente idéntico a "Amfortas", debe recordarse que Anfortius era el sobrenombre en latín, mientras que Amfortas parece su traslación al occitano – tal como lo habría formulado Kyot el provenzal, occitanohablante. Pero la clave para una decodificación con éxito no es encontrar la llave, sino comprobar si a partir de ella todas las decodificaciones posteriores resultan fáciles, sencillas, hasta que todas las piezas encajan en su lugar. Ésa es la cuestión...

Porque si Amfortas / Alfonso I es la clave, es el primo de éste, Rotrou II de Perche, quien confirma que se ha descifrado el código. Rotrou II de Perche era el señor de "Val Perche": Perche-Val ... de ahí Perceval. Y si Rotrou era primo de Alfonso, Perceval era tío de Amfortas. Con Amfortas y Perceval como sobrenombres de dos figuras históricas, cuya relación familiar era similar a la relación descrita en el documento de Wolfram entre el Rey Pescador y Perceval, el código del Grial se había descifrado.

Amfortas, conocido por nosotros como Alfonso I el Batallador, nació en 1074 y fue rey de Aragón y Navarra desde 1104 hasta su muerte el 6 ó 7 de septiembre de 1134. Era un luchador formidable, famoso por una serie de victorias en el marco de la "Reconquista", la recuperación para los cristianos de la España invadida por los moros. Antes de su muerte, Alfonso I hizo testamento, dejando su reino a los Caballeros Templarios, los Hospitalarios y los Caballeros del Santo Sepulcro. Fueron los Caballeros Templarios los convertidos por Wolfram en protectores del Grial – como lo era Amfortas. Por lo tanto, en Alfonso I tenemos un rey – el Rey Pescador que posee el Grial en la historia de Wolfram – que lega un tercio de sus tierras a la Orden del Temple – los protectores del Grial.

Eso no es todo. Cuando resultó mortalmente herido en batalla, ordenó ser transportado a San Juan de la Peña, un viaje de dos días y 115 km. Murió allí. San Juan de la Peña, de todos los lugares posibles, tiene una de las conexiones más fuertes con la tradición del Grial. Según una tradición, aquéllos que estén en presencia del Grial no morirán en los siguientes siete días. ¿Era ése el verdadero propósito del regreso del rey a San Juan de la Peña? Es imposible de probar, pero constituye una idea interesante.

Munsalvaesche

"En treinta kilómetros a la redonda no se ha trabajado ni madera ni piedra para levantar construcción, salvo una, rica en maravillas. Si alguien la busca, no la encontrará; aunque muchos lo intentan. La visión del castillo debe ocurrir involuntariamente. Supongo, señor, que usted sabe de él; Munsalvaesche, se le llama. Este castillo custodia un reino llamado Terre de Salvæsche. Fue legado por el viejo Titurel a su hijo, el rey Frimutel".

Hay muchas posibilidades de que San Juan de la Peña sea de hecho el famoso Munsalvaesche, la residencia del rey del Grial y el lugar donde se veneraba el Grial. Es, de hecho, como la Iglesia Católica parece aceptar, el sitio donde una vez se custodió el "Santo Cáliz", antes de que terminara en Valencia. Pero aunque San Juan de la Peña es considerado a menudo como un monasterio, en realidad era algo mucho más especial: también fue la residencia de los reyes de Aragón.

En 1071, el Papa Alejandro II dispuso protección especial para el monasterio, que permaneció bajo la autoridad papal y por lo tanto al margen de la bailía del Obispo de Jaca – lo cual constituía una posición privilegiada para cualquier sitio religioso. Significaba que San Juan de la Peña no podía ser controlado por las habituales jerarquías eclesiásticas – sólo por el propio Papa. Esta situación especial se reafirmó en 1095.

A lo largo de este período, los reyes de Aragón, como Sancho el Mayor, Ramiro I, Sancho Ramírez y Pedro I, continuaron favoreciendo el monasterio. Los tres últimos pasaron la Cuaresma allí cada año y lo eligieron como lugar de enterramiento para ellos y sus familias. Por tanto, San Juan de la Peña se convirtió en un mausoleo real. Y si Amfortas era el Rey Pescador, San Juan de la Peña, su capital, era Munsalvaesche.

El Rey Pescador, Alfonso I de Aragón, hizo grandes donaciones a San Juan de la Peña. Atribuyó su victoria cerca de Tauste a las reliquias de San Juan de la Peña. Él, al igual que sus predecesores y sucesores, pasó temporadas en San Juan de la Peña, especialmente la semana previa a la Pascua – la semana en que tuvo lugar la procesión del Grial. Se sabe que Alfonso I también estuvo en San Juan de la Peña en otras ocasiones, como en mayo de 1108, lo que implica que podría ser una de sus residencias, y el Castillo del Grial.

Amfortas fue llamado "Le Roi Pescheor", el Rey Pescador, debido a que pasaba tiempo en lo que según Chrétien era un río, o un lago, según Wolfram. El río Aragón fluye por el valle a los pies de San Juan de la Peña. Pero a sólo 200 metros del nuevo monasterio de San Juan de la Peña solía haber un lago que era conocida por sus muchos peces. Esta reputación se prolongó hasta bien entrado el siglo XX, cuando el lago se secó en los 70 (se encontraba cerca del moderno aparcamiento). Como Wolfram localiza el lago cerca de Munsalvaesche, San Juan de la Peña, una vez más, se ajusta perfectamente a la descripción del trovador. Wolfram además localiza Munsalvaesche en un bosque, y San Juan de la Peña se halla en un bosque.

Sin embargo, Wolfram sitúa Munsalvaesche en "Katelangen", Cataluña, mientras que San Juan de la Peña se encuentra en Aragón. Esta aparente contradicción se solventa si consideramos que cuando Wolfram estaba escribiendo su relato, San Juan de la Peña era en cierto modo parte de Cataluña, después de que Ramiro II dejase Aragón, y San Juan de la Peña, en manos de Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona: tras desposar a su única hija Petronila con el conde Ramón Berenguer, Ramiro II de Aragón delegó en éste el poder, abandonó el ejercicio de su cargo y se retiró a la vida religiosa que había llevado antes de su entronización.

Además, incluso la descripción de Chrétien de cómo Perceval llega al castillo del Grial coincide con cómo se llega a San Juan de la Peña: hay que cruzar un río, a continuación, un trayecto a través de un bosque, antes de llegar a una torre – una torre "cuadrada", especifica Chrétien. La torre cuadrada del Monasterio Viejo es de hecho lo que da a San Juan de la Peña su aspecto característico. De Mandach también ha identificado otros detalles de la historia de Chrétien que coinciden con San Juan de la Peña, tal como existía en su época. Ello ha llevado a De Mandach a la conclusión de que Munsalvaesche, la residencia del Rey del Grial, fue sin duda San Juan de la Peña, la residencia de los reyes de Aragón y de Amfortas – Alfonso I.

La dinastía del Grial

Estos hallazgos iniciales condujeron a De Mandach a identificar a los demás personajes de la historia del Grial. La dinastía del Grial es una serie de tres sucesores masculinos: Titurel - Frimutel - Amfortas. Se corresponden con Ramiro I (1035-1069), Sancho Ramírez I (1063-1094) y, finalmente, Alfonso I, reyes de Aragón.

Wolfram inicia la tradición del Grial con Titurel. Él es la persona clave que trae el Grial del Este. Es Titurel, es decir, Ramiro I, quien transformó San Juan de la Peña y lo convirtió en su residencia. ¿Coincidencia? Está claro que Ramiro debió haber tenido una buena razón para transformar San Juan de la Peña; y ¿no es interesante advertir que esa "buena razón" no aparece en la historia oficial de por qué Ramiro decidió invertir tanto en este lugar? Pero con la identificación de Ramiro I con Titurel, las narraciones del Grial podrían realmente arrojar luz sobre un enigma histórico. ¿Fue San Juan de la Peña transformado como lo fue para guardar allí el Grial?

Ramiro II

El hermano de Alfonso I fue Ramiro II, quien en la narración del Grial aparece como Trevrezent, el ermitaño que explica la historia del Grial a Perceval. Ramiro II se casó con Inés de Poitiers. Inés era la sobrina de Felipe de Alsacia y Flandes – el noble a quien Chrétien de Troyes dedicó su libro – y también el hombre que dio a Chrétien el documento que éste convirtió en el primer relato del Grial. El vínculo entre Aragón y el Grial de Chrétien queda así establecido...

El sobrenombre de Ramiro II fue, de hecho, "el Monje", ya que lo fue. Ramiro fue obispo de Barbastro-Roda y obtuvo dispensa papal para abdicar de sus votos monásticos con el fin de proporcionar sucesión al trono cuando su hermano murió sin herederos. En realidad, una vez más, la historia y el relato del Grial se superponen y la una proporciona información sobre el otro: Amfortas, del que se sabe que sufría una enfermedad debilitante que le impidió tener descendencia, había deseado hacer a Perceval su sucesor como Rey del Grial, puesto que sabía que iba a morir sin herederos. Sin embargo, aunque Perceval sería el líder de los defensores del Grial, y llevó a cabo su misión, en un nivel totalmente mundano todo el mundo sabía que Rotrou II de Perche nunca heredaría el reino terrenal de Aragón, y por lo tanto, Alfonso I había dictado un testamento en el que repartía el reino entre las tres órdenes monásticas, que Wolfram identificó como los protectores del Grial.

Sin embargo, como la voluntad de "Anfortius" fue impugnada, su hermano Ramiro II fue inducido a anular sus votos religiosos y a casarse, para dar un heredero legal al reino de Aragón. Así lo hizo.

Coronado rey, Ramiro II casi inmediatamente tuvo que luchar contra Alfonso VII de Castilla, quien fue uno de los que reclamaron la corona aragonesa. Su reinado duró exactamente tres años: se casó con Inés de Poitiers en 1134, tuvo un hijo con ella, Peroniella, o Petronila en latín, y luego concedió su mano a Ramón Berenguer IV de Barcelona, conocido como Kyot de Katelangen en el relato del Grial. Su apodo era de hecho "el pequeño Guillaume" o "Guiot", o Kyot en occitano: Kyot de Katelangen, pequeño Guillermo de Cataluña. Entonces Ramiro II abdicó en su hija y volvió a su vida monástica.

Advirtamos que el Rey Pescador tenía una herida grave en la pierna, que le afligía mucho. Peter L. Hays en El héroe lisiado afirma que la herida, en Parzival, es un lanzazo en los testículos, un castigo divino por la negligencia del rey en su misión sagrada, el Santo Grial.

Mucho se ha escrito acerca de este simbolismo, identificando al Rey Pescador con dioses de la fertilidad y afirmando que sus heridas son símbolos de cómo su tierra se ha convertido en una "Tierra Baldía". Pero entre decenas de capas de interpretación simbólica, parece que nadie pensó en preguntarse si realmente podría haber sido una narración genuina, histórica. De hecho, Alfonso I como rey no tuvo descendencia – no tuvo herederos. Esto provocó gran preocupación en el reino, ya que no había sucesor al trono – y, al final, fue su hermano quien tuvo que romper su voto de castidad para garantizar un heredero al trono. Fueron sin duda tiempos de prueba para Aragón, el "reino del Grial".

Alfonso I era un guerrero, y una herida en batalla que ocasionase infertilidad sin duda habría sido una posibilidad – aunque si hubiera sido de conocimiento público, es otra cuestión. Una de las funciones principales de un rey es la procreación. Rumores o certezas de que el rey es incapaz de tener descendencia, podrían ser peligrosos: el pueblo perdería confianza en él y otros candidatos al trono podrían reunir tropas para invadir Aragón. Esto es exactamente lo que sucedió cuando el rey murió y otro pretendiente al trono consideró que tenía más derechos que el hermano del rey.

Aunque no sabemos la causa exacta de la incapacidad de Alfonso I para procrear, sí sabemos que casó con la reina Urraca en 1107; a menudo se afirma que en el matrimonio no hubo amor; Alfonso I es descrito como un soldado, incapaz de dar amor, incluso se dice que maltrataba a su esposa. Pero el matrimonio tenía un propósito específico: dar un heredero a la corona. La posibilidad de no procrear – y el hecho de que Alfonso no parecía interesado en las mujeres – podría tener que ver con el hecho de que el rey fuera infértil – mutilado hasta el punto de que cualquier actividad sexual podría haber sido dolorosa, en el mejor de los casos, o imposible, en el peor. Y así nos encontramos con que el cuento del Grial y la historia una vez más caminan de la mano, uno capaz de aportar información sobre la otra.

El Grial Español

Según Wolfram, la historia del Grial tuvo sus orígenes en España, que es de donde proceden sus fuentes, inventadas o no. El profesor de historia Joseph Goering, canadiense, ha localizado varias iglesias en Aragón que tienen frescos de la Virgen María sosteniendo un luminoso Grial. Goering destaca que la rareza de esta representación es doble. En primer lugar, la zona en la que la Virgen se representa con un Grial es muy pequeña. En segundo lugar, fue representada con el Grial cincuenta años antes de que Chrétien escribiera su relato – cuando el Grial aún no había sido oficialmente inventado como un "recurso literario".

El primer ejemplo de un fresco que representa a la Virgen con un Grial data de diciembre 1123 y es una pintura en el ábside de la iglesia de San Clemente en Taüll. Aquí, el Grial es un objeto similar a un plato, lleno con un material de color rojo-naranja del que surgen rayos, como si el recipiente estuviera caliente. Goering señaló que la posición de la Virgen sosteniendo este Grial en la mano izquierda, el resto de su brazo oscurecido por su capa azul, y haciendo un gesto con la mano derecha, es igualmente único en la iconografía.

Goering llegó a la conclusión de que "la imagen de la Virgen que sostiene un vaso sagrado se encuentra sólo aquí, en estos pueblos de montaña, y en ninguna otra parte en el arte cristiano antes de esta época", y agregó que "la Virgen al frente del colegio apostólico es un tema artístico poco común, y María sosteniendo una vasija de cualquier tipo no parece estar atestiguada en ninguna otra parte en el arte cristiano anterior a este tiempo".

Estas pinturas fueron hechas en un momento en el que Chrétien aún no había escrito sobre el Grial, y casi un siglo antes de que De Boron vinculara el Grial con la imaginería cristiana. Así que ¿de dónde obtuvo este pintor su inspiración? La respuesta parece tan directa como simple: este tipo de imagen era específica de la región, así que debe haber representado un tema que sólo era popular en esa región.

La pregunta, por supuesto, es por qué la Virgen María es representada al frente del grupo de los apóstoles y como portadora del Grial. Goering no tiene una respuesta clara. ¿Es posible que estas pinturas murales fueran el primer intento, realizado en el centro de la tierra del Grial (es decir, Aragón), para ver si se podría introducir una nueva imagen en la iconografía religiosa, a saber, la de la Virgen con el Grial? ¿Por qué la Virgen María? Porque era una virgen... y, por supuesto, en la tradición del Grial, el portador del Grial tenía que ser virgen. Por lo tanto, la Virgen María se convirtió en la Portadora del Grial.

Así, en al menos ocho iglesias pirenaicas, todas ubicadas dentro de un área pequeña, que abarca desde la antigua frontera entre Aragón y Cataluña al oeste, hasta el principado de Andorra, al este, todas datadas en la misma época (ca. 1100-1170), se introdujo un tipo único de icono religioso. Al final, no llegó a extenderse, y fue abandonado antes de que Chrétien comenzase su libro sobre el Grial.

En su análisis de estas pinturas, Goering va más allá, señalando que estas iglesias fueron decoradas en un periodo en el que el obispo fue un Raymund de origen francés, pero invitado en 1101 a la corte del rey Pedro I de Aragón y elegido como obispo de Roda – al parecer, para sorpresa de todos. El hijo de Pedro, Alfonso I, mantuvo estrecha relación con el obispo Raimundo, desde 1114 hasta la muerte del prelado por heridas recibidas cuando acompañaba a Alfonso en una atrevida incursión por Andalucía en 1126. El análisis histórico de Goering reveló que Raymund y Rotrou II de Perche - Perceval - no sólo lucharon juntos, sino que también aparecen citados juntos con frecuencia en cartas reales, "con tanta frecuencia que uno podría suponer que una verdadera amistad se había desarrollado entre los dos" y Goering añade que "Rotrou pudo incluso haber estado con Raymond en su lecho de muerte".

La identificación de una familia específica - los reyes de Aragón - y de lugares específicos en el norte de España - San Juan de la Peña - demuestran que el territorio del Grial era el reino de Aragón, al sur de los Pirineos.

sábado, 23 de agosto de 2014

EL SANTO CÁLIZ EN LINARES (JAÉN)




Fotografías tomadas en el interior de la iglesia
de Santa María la Mayor de Linares (Jaén),
durante el Solemne Triduo
celebrado en junio de 2014.


Fuente: Fotografías Salva Porcel