jueves, 28 de agosto de 2014

El Santo Grial. Salvador Antuñano Alea






EL SANTO GRIAL: SIGNOS DE CREDIBILIDAD

Salvador Antuñano Alea
(Profesor titular de Humanidades
en la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid)

2008
(Resumen del anterior estudio publicado en 1999)



Se cumplen 1750 años desde que llegó a España una copa traída de Roma (con ese motivo, se ha celebrado en Valencia el I Congreso Internacional del Santo Cáliz y se ha publicado el libro San Lorenzo y el Santo Grial). ¿Qué tiene de especial este objeto para que tanto siglos después se siga hablando de él? ¿Es acaso la copa que utilizó Jesús en la última cena? ¿Qué sentido tiene para los cristianos la devoción a esta reliquia?

1.- EL SENTIDO CRISTIANO DEL SANTO CÁLIZ DE LA CENA

"La copa de bendición que bendecimos,
¿no es acaso la comunión con la Sangre de Cristo?"
(1 Cor 10, 16)

Desde los remotos tiempos medievales, la búsqueda del Santo Grial ha embriagado la fantasía y ha enardecido el corazón de generaciones enteras. La Santa Copa que contuvo la Sangre Preciosa de Cristo ha articulado leyendas, ha generado poemas, romances y novelas, ha cautivado a músicos, pintores, guionistas, directores de cine, ha traspasado las fronteras de la historia y la realidad y ha descubierto continentes fabulosos de mito, gloria y magia. En ocasiones incluso se ha mezclado con elementos de corrientes esotéricas y ha desatado las más disparatadas -y aberrantes- conjeturas. En él encontraron inspiración y aliento los nobles y esforzados caballeros de beneméritas órdenes militares. Se ha buscado el Grial en los bosques ingleses, en las penumbras de Escocia, en la verde Irlanda, en los Pirineos españoles y franceses, en Montserrat y Montsegur, y, en su afán de hallarlo antes que los nazis -existen testimonios de que Hitler anhelaba poseerlo- el heroico Indiana Jones arrostró mil peligros hasta internarse en los secretos de la admirable y antigua ciudad de Petra. Los ecos de la demanda del Grial reverberan en Don Quijote, en la fuerza teutona del Parsifal de Wagner y en la dramática trama del Señor de los Anillos.

Pero, de verdad, ¿se pudo haber conservado y existe, por tanto, la posibilidad real de encontrar en algún lugar del planeta la Copa usada por Cristo en su Última Cena? ¿Quién la pudo haber guardado, dónde está, tiene realmente poderes sobrenaturales? ¿Qué sentido y utilidad puede tener?

Existe en España, conservado en la Catedral de Valencia, un vaso helenístico de ágata, tallado en el Oriente Próximo en torno al siglo I de nuestra era, rodeado de una tradición milenaria, apoyada por indicios históricos, que lo venera como el Santo Cáliz de la Cena. Las breves páginas que siguen intentarán exponer el sentido que esta reliquia tiene para el Cristianismo. Para ello será necesario reflexionar sobre el papel que en la vida de la Iglesia se da a las reliquias y sobre el fundamento de tradición e historia que avalan la que en Valencia se venera; así podremos descubrir el hondo significado místico del Santo Cáliz.

Antes de seguir adelante conviene hacer una advertencia al lector benévolo. Hemos ya apuntado que en más de alguna ocasión se ha querido mistificar el Grial con creencias esotéricas y paganas -así, se lo relaciona frecuentemente con los calderos mágicos de la antigua religión druídica, con pretendidos ritos primitivos de los pueblos celtas y germánicos, con iniciaciones de sociedades secretas y hasta con los jeroglíficos de las tumbas faraónicas-. Al hacerlo, explícita o implícitamente, se niega o al menos se diluye el valor que el Grial puede tener como vaso de la Sangre de Cristo, al tiempo que se aceptan irracionalmente absurdísimas supersticiones de estilo gnóstico y sincretista. Por nuestra parte, el estudio de la Edad Media, de su historia, su literatura, usos y costumbres, nos ha llevado al convencimiento de que las leyendas griálicas no sólo tienen una neta, clara y exclusiva vinculación con el Cáliz de Cristo, sino que son ricas y hondas expresiones de la ascética y mística cristianas orientadas especialmente al culto de la Eucaristía. Por esto, rechazamos las interpretaciones paganizantes o esotéricas como espurias y anacrónicas -cuando no claramente tergiversadoras-. Por esto también nos olvidaremos de ellas en este escrito.

2.- TRADICIÓN E HISTORIA DEL SANTO CÁLIZ DE LA CENA

El documento histórico escrito más antiguo que nos habla con toda claridad del Santo Cáliz es la escritura de donación del Cáliz, hecha por los monjes de San Juan de la Peña al Rey de Aragón Don Martín I el Humano; pergamino 136 de la colección de este Rey en el Archivo de la Corona de Aragón, fechado el 26 de septiembre del año de la Natividad del Señor 1399. Este texto nos describe fielmente el cáliz de piedra que se conserva hoy en Valencia. A partir de ese momento su trayectoria está completamente documentada, como podrá verse por la reseña que más abajo haremos. Antes de esa fecha, no conservamos ningún documento que nos hable de él. Lo único que tenemos es, por una parte, la propia realidad material del Cáliz y, por otra, una antigua tradición apoyada por vestigios e indicios razonables.

Sobre la realidad material del Cáliz, la Arqueología nos dice bien claro que el vaso existía con bastante anterioridad al siglo XIV, cuando aparece referido en el citado pergamino.

La Arqueología nos dice que el conjunto del objeto está formado por tres partes: dos vasos de piedra y una montura de oro labrado y ornado con perlas y piedras finas. La labor de orfebrería -y por tanto del montaje- puede fecharse, de acuerdo con su estilo artístico, entre el siglo XIII y el inicio del XIV.

El vaso que sirve de pie al Cáliz es de piedra calcedonia, de forma elipsoidal, lleva una inscripción cúfica y su talla, que es menos refinada que la de la copa, puede datarse en la Medina Azzahra de Almanzor, en el siglo X o, si procediera de otro taller, entre ese siglo y el XII ; tallado seguramente para un fin distinto, sin embargo este vaso llegó, sin que se sepa muy bien de qué modo, a formar el pie del conjunto.
Entre las interpretaciones que se han dado, Oñate, en un sentido distinto de Beltrán, apunta que se trata de un vaso de talla egipcia, que Don Jaime II de Aragón solicitó y obtuvo del Sultán de El Cairo en 1322 y del que corría fama que era el Cáliz de Cristo. Mas como éste estaba ya para entonces en San Juan de la Peña, el preciado vaso egipcio serviría de pie al conjunto.

La Copa propiamente dicha, sin embargo, es mucho más antigua. Don Antonio Beltrán, Catedrático de Arqueología de la Universidad de Zaragoza, que la estudió por encargo del Arzobispo Olaechea y la describe con precisión científica, tras la comparación con objetos similares y el análisis crítico de los documentos a su alcance, encuentra que la factura y el estilo del Cáliz apuntan a un taller oriental -Egipto o Palestina- y a los últimos momentos del arte helenístico -siglos II a.C.-I d.C.-
«Está labrada la parte superior del Cáliz en calcedonia, que es, mineralógicamente, un conglomerado de cristales submicroscópicos de cuarzo, en una variedad llamada cornalina, de color rojo cereza, también conocida con los nombres de cornarina o cornerina oriental. Cierto que observando cuidadosamente la piedra en que la copa está labrada podríamos aceptar que fuese sardónica o sardónice, que tiene color rojo sanguíneo o pardo; e incluso presenta en uno de sus lados un amplio veteado grisáceo muy parecido al del ágata. [...]
En realidad, la copa es, en su interior, aproximadamente semiesférica; exteriormente está rematada por una pequeña base o pie anular, que le servía para mantenerse derecha sobre la mesa a cuyo servicio pertenecía. Actualmente está cubierta la base por la guarnición de oro que forma la parte superior del nudo, pero es fácilmente visible en los espacios que la irregular forma del recipiente áureo deja. Ésta es una afortunada circunstancia que debemos, seguramente, a la restauración de la rotura sufrida en el siglo XVIII; al pegar el pie de la copa al recipiente superior del nudo no coincidieron absolutamente los centros de ambos elementos y ello ha permitido hacer la precedente observación, que es muy importante. El pie de la base sería vaciado, quedando como apoyo una corona circular, aunque este extremo no hemos podido comprobarlo; pero figura en las demás copas, tazas o cuencos con pie de la época.
Mide la copa 9,5 cm de diámetro medio en la boca, 5,5 cm de profundidad por el interior y 7 cm de altura desde la base al borde. Tiene el pie 1 cm de altura, y la copa, de grueso, 3 mm aproximadamente, puesto que es de espesor levemente irregular. [...]
Toda la copa es lisa, al interior y al exterior, sin ningún adorno, excepción hecha de una simple línea incisa, de corte redondeado, muy regular, que corre paralela al borde y a escasa distancia de él. Se labró originalmente en un nódulo de una sola pieza y mediante un esmeradísimo trabajo, sin que tuviese ningún defecto o irregularidad; ahora se nos presenta con una rotura ostensible, aproximadamente por la mitad, quedando dividida en dos partes; junto al borde estas dos mitades muestran sendas roturas producidas en la misma ocasión, faltando hoy una minúscula porción periférica, entre la línea de adorno y el perfil exterior, seguramente el lugar donde la copa recibió el golpe».

Se corresponde con el tipo de vasos usados para solemnidades o pertenecientes a casas ricas. Cuando entra en la historia lo hace rodeado de una veneración tal que lo había enriquecido con orfebrería y un pie de piedra. Por todo esto, concluye que:

«La Arqueología no solamente no prueba lo contrario ni censura la substacia de la tradición sobre el Santo Cáliz, sino que apoya y confirma terminantemente la autenticidad histórica, puesto que puede hacer, rotundamente, las siguientes afirmaciones:
1) El Cáliz de la Catedral de Valencia pudo estar en la mesa de la Santa Cena. Pudo ser el que Jesucristo utilizó para beber, para consagrar o para ambas cosas.
2) Siendo de fecha anterior a la celebración de la Cena y de taller oriental, el Santo Cáliz, que salió de San Juan de la Peña en 1399, tuvo que llegar a dicho monasterio antes de la fecha citada, siendo indiferente para la cuestión de su autenticidad, como Cáliz de la Cena, la forma y el momento en que allí llegase.
3) El pie es un vaso egipcio o califal del siglo X u XI y fue añadido, con rica orfebrería, a la copa, hacia el siglo XIV, porque se creía entonces, firmemente, que era una pieza excepcional. Y no siéndolo por su materia, factura o adorno, es de suponer que su importancia residía en el contacto que tuvo con las manos y los labios del Señor.
4) Si alguien encuentra argumentos en contra de alguna de las afirmaciones o hipótesis de este trabajo, siempre quedaría en pie la firme posibilidad arqueológica de que el Santo Cáliz de la Catedral de Valencia fuese el de la Cena del Señor».

Esto es lo que el Cáliz puede decir de sí mismo por boca de la Arqueología. Está también el testimonio de una antigua tradición que, además de corroborar el fundamento arqueológico, se apoya en vestigios e indicios suficientemente racionales y verosímiles. De acuerdo con ella, el Cáliz pasaría de Jerusalén a Roma con San Pedro, y con él celebrarían los misterios los primeros Papas. En torno al año 258 llegaría a España, a la zona de Huesca, enviado por San Lorenzo tras el martirio del Papa Sixto y antes del suyo propio, con la intención de preservarlo así del expolio de la persecución contra la Iglesia decretada por Valeriano. Allí estaría hasta la invasión musulmana, cuando los fieles lo salvarían ocultándolo en diversos puntos de la montaña. A medida que la Reconquista avanza, se consolida también una discreta veneración en diversas iglesias. Es muy posible que a mediados del siglo XI estuviera en Jaca, conservado por los obispos y que, al instaurarse el rito romano en el Reino de Aragón -año 1071-, pasara al Monasterio de San Juan de la Peña, no sin la oposición de los obispos de Jaca y el consentimiento de la Corona. En el silencio del Monasterio se conservaría el Cáliz durante más de tres siglos...

Todo lo que decimos en el párrafo anterior es tradición y no historia. Sí, pero cuenta con indicios suficientemente verosímiles: de la lectura del Nuevo Testamento resulta posible que Cristo celebrara la Última Cena en la casa de san Marcos y san Marcos era una especie de secretario de san Pablo y de san Pedro, con quien parece que va a Roma. No sería extraño que el Evangelista hubiera conservado el vaso -un vaso de su vajilla- en el que el Maestro consagrara la Eucaristía; tampoco sería extraño que se lo entregara a Pedro y éste a Lino, Lino a Cleto, Cleto a Clemente,... El canon romano de la misa se elabora sobre el rito usado por los Papas de los primeros siglos. En una de sus partes más antiguas, la fórmula de la consagración, este canon presenta una ligera variante con otras liturgias. Así, mientras la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo -el rito griego de la misa- en la consagración del vino dice simplemente: "del mismo modo [tomó] el cáliz con la bebida diciendo...", el canon romano -el de los primeros papas- establece: "del mismo modo, acabada la cena, tomó este cáliz glorioso en sus santas y venerables manos, dando gracias lo bendijo, y lo dio a sus discípulos diciendo....", de tal forma que parece insistir en un cáliz particular y concreto: el mismo que usara el Señor en su Cena. Por otra parte, nos consta por la Historia que el Papa San Sixto, antes de su martirio, confía los bienes de la Iglesia a su protodiácono Lorenzo, y que éste los "pone a salvo" transformándolos en caridad. Es verosímil que San Lorenzo hubiera dispuesto salvar el Cáliz de Cristo haciéndolo salir de Roma a un lugar seguro -las montañas de su tierra hispánica-.

El silencio de largos siglos en la Edad Media sobre la situación exacta del Santo Cáliz no debe tampoco extrañar si se tiene en cuenta el riesgo de perderlo, por una parte, a manos del invasor musulmán y, por otra, a manos de comunidades cristianas más fuertes y consolidadas. Por lo demás, ese silencio no es absoluto, pues las localidades por donde parece que el Cáliz pasa coinciden con referencias a la Última Cena, a San Pedro y a San Lorenzo y San Sixto -y con un sonoro murmullo de leyendas griálicas que apuntan directamente a España, a monjes guardianes, a parajes montañosos, riscos y acantilados, a sigilios, a liturgias sagradas,...-. Las, para el momento, desproporcionadas dimensiones y esplendor de la catedral de Jaca no se justifican completamente en una sede episcopal que está a punto de dejar de serlo por la inminente reconquista de Huesca, y ello hace pensar en que la intención de levantar tan magnífico templo era la de hacerlo relicario del Cáliz. El enconado contencioso entre los monjes de San Juan de la Peña y los obispos de Jaca, en el que tercian el Rey y el Papa, está registrado por la historia, aunque en ninguno de los testimonios se hace referencia al sagrado Vaso y sí a cuestiones de jurisdicción y dependencia. Esta omisión, sin embargo, parece, como otras veces, fruto de una discreción extremada por ambas partes, ya que lo que está en juego, entre otros derechos, es una preciada reliquia que podría ser reclamada por la misma Roma, su propietaria original.

El Santo Cáliz aparece en la historia documentada, como dijimos más arriba, cuando el Rey de Aragón Don Martín el Humano lo recibe y conserva en el palacio de la Aljafería en 1399. Tiempo después lo lleva consigo al trasladar la corte a Barcelona. El Cáliz llega a Valencia con Alfonso V el Magnánimo, quien lo instala en la capilla de su palacio. Urgido de dinero para las campañas de Italia, lo empeña, junto con otras reliquias, a la Ciudad y a la Catedral, cuyo Cabildo se erige así en custodio del Santo Cáliz . El Rey no logra rescatarlo, aunque él y sus sucesores, al menos hasta Carlos I, conserven todavía la titularidad. Haciendo uso de ella, Fernando el Católico vuelve a empeñarlo en julio de 1506, junto con otras joyas y prendas, por cuarenta mil ducados de oro. Lo hará también Carlos I en 1524. Tras esta fecha, y por la insolvencia de los monarcas, se lo consideró pleno iure pertenencia del Cabildo Catedral, que lo conservó, según parece, en la capilla de las reliquias y pronto lo propusieron al culto público.

Tal culto estaba ya suficientemente consolidado cuando, medio siglo más tarde, el 26 de enero de 1585, el Rey Don Felipe II visitaba Valencia y asistía a la procesión del Cáliz que, siguiendo el ritual del Corpus Christi, había ordenado el Patriarca-Arzobispo San Juan de Ribera. Este Prelado dispuso también que se estudiara la autenticidad de las innumerables reliquias conservadas en la Catedral y mandó quemar muchas que los expertos consideraron falsas o dudosas. Conservó sin embargo el Santo Cáliz y en la Biblia de su uso personal, al margen del capítulo 26 del Evangelio donde San Mateo nos refiere la Cena del Señor, el Patriarca-Arzobispo apunta: "hic calix usque hodie in hac nostra valentina ecclesia asservatur" -este cáliz hasta hoy en esta nuestra iglesia valenciana se conserva-; a continuación describe la factura del vaso y documenta su antigüedad con una cita de Plinio sobre los vasos murrinos. Bajo el pontificado de San Juan de Ribera se intensificó la devoción al Santo Cáliz, gracias, entre otros, al Canónigo Don Honorato Figuerola, quien legó una renta para su culto.

El Santo Cáliz se utilizaba en las celebraciones del Jueves Santo para reservar la Eucaristía después de la Misa. Hasta que el 3 de abril de 1744, Viernes Santo, se le cayó de las manos al Arcediano Don Vicente Frígola y la copa de ágata se rompió en dos. Esa misma tarde Luis Vicent, joyero y orfebre, y sus dos hijos Luis y Juan, repararon el vaso lo mejor que pudieron, pero se habían perdido unas astillas. De todo esto levantó acta el Cabildo, que además decidió no volver a utilizar el Santo Cáliz para evitar mayores daños.

En la Guerra de Independencia, el Cáliz tuvo que ser trasladado a Alicante, para evitar su ruina o robo en 1809. Y aunque volvió a Valencia al año siguiente, tuvo que volver a salir, por la misma causa, esta vez a Ibiza y a Palma de Mallorca, hasta septiembre de 1813. A su retorno se restablece el culto y en 1915 el Cabildo decide transformar la antigua sala capitular de la Catedral en Capilla del Santo Cáliz, donde éste quedó instalado en la Solemnidad de la Epifanía de 1916. Veinte años después tuvo que escapar de nuevo, gracias al Archivero de la Catedral Don Elías Olmos Canalda, al Sacristán Mayor Don Vicente Berenguer y a Doña Sabina Suey, quien tuvo el valor de sacarlo, envuelto en periódicos, de esa capilla el 21 de julio de 1936. Tres horas más tarde, la Catedral estaba en llamas. Cuando se extinguió el fuego de la Guerra, se entregó solemnemente el Cáliz al Cabildo el 9 de abril de 1939, Jueves Santo y se instaló en su capilla reconstruida el 23 de mayo de 1943.

A partir de entonces se intensifica el culto y la devoción al Santo Cáliz, gracias sobre todo a la acción del Arzobispo Don Marcelino Olaechea y de los Canónigos Celadores del Santo Cáliz, Don Benjamín Civera, Don Vicente Moreno, Don Miguel Canet y Don Jaime Sancho. El Arzobispo Olaechea renueva la Real Hermandad del Santo Cáliz, Cuerpo Colegiado de la Nobleza Titulada Valenciana, cuyos estatutos se habían aprobado en 1918, y promueve la creación de la Cofradía del Santo Cáliz, que erige canónicamente el 25 de noviembre de 1955. Ambas instituciones tendrán como misión velar por la conservación de la reliquia y la difusión de su culto. Don Marcelino decretó también un Año Jubilar por el XVII centenario de la llegada del Santo Cáliz a España y con esta ocasión promovió una serie de celebraciones que culminaron con el viaje de la Reliquia a los lugares y comarcas donde estuvo desde el siglo III. Fue Don Marcelino también quien, llevado de su obligación pastoral, encargó un estudio arqueológico del Santo Cáliz al Catedrático Don Antonio Beltrán, estudio magnífico, objetivo y serio que, como ha quedado dicho, permite datar la copa de ágata en el tiempo y ambiente de Jesucristo.

Los siguientes Arzobispos se han esforzado también por extender el culto y la devoción al Santo Cáliz, como icono de la Eucaristía. Así, Don José María García Lahiguera lo propuso como materia de reflexión en el VIII Congreso Eucarístico Nacional y en su episcopado la Diputación Provincial de Valencia restauró la Capilla del Santo Cáliz. Así también Don Miguel Roca Cavanellas continuó la promoción de peregrinaciones. Y el Arzobispo actual, Don Agustín García-Gasco, ha logrado difundir la veneración más allá de los límites de la Comunidad Valenciana. Bajo su pontificado la Real Hermandad completó en 1992 el retablo gótico de la Capilla con dieciséis imágenes de piedra alabastrina.

Uno de los momentos más importantes de la Historia del Santo Cáliz fue, sin duda, la visita del Santo Padre Juan Pablo II a Valencia el 8 de noviembre de 1982. Tras venerar la Reliquia en su Capilla, el Papa celebró la Misa con ella en el paseo de la Alameda. La historia del Santo Cáliz seguirá, como sigue la historia de la propia Iglesia, pero el gesto de Juan Pablo II al consagrar en él la Sangre del Señor puede considerarse como el hito que introduce la reliquia en el tercer milenio.

3.- LA VERDADERA MÍSTICA DEL SANTO CÁLIZ DE LA CENA

Con lenguaje de leyenda y heroísmo, en un momento cultural en el que toda la realidad era simbólica, teológica y cristiana, los relatos de la búsqueda del Santo Grial son, sin ningún lugar a dudas, mucho más que simples aventuras de caballeros andantes, fantásticos dragones, mágicos merlines y castillos inexpugnablemente encastillados para el mero divertimento del pueblo llano o de las cortes regias y principales. Son la cumplida expresión de una actitud vital, de una filosofía cristiana de la vida, de una mística de la existencia humana centrada e iluminada por la Eucaristía.

Por eso el Grial -el Cáliz de la Sangre de Cristo- es el preciado objeto de la Demanda. Frecuentemente aparecen elementos y personajes de la Pasión, como la Cruz, los clavos, la lanza de Longinos, José de Arimatea; y tales elementos parecen acentuar la unidad que hay entre la Eucaristía y el Sacrificio del Calvario. El alimento que mana del Grial confiere una vida perdurable, pero para acercarse al Sagrado Vaso es necesaria, imprescindible, la pureza y la gracia. De la aludida lanza de Longinos mana permanentemente sangre -y esto nos indica la perennidad de la Redención-. Las hazañas, y sobre todo la vida misma de los grandes héroes del Cáliz, se presentan en las leyendas como ejemplos simbólicos de lo que es la vivencia esforzada de la propia fe. Así, por ejemplo, Boores representa el triunfo de la ascética, Perceval el de la inocencia y Galaad el de la gracia divina .

Varias narraciones sitúan los místicos prodigios de la búsqueda en el escarpado, inaccesible y santo Montsalvat o Montsalvatge (cuya etimología podría ser «Mons Salvatoris -monte del Salvador», «Mons salutis -monte de salvación» y aún «Mons silvatus -monte salvaje, selvático»), en cuya cumbre se asienta la ciudad o el Castillo del Grial. Allí, en la fortaleza, los Caballeros de la Orden del Grial -monjes-guerreros que han profesado los votos religiosos y cuya ley suprema es la de la castidad- conservan y custodian la sagrada piedra. A los Caballeros los guían los Reyes del Grial, desde Titurel, el fundador de la dinastía, hasta Perceval, el héroe de los relatos, pasando por Frimutel y Anfortas, el Rey Pescador. No sólo lo abrupto del monte impide llegar a él: más allá del esfuerzo físico es necesario encontrarse digno de llegar al sagrado lugar, y por eso sólo los inocentes, los puros, los que se esfuerzan por ser buenos, consiguen penetrar sus muros y conocer los misterios del Grial. También aquí hay claros signos de fundamentos cristianos: el monte como lugar sagrado, de encuentro con la divinidad, es algo que ya aparece en el Éxodo cuando Moisés descubre la zarza ardiente, y aún antes, en el sacrificio de Isaac, y después, frecuentemente en la Escritura, se alude al «Monte de Dios» . Y la mística hará de la ascensión al monte una imagen adecuada a la vida religiosa y ascética. La figura del castillo-fortaleza como lugar donde se custodia el Grial parece también un símbolo de los monasterios, donde se intentaba custodiar, defender y venerar la santidad. Este simbolismo queda acentuado cuando se habla en las leyendas de las órdenes de caballeros, que son claramente una derivación -con votos religiosos incluidos- de la vida monacal.

Concluyamos. En resumidas cuentas, la leyenda del Grial cifra en sí misma uno de los ejes que vertebran la estructura social, cultural y espiritual de la Edad Media: la búsqueda de la santidad. Nos habla, con los símbolos propios de su fantasía, del heroísmo de hombres que luchan, caen, se levantan, combaten y vencen el mal con el bien; de hombres dispuestos a alcanzar el ideal de virtud que se les ha propuesto; de esforzados guerreros que dan su vida por encontrar, conservar y defender ese signo sagrado que les otorga la vida eterna.

miércoles, 27 de agosto de 2014

El Santo Cáliz. Manuel Sánchez Navarrete



San Sixto y San Lorenzo
Fra Angelico - Vaticano


EL SANTO CÁLIZ


Manuel Sánchez Navarrete
(historiador)

Valencia 1980.
(Germen del posterior estudio publicado en 1994).



Los Evangelistas San Mateo (26, 26-28), San Marcos (14, 22-24) y San Lucas (22-19-20) y San Pablo en su carta I a los Corintios (XI, 23-25), refieren de modo semejante, y casi con las mismas palabras, que el Señor, estando reunido con sus discípulos para celebrar la Pascua, en la noche en que fue entregado, «mientras comían, tomó pan, lo bendijo, lo partió y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo». Y que luego, «tomando un cáliz, pronunció la acción de gracias y se lo pasó diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt, 26- 26-28).


Nota escrita por Juan de Ribera testificando que el Santo Cáliz
"hasta hoy se conserva en nuestra iglesia valentina"

Así quedó instituido el sublime misterio de la Eucaristía y, desde ese mismo instante, aquel Vaso vino a convertirse en la más preciada reliquia de la Cristiandad; en la divina Copa que, en peregrinaje de amor, nos describirá la tradición yendo del Cenáculo a Roma, de Roma a Huesca y de Huesca a San Juan de la Peña; en el fabuloso y misterioso Grial, alrededor del cual se forjarán las más bellas leyendas y las más fantásticas gestas de héroes y adalides que inundarán la cristiandad con la grandeza de sus virtudes y el ejemplo de su valor caballeresco, y en el Santo Cáliz que, bajo el sello y evidencia de la historia, anhelarán poseer los reyes y, que, porque así estuviera escrito en la voluntad del Señor, será entregado a la devoción y religiosidad de Valencia, para, desde el ostentorio de su Capilla en la Basílica Matropolitana, ofrecerse al mundo entero como testigo permanente del más augusto y sublime de los misterios: el de la institución de la Eucaristía en la memorable tarde de aquel primer Jueves Santo.

LA CAPILLA

El destino principal de esta Capilla, en su origen Aula Capitular de la Catedral valentina, construida por Vidal de Blanes, Obispo de Valencia de 1356 a 1369, fue el que sirviera de Cátedra de Teología y enterramiento de prelados y canónigos. Confiada la regencia de la Cátedra a los religiosos de Santo Domingo, se encuentra entre los que la ocuparon a San Vicente Ferrer. También se celebraron en ella Cortes Reales.
Posteriormente, cesada su utilización para unas y otras funciones, abriose al culto, que estuvo primero dedicado al Cristo de la Buena Muerte, hasta 1916 en que vino a centrarse en el del Santo Cáliz.
En su estado actual la vemos formada por cuatro muros de piedra de 16 metros de altura que, asentados sobre una planta cuadrada de 13 metros por lado, sirven de apoyo a doce ménsulas decoradas de las que, a su vez, arranca una complicada bóveda formada por otros tantos arcos ojivales que van a reunirse, bajo una gran clave central, para sustentar la bóveda correspondiente a la techumbre que cubre la capilla.
En el lienzo de pared frente a la entrada, y sirviendo de retablo al templete expositor que guarda el Santo Cáliz, se alza un notabilísimo frontispicio gótico de piedra alabastrina, procedente de la fachada posterior del antiguo Coro de la Catedral, con bellísimos calados doseletes y pináculos, hornacinas con doce relieves italianos de Poggibonsi, de factura maravillosa, representando escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, y un vano central de arcos esculturados que hoy sirven de marco a la preciosa reliquia del Santo Cáliz.
Sobre los muros de piedra se apoyan dos grandes bancos corridos, también de la misma materia; en el paramento de la derecha aparece un bello púlpito gótico igualmente labrado en piedra, al que se accede por una puertecilla de arco apuntado; otra puerta, enfrente, decorada con un relieve representando la Anunciación de la Virgen, da paso a otras dependencias.
Durante el transcurso de los tiempos han venido a incorporarse, como contribución a la ornamentación del sobrio recinto, curiosos recuerdos históricos, como lo son en gran manera la cadena que cerraba el puerto de Marsella, partida en dos trozos desiguales de 50 y 70 eslabones, y el instrumento que ayudó a romperla, cuando Alfonso V el Magnánimo, con la armada de Aragón, logró apoderarse de la ciudad y traerse con estas preseas el cuerpo de San Luis, Obispo de Tolosa, todo lo cual vino a dejar a la Catedral de Valencia. Igualmente aparecen fijados en los muros, entrando a la izquierda, un cartón de Vicente López, “El Triunfo de la Eucaristía y Expulsión de los moriscos”; a la derecha junto al púlpito, un gran fresco, imitación de tapiz y hoy trasladado a lienzo, “La Adoración de los Magos”, de Nicolas Florentino (1496), y frente al retablo, lo que parece ser parte central de un gran retablo, del siglo XV, dedicado a San Cristóbal.
En el vano donde se halla situado el trono desde el cual se ofrece a la veneración el Santo Cáliz de la Cena, vemos tres arcos escalonados, bajo los cuales, y adosado al fondo del muro, aparece un templete gótico de piedra alabastrina, en imitación bien lograda al estilo del retablo, en cuyo interior, recubierto cual un Sagrario, de lámina de metal dorado, se halla la preciada joya: el Santo Grial de las leyendas medievales; el Santo Cáliz de la Cena, del mundo cristiano.
En los últimos años ha sido objeto esta Capilla de dos importantes restauraciones: Fue solemnizada la realización de la primera, que abarcó distintas obras de repristinación de la Catedral, el día 23 de mayo de 1943, con un solemne Pontifical, oficiciado por el entonces Arzobispo de Valencia, don Prudencio Melo y Alcalde, y en el que predicó el Obispo Administrador Apostólico de Vitoria, Doctor don Javier Lauzurica. Después del canto del Te Deum, tuvo lugar la procesión con la Sagrada Reliquia, que fue trasladada a la plaza de la Virgen, donde se la depositó sobre un altar de flor natural y el Alcalde de la ciudad, son Joaquín Manglano, entonces Barón de Cárcer, hizo ofrenda. Como resultado de estas obras se despejó el Aula Capitular de sepulcros, urnas cinerarias y frescos que le restaban la pureza de su traza original, trasladándose el pasillo que da acceso desde la nave central catedralicia y a otras dependencias; se llevaron a su primitivo emplazamiento los relieves del trascoro; se descubrieron los tres arcos que, escalonados a distintas alturas, cubrían el espacio rectangular que debió ser en tiempos el sitio del altar, y en cuyo centro vino a disponerse el ostentorio para la Sagrada Reliquia; colocose frente a él la mesa del altar, formada por maciza losa de piedra, de treinta centímetros de grosor, labrada al efecto, apoyada sobre los cinco pilares góticos que aparecieron en el Altar Mayor al desmontar, durante una de las reformas, la obra del siglo XVIII y, en fin, procurose devolver en lo posible al conjunto de la Capilla su primitiva ordenación.
La última restauración, cuyo final fue solemnizado el 26 de enero de 1979, con una celebración eucarística en la misma Capilla, presidida por el señor Arzobispo, doctor don Miguel Roca, y realizada por iniciativa y a expensas de la Diputación Provincial de Valencia, la que haciéndose eco de la sospecha que inquietaba al Cabildo catedralicio de la posibilidad de la existencia de una belleza oculta bajo la suciedad que el humo y el tiempo habían ido acumulando sobre bóvedas y muros, pero de la que no se tenía noticia alguna, vino a hacer suya tal inquietud y a tomar conciencia del extraordinario interés que supondría el desvelar y devolver a Valencia el esplendor de su rica tradición cultural. Un excepcional equipo de artesanos y artistas y una competente dirección técnica, volcándose en el empeño, obtuvieron la recompensa de los más halagüeños resultados, y es así como hoy la excelsa reliquia del Santo Cáliz de la Cena del Señor, puede ofrecerse a la pública veneración de los fieles, en el marco espléndido, mezcla de sobriedad y riqueza, que le corresponde.

ESTRUCTURA DEL SAGRADO VASO

El Santo Cáliz de la Cena, obra notable tanto desde el punto de vista religioso como arqueológico, está formado por tres partes distintas entre sí y correspondientes a otras tantas épocas.


La copa superior, de piedra ágata cornalina oriental, semiesférica; de 9'5 cm. de diámetro medio en la boca, 5'5 cm. de profundidad por el interior y 7 cm. de altura desde la base al borde; toda ella lisa, al interior y al exterior, sin ningún adorno, excepción hecha de una simple línea incisa, de corte redondeado, muy regular, que corre paralela al borde y a escasa distancia de él. En la actualidad se observa una pequeña rotura, aproximadamente hacia la mitad, que la divide en dos partes, apareciendo junto al borde de cada una de ellas, sendas roturas producidas en la misma ocasión y notándose la falta de una minúscula porción periférica entre la línea de adorno y el perfil exterior, que seguramente corresponde al lugar en que la copa recibiera el golpe. Ello ocurrió el 3 de abril de 1744, día de Viernes Santo, en ocasión que se acostumbraba a utilizar el Santo Cáliz en los Oficios de Jueves y Viernes Santo para colocar en su interior la Sagrada Forma que se reserva en el Monumento. El Arcediano Mayor y canónigo de la Catedral don Vicente Frígola Brizuela que, con asistencia del Arzobispo Mayoral, actuaba de Preste en los oficios, al ir a sacar la Sagrada Forma del Santo Cáliz, desprendióse la copa, resbalando ésta y cayendo, quebrándose en la forma descrita. Recogidos inmediatamente y con todo cuidado los fragmentos, fueron colocados en el cofrecillo del Monumento y depositados luego en la Capilla de las Reliquias. Avisado el maestro platero Luis Vicent, acudió éste en la tarde de aquel mismo día con sus hijos, Luis y Juan, procediéndose a la recomposición de la Sagrada Copa, en presencia de varios Canónigos y del notario Juan Claver, levantándose la correspondiente acta de todo ello.

El pie, que está formado por un vaso ovalado e invertido, del mismo color y parecido material que la copa, aunque muy distinto e inferior a ésta, tanto en la calidad del trabajo como en el de la piedra. Los ejes de la base miden 14'5 cm. el eje mayor y 9'7 cm. el eje central menor, y un pie casi rectangular con los lados cortos redondeados, rehundidos en el interior, con 4 y 3 cm. de eje mayor y menor respectivamente, y una altura de 5 mm. Todo él lleva una guarnición de oro puro, sobre el cual van montadas 27 perlas, dos rubíes y dos esmeraldas de gran valor. En una de las vertientes mayores del pie, y en su lado izquierdo, aparece esgrafiada una inscripción árabe en caracteres cúficos, estudiada y traducida por el profesor Antonio Beltrán, que percibió por primera vez dicha inscripción.

Y, finalmente, la vara con su nudo, de 7 cm. el total de largo, que sirve como elemento de unión entre la copa y el pie, con añadidura de las asas y de una guarnición de oro purísimo, finamente burilado, que soporta el engaste en el pie de perlas y piedras.

Un meticuloso estudio, realizado hacia el año 1960 sobre esta histórica y excepcional reliquia por el mencionado profesor Beltrán, Catedrático de Arqueología de la Universidad de Zaragoza, y posteriormente publicado («El Santo Cáliz de la Catedral de Valencia», Valencia, 1960), llega, en resumen, a las siguientes conclusiones:

Con respecto a su estructura:
- Que del examen objetivo del Cáliz resulta estar compuesto de tres partes, de las cuales dos gozaron de autonomía y en un momento determinado fueron unidas entre sí por la tercera. Es decir, los dos vasos unidos por el nudo. La única parte que sigue cumpliendo su primitivo papel es la copa, mientras que el actual pie fue un día pieza estimadísima, como lo demuestra el filete de oro que lo bordea. La orfebrería, aparte del valor funcional de servir de unión de copa y pie, sirvió para alhajar la sencilla copa y como muestra del aprecio en que se le tenía.

Con respecto a su autenticidad histórica, que nada prueba la Arqueología en contra, sino que, por el contrario, la apoya y confirma, puesto que conduce a las siguientes afirmaciones:
- Que la copa se remonta a la época comprendida entre el siglo I antes de J.C. y el I de nuestra Era, y que fue labrada en un taller oriental de Egipto, de Siria o de la propia Palestina, por lo que bien «pudo estar en la mesa de la Santa Cena» y «pudo ser el que Jesucristo utilizó para beber, para consagrar o para ambas cosas».
- Que el pie es un vaso egipcio o califal del siglo X u XI, añadido a la copa hacia el siglo XIV, como estimación de su excepcional importancia.
- Que las perlas y piedras preciosas que lo ornamentan son posteriores y pudieron ser sobrepuestas cuando el Santo Cáliz era venerado en San Juan de la Peña.

Ante estas afirmaciones irrebatibles siempre quedaría en pie -como dice el profesor Beltrán-, ante cualquier hipótesis en contra de la autenticidad histórica de la Reliquia, la firme posibilidad arqueológica de que el Santo Cáliz que se venera en la Catedral de Valencia fuese el que el Señor utilizara en la Última Cena.
Tras estas conclusiones, adquieren validez y ahondan su profundidad las palabras que el entonces Arzobispo de Valencia, don Marcelino Olaechea, escribiera en el prólogo a la ya citada obra del profesor Beltrán:
«Si crees en una piadosa tradición jamás desmentida, tradición que recogen hasta nuestros días, casi seis siglos de historia, te sentirás robustecido en tu creencia.
Toma y lee.
Si no crees, toma también y lee.
Pues, a fuer de hombre honrado, dejarás de sonreírte de quienes creen».

El aspecto que hoy ofrece el Santo Cáliz es el mismo que presentaba en San Juan de la Peña, en 1399, sin más modificaciones posteriores que la restauración de 1744 en ocasión de la rotura sufrida, y la sustitución, se ignora cuándo, de alguna de las perlas, y de una piedra en 1959.

LO QUE NOS DICE LA TRADICIÓN

«Hay problemas que, para resolverlos -escribe Leo Talamonti, en Universo Prohibido- es oportuno hacer converger la voz de los poetas con la de los estudiosos, y utilizar posiblemente también las aportaciones de aquella gran maestra de la vida que es la tradición en sus líneas más genuinas».
Y los doctores eclesiásticos enseñan que el culto público dado durante siglos a una reliquia antigua, hace presumir la prueba de su verdad, lo que vale tanto como los mejores documentos históricos.
Ahora bien, una tradición constante e ininterrumpida, confirmada desde los primeros tiempos por un documento de primera magnitud, El canon de la Santa Misa, y conservada en Roma con la positiva aprobación de los primeros Papas por espacio de dos siglos, afirma y sostiene la autenticidad de tan estimable joya. A partir de Sixto II y el martirio de San Lorenzo, va haciéndose esta afirmación más segura y solemnemente autorizada, sobre todo en el Reino de Aragón y, especialmente, en los obispados de Huesca y Jaca, hasta adentrarse de modo definitivo en el plano de lo histórico, con documentación ya plena y formalmente garantizada.
Existen, además otras razones en apoyo de la fuerza probativa que constituye el culto tradicional al Santo Cáliz, como puede ser la consideración de que sería temerario sospechar ni siquiera que se hubiera podido perder tan preciada reliquia, ya que ello acusaría descuido inexplicable en el “Padre de Familia” de que nos habla el Evangelio, al cual pertenecía, y en cuya morada se celebró la Última Cena; así como en los Apóstoles, cuando vemos conservaron tantas otras de Nuestro Señor, incluso no más importantes, como el Santo Pesebre que se guarda en Santa María la Mayor; la Mesa de Última Cena que se venera en San Juan de Letrán; la fuente o “catino” del cordero pascual, en Génova; la Sábana Santa que envolvió su cuerpo y que se conserva en Turín; la Corona de Espinas, la Sagrada Lanza, los Clavos de la Pasión y el mismo Sepulcro.

Pero veamos qué es lo que nos refiere la tradición:

Ella nos dice que la preciosa Copa debió pertenecer a persona de alta alcurnia, ya que su riqueza y finura denota una categoría artística y material superior a la de los toscos vasos de vidrio, madera o barro usados entonces por la gente ordinaria. Es de suponer, pues, perteneciera al dueño del Cenáculo que, como sabemos por los Evangelistas, era hombre acomodado, pues que poseía una suntuosa vivienda y sirvientes, el cual debió ofrecer al Maestro el mejor de sus vasos, con los demás utensilios necesarios para la cena legal que precedió a la primera consagración eucarística.
Tras la muerte del Señor, es lógico pensar quedara la Sagrada Copa bajo la custodia de la Santísima Virgen, y que San Juan, el discípulo amado y custodio de María, lo usara para celebrar el Santo Sacrificio de la Misa ante la Señora.
Siuri, Obispo de Córdoba, y Sales, que lo cita, entre otros historiadores, opinan que a la muerte de la Santísima Virgen y separados los Discípulos para anunciar la Buena Nueva a todas las naciones, debió hacerse cargo de tan insigne reliquia San Pedro, elegido por Jesús como cabeza visible de la Iglesia. Éste lo llevaría consigo a Roma, donde, después de usarlo él para celebrar el Santo Sacrificio, continuaría vinculada su posesión en los veintitrés Papas, sucesores de Pedro, que ininterrumpidamente siguieron consagrando y bebiendo en el Cáliz del Redentor su Divina Sangre, y que incluso dieran en ocasiones la suya propia, en testimonio de su fe y en defensa del Evangelio.
Precisamente, las palabras que preceden inmediatamente a la Consagración del Sanguis, repetidas desde hace siglos en todo el mundo por infinidad de sacerdotes y escuchadas o leídas por multitud de fieles: «Accipiens HUNC PRAECLARUM CALICEM in sanctas ac veneraviles manus suas...», esto es, «Tomando ESTE PRECLARO CÁLIZ en sus santas y venerables manos ...», parecen ser una clara alusión al Cáliz de la cena que tendrían presente los Pontífices al consagrar, y que luego pasaron a ser el canon de la Misa.


Tras dos siglos de permanencia en Roma, advino una época de gran violencia, que aun superara otras anteriores, promovida por la persecución de Valeriano y Galieno. El imperio romano se ahogaba en su impotencia económica, y las riquezas de los cristianos, que según sus perseguidores imaginaban debían ser fabulosas, podían constituir un buen remedio. El edicto apareció en el año 257 y se reiteró en el 258. Los secuaces de Valeriano se dedicaron al pillaje de las limosnas cristianas, llegando en su afán de lucro a allanar hasta las Catacumbas, protegidas por la legislación romana. Encarcelado y condenado a muerte el Papa Sixto II por negarse a entregar al Emperador los objetos de valor que le quedaban a la Iglesia, todavía halló medio, antes de su martirio, de ordenarle a su fiel diácono y tesorero Lorenzo que distribuyera estos bienes inmediatamente entre los pobres, lo que así hizo el fiel diácono, a excepción del Santo Cáliz, que en un fervoroso y sin duda inspirado deseo de salvar a toda costa del peligro que corría en Roma, enviaba, dos días antes de su propio martirio, a Huesca, su ciudad natal, acompañado de una carta de remisión en la que ordenaba fuera entregado a sus padres, Orencio y Paciencia, que a la sazón vivían en su casa y posesión de Loret, hoy iglesia de Loreto, a extramuros de Huesca.


Un momento de esta piadosa tradición del traslado del Santo Cáliz, de Roma a Huesca, viene a ser corroborado y plasmado en uno de los frescos que se conservan en la Basílica de San Lorenzo, en las afueras de Roma, donde aparece el glorioso Diácono entregando un cáliz con asas a un soldado, que aparece arrodillado y que parece recibirlo con adoración, acompañado de otro soldado armado como testigo del acto o como defensor de la alhaja. Este fresco desapareció en el bombardeo de Roma por los aliados, en la última guerra mundial.


Recibido en Huesca el Sagrado Cáliz, con la carta que le acompañaba y que desgraciadamente desapareciera en el transcurso de los tiempos, afirmose entre los cristianos oscenses la veneración que merecía tan insigne reliquia, en proporciones verdaderamente profundas, si bien teniendo que salvar épocas de persecución y peligros que imponían la ocultación y el secreto. Recordemos, por ejemplo, las terribles y constantes persecuciones decretadas por los Emperadores romanos, principalmente las de Diocleciano y Maximiliano; las espantosas luchas y apostasías motivadas por la irrupción de los bárbaros del Norte, que sujetaron esta comarca al dominio de los visigodos desde principios del siglo V hasta la invasión de los árabes en el VII, y el gran peligro que supuso el expolio de Childeberto, aquel Rey de París que se llevara sesenta cálices artísticos de oro de las iglesias de España. Afortunadamente, o no pasó por Huesca el regio “cleptomano” coleccionador de cálices ricos o quiso la Providencia que no llegara a tener noticias del nuestro.

Poco más de 200 años había permanecido en Roma y 450 en Huesca, cuando en el año 711 tenía lugar la invasión árabe de España. Un año después, el Obispo de Huesca, Acisclo, ante el arrollador avance de los invasores, abandona con su clero la ciudad de Huesca, siguiendo a los nobles, guerreros y pueblos que no querían caer bajo el yugo musulmán, llevando consigo cuanto de más precioso encerraban sus iglesias y, sobre todo, el Sagrado Cáliz de la Cena del Señor, continuando su repliegue poco a poco, en sucesivas etapas, por los más ocultos caminos de las montañas del Norte, hasta llegar secretamente a San Juan de la Peña, cenobio rodeado de misterioso culto e inspirador de leyendas, que iba a ser guardador durante cuatrocientos años de la estimada Reliquia.

El origen de este Monasterio se confunde con el del pueblo aragonés. Se halla situado a 16 km. de la frontera francesa, a 30 de Jaca y a 27 de Huesca, en un escondido rincón en que el ánimo se sobrecoge ante la monumentalidad de la naturaleza y el espíritu se maravilla frente a la contemplación de aquella creación arquitectónica del siglo XI, exponente insuperable del estilo románico en armónica conjunción con primorosas muestras del mozárabe, del bizantino y del gótico.
La tradición nos lo presenta así. Era hacia finales del siglo VIII, cuando parece ser que un ilustre doncel cristiano de Cesaraugusta, llamado Voto, persiguiendo en vertiginosa carrera a un ciervo, llegó al borde mismo de la inmensa peña que en la cima del monte Pano vemos hoy constituye la bóveda del Monasterio antiguo. Ante el peligro, invocó a San Juan Bautista, y el milagro se hizo. El caballo quedose rígido en el último instante al borde mismo del precipicio. Se había salvado.
Al espanto siguió la curiosidad. Abriose paso entre la espesa maleza, descenció al fondo y allí se encontró, bajo una gruta profunda, una pequeña ermita dedicada al Bautista, y también los restos incorruptos de un venerable anciano ermitaño, Juan de Atarés, reclinada su cabeza sobre una piedra en la que una inscripción mencionaba su nombre. Tras dar sepultura al ermitaño regresó Voto a la ciudad, vendió sus bienes y regresó acompañado de su hermano Félix para recluirse entre aquellas agrestes soledades. Hasta aquí lo que nos dice la piadosa tradición. Luego la historia nos dirá que San Juan de la Peña era monasterio benedictino que fundara el rey Sancho Gercés sobre una ermita que en el mismo lugar edificara un ermitaño llamado Juan de Atarés.

Si alguna vez llegáis a visitarlo, podréis ver todavía en él: la llamada sala del “Concilio”, estancia lóbrega e irregular, con bóvedas de medio cañón y grandes arcos de medio punto, que, con la iglesia baja y cripta abacial, conforman las partes más antiguas y venerables del cenobio, todo él de roca viva y con aspilleras como ventanas, más dignas de un castillo que de un santuario, pero que proclaman lo belicoso de aquellos siglos. También, ya en la planta principal, la iglesia alta, hermoso y puro ejemplar del románico aragonés del siglo XI y donde estuvo expuesto el Santo Cáliz a la veneración de los fieles; el Panteón Real, en el que reposan los restos de casi todos los Reyes de la dinastía pirenaica; el llamado Panteón de Nobles aragoneses, ejemplar famoso y único de la arquitectura románica donde reposan los ricos-hombres junto a los rudos y sencillos guerreros de la época heroica; el Claustro, de impresionante majestad, belleza y originalidad artística, con cuatro hermosas galerías, arcos de los tipos más variados y preciosos capiteles esculpidos primorosamente con relieves del Antiguo y Nuevo Testamento, y las capillas de San Victorián y de San Voto y San Félix, con acceso al claustro. Por cierto, que en la primera de ellas, del estilo gótico más depurado, edificada a principios del siglo XV con la finalidad de servir de decoroso enterramiento de los abades, por el valenciano Juan Marqués, promovido a la mitrada dignidad por el Papa Luna, se muestra esculpido un curioso detalle que merece ser recordado; es la aparición en el gablete del frontispicio de la capilla, formado por cinco archivoltas ricamente festoneadas con piñas, hojas, florones, bellotas, caracoles y otros motivos más, delicadamente combinados, del escudo de Valencia, rudamente tallado, que nos muestra el rombo con las barras de Aragón, con un casco, la corona real y lo Rat-Penat sobre él; todo ello petrificado e inmutable, tal vez como huella y testimonio de la presencia del abad velenciano y del recuerdo entrañable de su tierra natal.

Éste es el lugar recóndito, maravilloso y seguro por su fragosidad y alejamiento de los territorios todavía en lucha con los árabes, donde durante más de dos siglos y medio continuó la Sagrada Reliquia, ahora ya bajo la custodia de los monjes cluniacenses y el singular afecto y protección de los reyes de Aragón, todo ello realzado por las virtudes de los Santos y la fama de los héroes, cuyos venerables restos vendrán a reposar en los panteones del monasterio, como perenne guardia de honor del Sagrado Vaso.

Y va a ser durante este tiempo, de epopeya y grandeza, de fe y heroísmo, cuando van a tener su pleno desarrollo las peregrinaciones y cruzadas que llevarán con ellas la noticia, aureolada con la fantasía y el romance, de la presencia del Santo Cáliz entre abruptas montañas; narraciones que darán origen a bellas y numerosas leyendas sobre el Santo Grial y sus héroes, que juglares y trobadores repetirán y extenderán a su paso, y que un día, el gran genio musical incomparable del siglo XIX, Ricardo Wagner, transformará en el más extraordinario drama lírico de todos los tiempos.

LO QUE REFIEREN LAS LEYENDAS

El hecho afirmado por la tradición, que sitúa la permanencia del Santo Cáliz sigilosamente oculto y venerado en San Juan de la Peña durante la Reconquista, en conjunción con materiales extraídos del Evangelio apócrifo de Nicodemo y de la historia de José de Arimatea, constituye probablemente la base de una serie de leyendas que durante la Edad Media se propagan por Europa. Tales leyendas, muy extendidas y de gran interés como prueba que refuerza la voz de la tradición, puesto que en ella se inspiran, hablan de una Copa maravillosa que, escondida entre abruptas montañas, era venerada y defendida por los Caballeros del Santo Grial o Graal, términos usados en tales leyendas, y que en el sentido de vaso, escudilla o copa la vemos usada normalmente en las lenguas romances de la península hispana, como se lee en Cervantes, en el Arcipreste de Hita y en el Amadís de Gaula, por ejemplo, pero que en las demás lenguas europeas sólo se utiliza para referirse al Santo Cáliz de la Cena, destacando la palabra con el apelativo Santo = Santo Grial.

Son varias las versiones que se extienden en torno al Santo Grial, principalmente francesas y alemanas. Las más antiguas arrancan del siglo XII y, en general, suelen presentarse adulteradas por elementos extraños y deformadas a causa de su enlace con las concepciones de Lanzarote y Parsifal, pero coincidentes siempre en un tema común: el de presentarnos las andanzas de caballeros y aventureros que, viniendo atraídos por su afán guerrero u luchador, se transforman en protagonistas de hechos portentosos que realizan movidos por las ansias de buscar el Vaso Sagrado.
El ciclo comprende la obra de Cristián de Troyes, del siglo XII (Perceval ou la conte du Graal), y otros autores; la de Robert de Boron, del siglo XIII (Roman de l'Estoire dou Graal o Joseph d'Arimathie), sus derivaciones, entre las que destacan Lancelot y su continuación Queste del Saint Graal; y la versión del alemán, también del siglo XIII, Wolfram von Eschenbach, revalorada por el romanticismo, en la que en época contemporánea viniera a inspirarse el genio extraordinario de Ricardo Wagner para componer su inmortal ópera Parsifal. En este gran drama musical, estrenado en Bayreuth el 26 de julio de 1882, y considerando como culminación de la obra musical wagneriana, vemos desarrollarse, sobre un texto del mismo Wagner basado en la leyenda del Graal y cuya acción sitúa en un lugar imaginario de los Pirineos, las incidencias que ha de superar el caballero Parcival o Parsifal, hasta llegar a encontrar el Graal y ser coronado rey de sus caballeros.
Ahora bien, para ponderar debidamente el valor histórico que también, dentro de ciertos límites, y como “versión libre” inspirada en las tradiciones, tienen las leyendas, tal vez merezca la pena recordar aquellas palabras que escribiera el emperador Juliano: «Lo que en los mitos se presenta como inverosímil es precisamente aquello que nos abre el camino de la verdad. Efectivamente, cuanto más paradójico y extraordinario es un enigma, tanto más parece advertirnos para no confiar en la palabra desnuda, sino a padecer en torno a la verdad oculta» (Emp. Juliano, Confr. Eracl., 217/C.)
O los intentos en que actúa la llamada tendencia “evemerística”, cuando al intentar interpretar los motivos del Grial en función de figuras y situaciones históricas nos dice que: «Las figuras del mito y la leyenda son únicamente sublimaciones abstractas de figuras históricas, que han acabado por ocupar el lugar de éstas y equivaliendo por sí mismas en el plano mitológico y fantástico» (Julio Évola, El misterio del Grial).
Por otra parte, señalaremos cómo los Bolando o Bolandistas, agrupación de escritores eclesiásticos nacida en Bélgica y que en el siglo XVII acometiera la gigantesca tarea, todavía inacabada, de pasar por el más riguroso tamiz de la investigación científica todos los caudales de historia, tradición y leyenda referentes a los Santos y al Cristianismo en general y para los que pocos aspectos o tradiciones quedaron fuera de su formidable y meticulosa labor investigadora, en ocasión del estudio de todo lo relativo a San Lorenzo, hubieron de afrontar el tema del Santo Cáliz, y éste fue su juicioso y prudente dictamen: «Porque, no obstante dichas dificultades, pudo ser que el Santo levita enviase en realidad el Cáliz a España, de donde parece ser oriundo, por otra parte no se exhiben documentos ciertos que convenzan de la falsedad del hecho, por lo tanto dejamos la tradición en el estado en que se halla».
Digamos, por último, cómo es también curioso observar, con J. Marx (Légende arthurienne), que «nunca la Iglesia hizo suya la leyenda del Grial. Parece como si en ella hubiera notado algo de anterior, de originario, de misterioso».
Y así seguirán siendo las leyendas del Santo Grial: un “mysterium tremendum” que sólo la fe nos pueda tal vez ayudar a desvelar.

LO QUE AFIRMA LA HISTORIA

Existe una referencia del canónigo de Zaragoza don Juan Agustín Carreras Ramírez, quien en su Vida de San Lorenzo T.I.P. 101, afirma la existencia de un supuesto “Auto” de 14 de diciembre de 1134, según el cual se decía en latín que «en un arca de marfil está el Cáliz en que Cristo Nuestro Señor consagró su Sangre, el cual envió San Lorenzo a su Patria, Huesca». Éste sería ciertamente el primer documento con valor histórico; pero pierde esta validez al no haber podido ser hallado.

De aquí que sea en 26 de septiembre de 1399 el momento en que se inicia de modo indiscutible la plena historia documentada del Santo Cáliz, cuando el rey Martín el Humano, el mismo que motivará el Compromiso de Caspe al morir sin sucesión, al enterarse, poco después de coronado, de que en el monasterio de San Juan de la Peña se conservaba el Santo Cáliz del Señor, llevado de su gran piedad y devoción a las reliquias, entró en deseos de poseer tan preciada joya. Hecha la petición a los monjes del Monasterio, resolvieron éstos por unanimidad satisfacer el piadoso deseo del rey. Así lo hicieron, con otorgamiento de la correspondiente escritura pública que lleva la fecha arriba indicada, recibiendo por su parte, del agradecido monarca, el espléndido regalo de otro valioso cáliz, éste de oro, que por cierto desapareció, fundido, en el incendio que el 17 de noviembre de 1494 sufriera San Juan de la Peña.

Documento del Archivo de la Corona de Aragón
por el que Martín el Humano recibe el Santo Cáliz

El Santo Cáliz pasó entonces a ser venerado en la Capilla del Real Palacio de la Aljafería, en Zaragoza, como joya integrante de los tesoros y reliquias de la capilla real propiedad de los monarcas de la Corona de Aragón, hasta que veintitrés años después, al decidir el rey don Martín trasladar su residencia a Barcelona, en donde murió, llevó consigo las reliquias de que era poseedor y con ellas el Santo Cáliz, como se desprende de la lectura del Inventario de bienes que a poco de la muerte del rey se hiciera, en septiembre de 1410.

Le sucede en el Reino, como resultado de su mayor derecho reconocido en el Compromiso de Caspe, su sobrino, don Fernando de Antequera, a quien le sigue su hijo Alfonso V el Magnánimo. Muy amante éste de Valencia, realizó en ella espléndidas obras de reconstrucción, como las llevadas a cabo en la Casa de la Ciudad; erigió en el convento de Santo Domingo la primorosa Capilla de los Reyes; reformó y embelleció notablemente los salones y jardines del Palacio Real -situado entonces donde hoy se alzan las llamadas montañitas de Elío, restos de aquél, en los jardines llamados por su origen del Real (o Viveros Municipales)-, al que hizo trasladar también magníficas obras de arte, trofeos obtenidos en sus campañas victoriosas, como las cadenas del puerto de Marsella, que rompiera en audaz aventura marinera, y gran número de reliquias, entre las que figuraba en lugar destacado el Santo Cáliz de la Cena del Señor.

Más adelante, por razón de sus ausencias, y con el propósito de garantizar una mayor seguridad, depositó el cuerpo de San Luis, obispo de Tolosa, juntamente con otras reliquias y alhajas, en la catedral valenciana. Poco después, ante una nueva ausencia motivada por nuevas campañas, hizo hacer depósito de las restantes reliquias que le quedaban, delegando su custodia y conservación en mosén Antonio Sanz, canónigo y pavorde de la Catedral de Valencia y capellán mayor de la capilla del real palacio.

Y así llegamos al 18 de marzo de 1437, en que a la muerte del mencionado mosén Antonio Sanz, el “muy alto Señor don Juan, rey de Navarra, Gobernador a la sazón de Valencia y lugarteniente de su hermano Alfonso”, ordena, en nombre del Rey Magnánimo, que se hiciera donación definitiva de joyas y reliquias al Cabildo catedralicio de Valencia, lo que así se hizo, mediante la redacción del correspondiente documento público que formalizaba la entrega de la donación e inventariaba el contenido de la misma, firmado del Pedro de Anglesola, por parte del rey, y don Jaime de Monfort, por parte del honorable Cabildo, ambos notarios públicos.

En dicho documento, entre la relación de las diversas joyas y reliquias donadas, se lee: «lo calcer hon Jesucrist consagrá lo dijous de la cena, fet ab dues anses dor ab lo peu de la color que lo dit calcer es guarnit al entorn dor ab dos balays e dos maragdes en lo peu e ad vinthuyt perles convinent de gruig de un pesol entorn del dit calcer» (Notal de Jaime Monfort, vol. 3.532).

Documento de ingreso del Santo Cáliz en la Catedral de Valencia en 1437

A partir de esta fecha continúa el Santo Cáliz ininterrumpidamente en la Catedral de Valencia hasta el mes de marzo de 1809, en que, con motivo de la invasión francesa y consiguiente iniciación de la Guerra de la Independencia, inicia un movido peregrinaje que le permite quedar a salvo de la rapacidad y los desmanes de las tropas napoleónicas.
Tuvo lugar la primera salida el 18 de marzo de 1809; el Santo Cáliz es trasladado a Alicante, desde donde regresará a Valencia a finales de enero de 1810.
En Marzo del mismo año es llevado a Ibiza, igualmente por motivos de seguridad.
En febrero de 1812 pasa de Ibiza a Palma de Mallorca.
Y en septiembre de 1813 regresa desde Plama de Mallorca a la Catedral de Valencia y se redacta el último inventario de este periplo, en el que, con el número 29, se lee: «La caxa de plata que contiene el Santo Cáliz de la Cena».

A partir de esta fecha continúa siendo venerado ininterrumpidamente, primero en la Capilla de las Reliquias (ábside de la Sala Capitular), y a partir de 1916 en el Aula Capitular Antigua (actual Capilla del Santo Cáliz).

Parsifal