lunes, 12 de mayo de 2014

El Santo Cáliz de Valencia. Catalina Martín Lloris





GASPAR ESCOLANO:
Década primera de la historia de la insigne y coronada ciudad y reyno de Valencia


En 1610 aparecen las obras de Escolano.

Este autor empieza su libro con una rotunda afirmación: “Valencia tiene el Cáliz de la Última Cena, es de piedra parecida a la que dicen calcedonia, según Plinio en el libro 37 capitulo 7º, dice que en aquel tiempo se hacen cálices de estas piedras. Con un color extraño que hace distintas vetas.”

Pese a ser una obra no muy diferente a las demás, sí que presenta sus particularidades. En el análisis que Escolano hace de la reliquia también trata la tradición laurentina que afirma que el Santo Cáliz estaba en Roma y que fue San Lorenzo quien lo envió a España con algún soldado, por ser ésta su patria. Para este historiador, la reliquia desde la pérdida de España en tiempos de Rodrigo, había estado guardada en San Juan de la Peña, en Jaca.
Más tarde, asegura, Martín el Humano se lo pidió a los monjes para entregarlo en depósito en Valencia. Además es importante que destaque que no fue una donación lo de 1437 sino un depósito. Hasta este momento, y habiendo leído todos los investigadores el documento original, no destacaban que era un depósito a un préstamo que nunca se devolvió.

Su obra está llena de errores. El hecho de que destaque que la reliquia la entregó Martín el Humano a la catedral en 1437 es absurdo, porque en esta fecha el monarca ya estaba muerto. Sin embargo, es importante el hecho de que mencione que fue un depósito, porque hasta esta fecha nadie lo había afirmado. Por lo tanto, pese al error del depósito hecho por Martín el Humano, también es cierto que es el primero que investiga con más detenimiento, llegando a criticar la recopilación de Baronio y del Venerable Beda que asegura que el cáliz verdadero es el de Inglaterra.
Asegura con rotundidad que el verdadero es el de Valencia. Escolano critica a Baronio por no leer en San Mateo que hubo dos cenas, el Cáliz con el que bebió el Señor en la comida del cordero era de plata y el de la consagración, de piedra, según el erudito Joseph Estevan, obispo de Orihuela. Así, había dos cálices para dos pasiones, la suya y la de sus discípulos. El de plata se queda en Jerusalén y a Valencia viene el de calcedonia.

domingo, 11 de mayo de 2014

El Santo Cáliz de Valencia. Catalina Martín Lloris





PERE ANTONI BEUTER:
Crónica de la primera parte de la historia de Valencia


La primera obra escrita que versa sobre el Santo Cáliz de la Catedral de Valencia data de 1551 y es de Pere Antoni Beuter, quien en fecha temprana ya nos habla de la reliquia en Valencia.

La obra de Beuter es la primera en la que aparece una referencia al Santo Cáliz de la catedral. Es un texto del siglo XVI, por lo que la información que aparece es de gran interés.

La obra comienza tratando el espinoso tema de los distintos cálices de la Cena y la autenticidad que merecen cada uno de ellos.
Son muy interesantes las referencias al Catino de Génova. Beuter afirma que el rey Alfonso VII ofreció a los genoveses que le ayudaron en la conquista de la Península parte del botín y que éstos se quedaron un plato grande de esmeralda en el que se creía que Cristo había tomado el cordero de la Última Cena. La obra de Beuter narra así cómo ocurrió la historia: Quedó la tierra en el señorío del rey de Castilla, y del despojo puso el conde un plato grande de esmeralda, como plato de fuentes de una pieza, que fue hallada en el despojo, de una parte, y todo el restante aparte del dicho despojo, y dio a los genoveses que por mar combatieran la ciudad, que escogiesen lo que quisiesen de las dos cosas, y ellos tomaron el plato, por no engañarse. De modo que ésta sería la reliquia que se conserva en Génova y que es, según dicen escritores auténticos, el plato santo en que Cristo comió el cordero en la Pascua de la Cena.

Al mismo tiempo este investigador afirma que la Cena se llevó a cabo en la casa del discípulo de Cristo llamado Chusa, que era procurador y gobernador del rey Herodes, de modo que justificaría el hecho de que Cristo utilizase una vajilla tan rica. Además Beuter asegura que, según la leyenda, Chusa era un hombre muy rico casado con una mujer que era también discípula del Señor y que de todo esto hace mención el Evangelio de San Lucas.

Finalmente, afirma rotundamente que Jesucristo consagró su sangre en el Cáliz de calcedonia que hay en la sacristía de la Catedral de Valencia entre las reliquias de los reyes de Aragón.
Beuter cuenta que el plato vino a España con los godos en el momento en el que España estaba ocupada por los árabes.

Por lo tanto, ya en fecha temprana Beuter afirma que los genoveses poseen el plato donde se tomó el cordero pascual en la Última Cena y que en la Catedral de Valencia se conserva el Cáliz donde se bebió el vino.
Beuter zanja así la polémica sobre los distintos cálices que ya existía en el siglo XVI. Esta es la única información que nos da el autor sobre el Santo Cáliz. No aporta demasiadas fechas ni datos exactos, simplemente habla de esta polémica. Sí que se equivoca al dar la fecha de 1499, como la entrega del cáliz por los monjes de San Juan de la Peña a Martín el Humano, en lugar de 1399, seguramente por un error no intencionado, pese a que Diago se lo recrimine más tarde en su obra. Sin embargo es muy importante que en una obra tan temprana como es la de Beuter aparezcan ya datos sobre el Santo Cáliz de la catedral y más aún comprobar que ya en el siglo XVI era motivo de disputa el Santo Cáliz frente a otros cálices.

sábado, 10 de mayo de 2014

El Santo Cáliz de Valencia. Catalina Martín Lloris





LA EUCARISTÍA Y EL SANTO CÁLIZ

No se tiene documentación de lo que ocurrió con el cáliz utilizado en Última Cena. Las referencias que pueden existir las encontramos en el Nuevo Testamento y en los Hechos de los Apóstoles.
En el Nuevo Testamento se describe la Última Cena y la utilización del cáliz.
En San Mateo: Mientras comían, tomó Jesús el pan, lo bendijo y lo partió y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.
En San Marcos: Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo y lo partió y lo dio, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio; y bebieron de ella todos. Y les dijo: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada.
En San Lucas: Tomó el pan y dio gracias, y lo partió y lo dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria mía. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.
En los Corintios se dice: Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria mía. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria mía. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.


A partir de los acontecimientos ocurridos en la Última Cena y, tras la muerte de Jesucristo, durante los primeros siglos de la Iglesia, según relatan los Hechos de los Apóstoles, los cristianos de Jerusalén ya tomaban parte en las plegarias que tenían lugar diariamente en el templo. Por ejemplo, Pedro y Juan subían al templo a la oración de la mañana y para la oración de nona. Con el tiempo, los cristianos empezaron a acudir todos juntos al templo, lo que demuestra que formaban un grupo particular en el seno de la comunidad de Israel. Además, tenían conciencia de formar a su vez una comunidad particular y procuraron trasladar los acontecimientos ocurridos durante la Última Cena a sus propias celebraciones. De ese modo se reunían comunitariamente en casas privadas. Es el caso del cenáculo, donde se reunió la naciente comunidad. Pronto se multiplicaron estos lugares de reunión.
Los Hechos nos dicen que los cristianos “partían el pan en sus casas”, pero no aparece ninguna referencia concreta a la utilización del cáliz.
Una de estas casas es bien conocida: la de María, madre de Marcos, donde se hallaba, reunida en oración, una asamblea bastante numerosa, mientras Pedro permanecía en la cárcel. Asimismo vemos a Pablo exhortando a los hermanos en casa de Lidia, en Filipos, y celebrando la eucaristía en Tróade en el tercer piso de una casa particular. Es de notar el apoyo prestado así a la Iglesia por las familias que ponían sus casas a disposición de la comunidad. Pablo habla de Aquila y Priscila y de la “iglesia que está en su casa”. Los cristianos se reunían con frecuencia. Los Hechos hablan de reuniones diarias, que comprendían la fracción del pan, una comida y oraciones de alabanza. Lo que parece cierto es la existencia de una asamblea en la noche del sábado al domingo, así lo indican los Hechos. Las asambleas cristianas se celebraban siempre de noche, pero también es muy posible que tuvieran lugar a otras horas. Tal es, en concreto, el caso en que la Eucaristía iba acompañada de una comida, como aparece indicado en la Primera Epístola a los Corintios. Estas asambleas, según narran los Hechos, consistían en instrucción, fracción del pan y oraciones. Pese a que se describen con minuciosidad estas celebraciones, en ningún momento se nos describe cómo eran las copas que utilizaban de cáliz. Sí se habla de la fracción del pan como una expresión arcaica con que los Hechos designan a la Eucaristía. Con ella se recuerda la acción de Cristo al distribuir el pan después de haber pronunciado sobre él las palabras consagratorias. Cristo había instituido la Eucaristía durante un banquete pascual. La bendición del pan es la de los ácimos antes del banquete y la del vino corresponde a la copa que seguía al mismo banquete. Un rito que se ha conservado es aquel en el que el presidente de la Eucaristía, después de dar gracias, bendecía el pan y el vino extendiendo sobre ellos las manos y pronunciaba las palabras del señor en la Cena. Las plegarias de bendición y la extensión de las manos correspondían a lo que hallamos en las berakoth judías. [...]


Los cálices que utilizaban en estas celebraciones particulares eran cálices comunes de madera o piedra. No se tiene constancia en ninguno de los escritos o documentos eclesiásticos de que el mismo cáliz que usó Jesucristo en la Última Cena fuese utilizado por alguien después.
Durante el siglo III se siguió utilizando la práctica del pan y el vino. La comunidad seguía celebrando del mismo modo la Eucaristía que se celebraba sólo en domingo. La Eucaristía iba precedida de oraciones. [...] Continúa sin aparecer ninguna referencia a lo que ocurrió con el cáliz utilizado durante la Última Cena.


Etimológicamente, cáliz es el nombre de un vaso para beber de forma circular y profundidad variable, con amplia abertura y generalmente con asas cortas en el pie. Es exactamente el mismo objeto que en algunos documentos aparece descrito como copa. Proviene de la palabra kylix, del griego y, en un principio solía ser de cerámica, aunque con el tiempo se fueron realizando en materiales más ricos, sobre todo en metal, añadiéndoseles gemas y adornos hasta convertirse, a finales de la antigüedad clásica, en un vaso de fondo profundo, con asas o sin ellas, y montado sobre un pie alto y de base ancha. Los romanos lo llamaron calix y Macrobio cita estos recipientes como de uso corriente en la primera mitad del siglo V antes de Cristo. En la historia de los cálices cristianos ya los investigadores Cabrol y Leclercq aseguran que el cáliz litúrgico tomó como referente los vasos de uso corriente. Los vasos eucarísticos se utilizaron desde los primeros tiempos de la Iglesia.
[...]
Durante estos años la Eucaristía se celebraba con los utensilios estrictamente necesarios, como los vasos sagrados o los cestos para el pan eucarístico. Pero, con el tiempo, y ante la cada vez más evidente importancia de la celebración eucarística, cada uno de estos símbolos fue cobrando importancia, llegándose a hacer verdaderas filigranas.

viernes, 9 de mayo de 2014

El Santo Cáliz de Valencia. Catalina Martín Lloris





EL SANTO CÁLIZ DE LA CATEDRAL DE VALENCIA

El primer documento que hace referencia directa al Santo Cáliz es el acta de donación de los monjes de San Juan de la Peña al rey Martín el Humano en el año 1399.
También hay informes que aseguran la presencia de la reliquia en el monasterio desde principios del siglo XII.
Sin embargo, su llegada a San Juan de la Peña debió de producirse en la segunda mitad del siglo IX, recién fundado el monasterio.
[...]
En el acta de entrega, los monjes de San Juan de la Peña, para certificar y justificar la llegada de la reliquia, garantizaban que había sido entregada por el Papa Sixto II a mediados del siglo III a San Lorenzo y que el santo la había enviado a España porque era su lugar de nacimiento. Asimismo, para ratificar sus afirmaciones aseguraban que a la reliquia le acompañaba una carta escrita por el santo en la que se declaraba que era el mismo cáliz que se había utilizado en la Última Cena. Gracias a estos argumentos los monjes de San Juan de la Peña defendían la autenticidad de la reliquia y, al mismo tiempo, se permitía su traslado a la Corona de Aragón.


Al interés religioso que tenía la reliquia del Santo Cáliz de la Última Cena se unió, ya en la Edad Media, la curiosidad que se despertó en torno al santo grial de las leyendas artúricas.
El origen de las aventuras del grial se encuentra en la novela inacabada del siglo XII, Cuento del Grial, de Chrétien de Troyes, que dio lugar al género literario de las novelas de caballería que gozaron de gran éxito en Europa en esos años. La obra trataba de un joven que debía superar una serie de obstáculos hasta conseguir un objeto con poderes mágicos, el grial. Sin embargo en 1191 el escritor murió dejando la novela inacabada. Pese a estar incompleta, el tema gozó de gran éxito entre la población, debido a que el período por el que estaba atravesando Europa entonces era crítico, caracterizado fundamentalmente por continuas guerras y cruzadas. Al mismo tiempo, este ambiente conectaba a la perfección con el ideal de las novelas de caballería que se hicieron tan populares. De este modo, a partir de la novela de Chrétien numerosos escritores dieron fin al relato, convirtiéndolo en leyenda y dando cada uno de ellos un significado distinto al original. De entre los distintos sucesores, en 1190, Robert de Boron escribió el Roman de l’Estoire dou Graal, donde relacionó los orígenes del grial con los del Santo Cáliz de la Última Cena, cristianizando de este modo la gesta.


Durante estos años la reliquia del Santo Cáliz estaba escondida en el monasterio de San Juan de la Peña. La clandestinidad de la reliquia despertó un gran interés entre los peregrinos, que la relacionaron con las distintas narraciones artúricas medievales que gozaban entonces de tanto éxito en el Norte de la Península. De este modo, al interés religioso por la reliquia se unió la curiosidad por saber si se trataba del grial, y el Santo Cáliz de la Catedral de Valencia se convirtió en una de las joyas más valiosas de los tesoros reales y catedralicios.
[...]
Si nos guiamos por la documentación encontrada en los archivos, ésta es una de las reliquias que aparecen con más asiduidad, debido, principalmente, a que era, de las reliquias de Cristo, la más solicitada y por tanto la más interesante para los distintos monarcas. Aunque la consiguió Martín el Humano, fueron muchos los reyes que, con anterioridad la solicitaron.
Por lo tanto, la documentación, los acontecimientos históricos, e incluso legendarios, que se desarrollaron en esos momentos, nos ofrecen garantías de la venida de la reliquia a la Corona de Aragón en fecha temprana, además de aportar datos precisos de sus antecedentes y apoyar la hipótesis de la llegada de reliquias desde Roma a la Península. Estos datos, analizados con objetividad, convierten a las diferentes versiones del Santo Cáliz y la veracidad de cada una de ellas en un hecho probable, ya que cada una de las fuentes se apoya entre sí.

jueves, 8 de mayo de 2014

El Santo Cáliz de Valencia. Catalina Martín Lloris





DESCRIPCIÓN DEL SANTO CÁLIZ DE VALENCIA

A la hora de analizar la pieza me remito a la obra que en 1960 escribió el catedrático de la Universidad de Zaragoza Antonio Beltrán, dado que como arqueólogo e historiador, el análisis que él realizó de cada una de las piezas y de la copa en general es el más completo y profundo de los llevados a cabo hasta el momento. Sin embargo, para realizar el estudio de la reliquia también es importante ver los análisis que se han hecho de ella hasta el de Beltrán.
Los inventarios antiguos lo mostraban como un Cáliz con asas y una altura de 17centímetros. Su copa la describían de ágata y su medida era de 9 centímetros de diámetro. Su base, o pie, también de ágata con forma elíptica, de 14,5 por 9,7 centímetros. Todo lo demás: fuste central con su nudo, dos asas laterales y la montura de su base, era descrito como oro, finamente burilado. En la montura de la base lleva engastadas 28 gruesas perlas, dos balaxes y dos esmeraldas.
En el año 300 había también cálices de oro y plata, aunque sean los de vidrio los más característicos de tiempos de persecución. Más tarde, durante la Paz de la Iglesia, Constantino donó cálices de metales preciosos enriquecidos con perlas a varias iglesias. También San Jerónimo (342-420) hablaba de cálices vaciados en duras piedras (ónice o ágata probablemente), como el de la Catedral de Valencia. Además cabría destacar que en Occidente la caída de Roma y el empobrecimiento consiguiente a las invasiones, se reflejó también en la utilización de los materiales con los que se realizaban los cálices. Estas afirmaciones han llevado a algunos historiadores a afirmar que si hay algún ejemplar precioso en los siglos V y VIII proviene del Oriente cristiano.
Al mismo tiempo, por los mosaicos y sarcófagos de los siglos V y VI sabemos que el tipo de dos asas estaba en uso, ya que algunos investigadores afirman que era obligatorio en tiempos de San Gregorio Magno (590-604). Este tipo persevera hasta el siglo X tanto en Occidente como en Oriente, como el de San Marcos en Venecia, y contemporáneamente subsiste el Cáliz sin asas, copa redonda, nudo y pie, el de Zanon, el de San Eloy (Chelles). Estos datos podrían ayudarnos a contextualizar el cáliz de Valencia. Sin embargo para nosotros el hecho de que el cáliz tenga o no asas no es importante, ya que según el estudio arqueológico éstas fueron puestas más tarde.


Si realizamos un análisis descriptivo de la pieza encontraríamos la copa, que estaría formada por la copa en sí, que estaría labrada en calcedonia. La calcedonia es un conglomerado de minerales de cuarzo en una variedad llamada cornalina, de color rojo cereza, también conocida por los nombres de cornarina o cornarina oriental. También podría ser sardónica o sardonice con un color rojo sanguíneo o pardo; e incluso presenta en uno de sus lados un amplio veteado grisáceo muy parecido al del ágata. Este sistema para colorear el ágata se sabe que ya lo usaba Plinio y que aún se usa en Oberstein, una región del Palatinado. El método consiste en que se sumergen las copas de ágata nativa en aceite, cada una lo absorbe desigualmente, luego se hierven en ácido sulfúrico, que ataca y modifica de forma diferente la materia orgánica que las impregnaba, convirtiéndola así en materia colorante. Este proceso explicaría las distintas coloraciones de la copa y por esto podría ser calificada de ónice, como ya hizo en su tiempo Attilio Zuccagni, director del gabinete de Historia Natural de Florencia bajo el reinado de Carlos IV de España, según transmitió el padre Villanueva.


El pie de la copa no es de concha sino de calcedonia, de color brillante y muy diáfano al trasluz, parece más opaca y oscura de lo que es. Tiene una inscripción árabe cúfica y la calidad del trabajo y de la piedra es muy distinta e inferior al de la copa. Es como una copa en posición invertida, según Beltrán. Es un pie casi rectangular con los lados cortos redondeados, rehundidos en el interior con 4 y 3 centímetros de eje mayor y menor y una altura de 5 milímetros. La naveta tiene todo el borde recubierto de una fina y estrecha lámina de oro. Éste no es su apoyo actual, sino que sirve de pieza de engarce de una montura que reproduce la forma de la naveta, con adorno de perlas, estando rematada por una forma labrada y calada con un aspecto muy gótico y absolutamente distinto al del resto de la orfebrería del nudo. Esta montura se sujeta al borde de oro con dientes triangulares que debieron doblarse con alicates y dejaron su huella. Así aparecen dos hipótesis: o se usó una naveta de culto como pie del Cáliz que ya estaba enriquecida con filete de oro, o se puso cuando se montó el Cáliz porque era lo que se apoyaba en el suelo; si es esto último se pondría después porque la montura ideada no daba demasiada seguridad. La naveta que forma el pie puede hoy separarse del conjunto del Cáliz. Su base está encajada en un recipiente que hay en el extremo inferior del nudo, al que queda sujeto mediante cuatro tirantes de oro. El nudo que une la parte inferior con la copa la podríamos dividir en tres partes muy diferenciadas entre sí. El nudo en sí, globular, achatado y unido por tallos de corte hexagonal y en cuyo interior se asienta, pegada, la base de la copa. Además tendría las dos asas en forma de media S que corren entre las dos piezas extremas ya reseñadas, una por cada lateral. Y finalmente la montura y la guarnición con el óvalo de oro calado y los cuatro tirantes articulados sobre los cuales hay 27 perlas y 4 piedras. El oro de esta parte está burilado con decoración de entrelazos, que dejan en cada banda espacios lisos o puntillados delicadamente a buril y en cambio rellenan el fondo con motivos vermiculados y otros de aspecto nielado, dispuestos profusamente, como en un “horror vacui” muy característico. Además esta parte del Cáliz presenta en las dos facetas laterales exteriores un motivo vegetal gótico de hojitas con nervio central, lo que es un aspecto importante porque, como ya en su día destacó Beltrán, confirma que esta parte, al igual que las perlas y esmeraldas de la base, fueron puestas posteriormente. Por lo tanto podríamos concluir con la misma afirmación que en su día hizo Antonio Beltrán, que el Cáliz tal y como hoy lo conocemos estaba ya montado en San Juan de la Peña en 1399 y no se modificó en Valencia salvo la restauración de 1744 y la sustitución, no se sabe cuándo, de alguna de las perlas y de una piedra en 1959. El resto está intacto por lo menos desde el siglo XIV. Es imposible que los pies sean posteriores a 1399, aunque es correcto suponer que la copa antigua haya podido recibir de otra copa el pie y la orfebrería del siglo XIII, incluso es probable que sea un poco posterior a estas fechas el conjunto de base del pie y de tirantes de sujeción del mismo. De hecho observamos que la tipología de las copas durante la baja Edad Media guarda similitudes con la reliquia del Cáliz. Son pocos los ejemplos que quedan en la Corona de Aragón de cálices y, sin embargo, los que existen catalogados de 1350 a 1493 guardan características similares. Por lo tanto, aunque la copa propiamente dicha se corresponda con el siglo I y la época de Jesucristo, la decoración se realizó posteriormente con el estilo que entonces prevalecía en la Corona de Aragón. Lo que es cierto es ya en 1399 estaba como en la actualidad, como consta en el pergamino 133, fue aproximadamente desde 1350 hasta 1399 cuando los monjes embellecieron la reliquia por la importancia de ésta. De este modo y al hacerlo en este periodo lo hicieron con las formas que se usaban en ese momento.
Siguiendo el estudio que Nuria de Dalmases hace de la orfebrería medieval, observamos que los cálices más importantes de este período tienen numerosos parecidos con el revestimiento que a la reliquia se le hizo en esta época. Aunque son pocos los cálices conservados de época medieval, la mayoría estaban realizados en Barcelona. Son en su mayoría de plata dorada y si no es en su totalidad sí en algunas partes. Esto ocurre con el Cáliz. No podemos analizar aquí la copa, ya que es una reliquia, pero sí los añadidos que se hicieron posteriormente. Estructuralmente los cálices se dividían en tres partes, el pie, el eje y la copa. La copa ha sido ya analizada por el catedrático Beltrán como pieza arqueológica, sin embargo, el eje y el pie fueron añadidos posteriores que siguieron la moda de la época. La mayor decoración se colocaba, justamente, en estas dos partes, en el eje y en el pie, si bien en algunos ejemplos como el cáliz de Galcerà de Vilanova o el de la Seo de Urgell no ocurre esto, pero son de época posterior.
Otro aspecto interesante es la inscripción que aparece en la base del cáliz como dato interesante que nos aporte más información sobre la reliquia. La inscripción es árabe, puesta casi paralela al eje menor: “li-Izahirati” o “lilzahira”, o sea, “para el que reluce”, “para el que da brillo”, o sea, “para Dios”. Por lo tanto esta vasija pudo ser usada como naveta para incienso. También se cree que podría decir “para la más floreciente”, entendiendo que se refiere al Alcázar que Almanzor mandó edificar para su recreo en Córdoba, que se llamó azzahira, siendo de fabricación cordobesa y oriental. También podría ser “al que más brilla”, dirigido a Jesucristo. Esta inscripción era usual utilizarla en la época para aquellas piezas de uso religioso.
En el nudo de unión del pie con la copa aparece toda la decoración de esgrafiados y oro. La particularidad que presenta la cubrición que le hicieron al cáliz es la de ponerle asas, pues no era lo corriente entre los cálices de la época, como el del Papa Luna, en Peñíscola, el del conde de Mallorca o el del Museo del Louvre. En este caso salen dos asas con forma de S a cada lado con multitud de decoración de esgrafiado.
Finalmente, podríamos concluir afirmando que el trabajo de orfebrería del Santo Cáliz es de la misma mano y época pero muy desigual; el vermiculado, el punteado y la decoración de las asas es de gran finura y los entrelazos, ochos y líneas del nudo y los dos apoyos de los fondos de las copas son menos hábiles.
La copa superior, procedente de un taller oriental, helenístico-romano, de los siglos II y I antes de Cristo. La naveta del pie, con reborde de oro, originaria de taller cordobés o tal vez fatimita, siglo X al XII. Las asas, nudo y orfebrería, obra singular de orfebre gótico de fines del siglo XIII o primera mitad del siglo XIV con presencia de ideas del mundo musulmán; un fuerte poso de las miniaturas mozárabes, conocedor de las técnicas orientales y mediterráneas y hasta de los modos de hacer mudéjares, pero imbuido en lo esencial por lo carolingio. Los tirantes del pie son de muy inferior calidad y por sus características se habrían realizado hacia la segunda mitad del siglo XIV. Las piedras y perlas son de los siglos XII al XIV.
Las distintas piezas del Santo Cáliz se reunieron en San Juan de la Peña, donde fueron montadas por un orfebre, que debió de trabajar allí, mejor francés que mozárabe o mudéjar, a principios del siglo XIV. Después, tal vez de otra mano, se le añadió el borde actual del pie con los tirantes, perlas y piedras; en 1399 estaba como hoy lo conocemos, o por lo menos así figuraba en el inventario de Martín el Humano en 1410. La montura y los añadidos del pie pudieron hacerse en Zaragoza o Barcelona entre 1399-1410. De la datación de la copa y la situación geográfica del taller se deduce la más absoluta fidelidad arqueológica. El resto de las piezas se añadieron por el valor y la importancia que el Santo Cáliz tenía.

viernes, 2 de mayo de 2014

EL SANTO CÁLIZ




RECORRIDO Y CRONOLOGÍA




1134
Según J. A. Ramírez, existe un documento del 14 de diciembre en el Monasterio de San Juan de la Peña en el que se nombra el Santo Cáliz.

1135
Ramiro II dona a San Juan de la Peña, como compensación por el cáliz de piedra preciosa que le han dado, los terrenos de Villanovilla, Bescós y los lugares de Garcipollera.

1399
(agosto, 24. Zaragoza) El rey Martín el Humano pide la reliquia del Santo Cáliz de la Última Cena a los monjes de San Juan de la Peña, para mostrársela a unos extranjeros.

1399
(septiembre. Zaragoza) El rey Martín el Humano, en dos cartas (días 10 y 23), pide el Santo Cáliz de la Última Cena a los monjes de San Juan de la Peña.

1399
(septiembre, 26. Zaragoza) Los monjes de San Juan de la Peña entregan a Martín el Humano, en la Aljafería, la reliquia del Santo Cáliz.

1407
(2 de diciembre) Martín el Humano, en el Monasterio de Vall de Crist, dicta su último testamento ante el notario Ramón de Comes, y dispone que las reliquias se conserven en la capilla que había construido para ellas en el palacio de Barcelona y lega a su rector y monjes la cantidad de siete mil sous para atender la capilla.

1408
Martín el Humano hace donación de las reliquias y la custodia y gestión de la capilla a los celestinos.

1422
(15 de julio) Alfonso el Magnánimo traspasa la gestión de la capilla real del palacio de Barcelona, con todas las pertenencias, incluidas las reliquias que había en ella, a los mercedarios.

1424
(8 de noviembre) Alfonso el Magnánimo paga a Antoni Sanz, Paborde de la Seo de Valencia y Mestre de la capilla real, por los trabajos que éste había realizado por orden real, haciendo dos cajas nuevas para guardar las reliquias de la capilla real de Barcelona.

1425
Se realizan obras en la segunda torre del Palacio Real de Valencia para hacer la capilla de Santa Caterina para contener las reliquias del rey.

1430
La ciudad solicita tener las reliquias que, debido al préstamo que hicieron al rey la Catedral de Valencia y el Ayuntamiento, son de las dos instituciones y siempre están en la Catedral.

1432
(6 de abril) Se paga a Pere de Mora, del Monasterio de Santes Creus, por llevar a Valencia todo lo que quedaba en la capilla del palacio de Barcelona a Valencia, en los meses de marzo y abril.

1432
(16 de abril) Se paga a Miguel de Vera, Sobreazembler de la casa real, por las misiones realizadas junto con el rey de Navarra en el traslado de seis cargas de reliquias de la capilla real de Barcelona a Valencia, pasando por la Cartuja de Portaceli.

1435
(4 de junio) Se acuerda depositar en la Sacristía de la Seo de Valencia algunas reliquias que estaban guardadas en un armario del Archivo del Racional.

1437
(18 de marzo) Se efectúa el traslado de las reliquias del Palacio Real de Valencia a la Catedral de Valencia.

1437
(27 de abril) Alfonso el Magnánimo escribe una carta al Batle General en la que le pide que las reliquias que estaban en el Palacio Real de Valencia bajo la custodia de Antoni Sanz se guarden en la Sacristía de la Catedral de Valencia por la muerte de Sanz.