viernes, 4 de abril de 2014

El Santo Grial en Aragón (IV). Dámaso Sangorrín






EL SANTO GRIAL EN ARAGÓN. IV

Dámaso Sangorrín Diest
(Deán de la Catedral de Jaca)

Publicado por primera vez en la Revista Aragón,
año III - nº 25, Zaragoza, octubre de 1927

De Jerusalén a Aragón

Con los datos y razonamientos del capítulo precedente creo haber demostrado que "el cáliz de Valencia puede ser el que usó Jesús en la Cena eucarística", tal como hoy se encuentra en sus materiales, figura y decorado; que era lo que nos interesaba saber y a cuyo esclarecimiento he encaminado las averiguaciones directamente como fundamento de las que han de venir, no fuera que, entusiasmado con tan bello asunto, cayera el investigador en el absurdo de sostener como real una quimera y de proponer como verdad historica lo que careciera hasta de verosimilitud.
Indirectamente, además, esos datos arqueológicos pueden servirnos para clasificar los otros dos Vasos que han quedado los últimos en disputarle al nuestro la autenticidad: el de Jerusalén y el de Génova.
Hemos visto que en aquellos tiempos se preparaba el vino amerado en un gran recipiente llamado cratera, del cual se sacaba con un cazo para llenar las copas de los comensales. Aquel Cáliz del Señorque se veneraba en Jerusalén - si es que se veneró, que no pudo ser antes del siglo IV como decía Antonino, ni despues de la invasión de Omar en el VII como le dijo el monje Pedro al obispo Arculfo y éste a Adamnán y éste a S. Veda, y en el tiempo intermedio no lo menciona nadie- aquel Vaso pudo haber sido la cratera o depósito del vino en la Cena de Jesús, ya que por su forma de ancha boca y por su gran capacidad de más de siete litros se prestaba magnificamente para este objeto: y hasta el ser de plata, como dicen que era, corresponde a la opulencia del dueño del cenáculo y a la suntuosidad de la habitación, del Cáliz del Maestro y de todo el servicio de mesa y lavatorio. Y por eso, en cierto modo puede ser llamado "Vaso del Señor", puesto que sirvió en la Cena del Señor para contener el vino que se bebió en ella, del cual tomó Jesús el que convirtió en su Sangre preciosa.
El de Génova -que todavía existe- tiene un historial más claro, aunque con las dudas y variantes que han acumulado las leyendas de tantos siglos. Su mismo nombre de Catino, que ya sabemos que no es copa ni vaso, le resta todas las probabilidades de competencia con nuestro Cáliz. Sin embargo, ya que la tradición o leyenda o lo que fuere se ha sostenido hasta nuestros días reconociéndolo como "Vaso de Jesús", y la Academia de Ciencias de París lo declaró ser un objeto de muy remota antiguedad, veamos qué papel pudo hacer en la sagrada Cena. Muy parcos los evangelistas en anotar detalles de la vida del Maestro, puesto que les interesaba más su santa doctrina para enseñanza y conversión de todas las gentes, solamente mencionan con la suficiente extensión los dos más notables sucesos de aquella Pascua memorable: la institución de la Sma. Eucaristía y el Lavatorio de los pies. De la primera no citan más objetos que el Cáliz de que se sirvió el Señor y el plato general donde debió estar el cordero asado de la cena pascual; del segundo nombran la jofaina y la toalla, nada más: ni los vasos o copas de los discípulos, ni la cratera, ni el ánfora de agua para servir en la jofaina, ni los demás adminículos de la mesa. Por eso debemos recoger con más amor y veneración estos contados datos arqueológicos que nos suministran los Evangelios. El Sacro Catino, ya que no pudo ser, evidentemente, por su escasa profundidad la jofaina del lavatorio, bien pudo ser el plato del asado por su forma y tamaño, que quedan descritos antes. Con dos nombres lo citan los Evangelios, aunque Jesús no lo nombró más que una vez cuando, al preguntarle los discipulos quién era el traidor, dijo: "El que pone la mano conmigo en el plato". En la parópsi, dice S. Mateo; (parópsis es fuente ovalada o rectangular): en el catino, dice S. Marcos; (catino es plato hondo o simplemente plato). En ambas acepciones de la versión latina, no es copa o vaso de beber, sino lo que es el de Génova; un plato de mesa: muy venerable por haberse servido de él el Hijo de Dios en la cena legal, pero de ningún modo el Cáliz eucarístico.
Orillados por sí mismos y sin grande esfuerzo estos dos Vasos célebres, a los cuales ya no los debemos mirar como rivales sino como compañeros del nuestro en aquella sacratísima Cena, nos queda el de Valencia como posible arqueológicamente. Ahora hay que presentarlo como probable históricamente, y de allí deducir la certidumbre moral en respuesta a esta cuestión que quedo planteada: "Si la Providencia ha dispuesto en sus altos juicios que se conservarse hasta hoy el Cáliz de la Cena eucarística, ése es el de Aragón".
El Cáliz de Jesús es en su Iglesia una reliquia insigne. Si no es la principal, porque acaso lo sea la Santa Cruz, fué, antes que ésta, la primera y la más augusta que poseyeron del divino Maestro sus discípulos.
Con el nombre de reliquia se entiende aquí todo lo que pertenece al Señor, a su Sma. Madre o a sus Santos: lo mismo los despojos fúnebres de sus cuerpos -exceptuados, necesariamente, los de Jesús y María que están íntegros y gloriosos en el cielo- que las prendas de su vestido, los objetos de su uso particular y los instrumentos de su martirio. Reliquia viene de relinquere, que es "dejar"; dejar señal o recuerdo de algo; quedar una parte de un todo que ya no existe; lo que ha podido conservarse de una destrucción.
Las reliquias en este sentido, aunque sean excelentes medios para sostener la fe y avivar la devoción, no son absolutamente necesarias en la Iglesia de Cristo, pues sabemos que cerca de trescientos años estuvo privada la cristiandad del rico tesoro de la Santa Cruz del Redentor, hasta que Santa Elena la encontró por inspiración divina. De todas las reliquias que hay en la Iglesia Católica, solamente una tiene autenticidad tan clara y excelsa, que nos obliga a creerla como artículo de fe, y es la Sagrada Eucaristia "que nos dejó Jesús en su admirable Sacramento como memoria de su Pasión" (además de ser esencialmente el Pan de vida eterna): todas las demás, por muy venerables que sean, carecen de esta tan alta autenticidad, aunque tengan para los fieles la garantia máxima de la aprobación de la Iglesia, ya cuando prescribe el grado de culto que se les haya de tributar, ya cuando permite exponerlas a la pública veneración.
Volviendo a aquella memorable última Pascua del Maestro, hallamos que se conservan hasta el día de hoy, la mesa en la Basílica Lateranense, sus manteles en Viena de Austria, la fuente o catino del cordero pascual en Génova, y quizá se guardó algún tiempo en Jerusalén la cratera de mezclar el vino: ¿por qué no se ha de conservar también el Santo Cáliz, el objeto más precioso y venerado de aquella velada? El dueño de la casa y de todas esas reliquias, que era uno de los discípulos de Jesús y que recibió con ellos el Espiritu Santo en su misma habitación; que la cedió generosamente desde el día de la Cena a los apóstoles para su refugio hasta la resurrección y ascensión del Maestro y para la iniciación de la Iglesia en las semanas siguientes; que les permitió retener - o más probablemente les regaló- esos objetos que habían servido en la santa Cena, ¿se había de mostrar duro o tacaño en conservar para sí el Cáliz del Señor?
Para comprender cómo los Apóstoles, que tan solícitos estubieron en recoger las santas reliquias de aquella noche, fueron tan descuidados en guardar la Cruz, su título y los clavoes (que permanecieron por permisión divina tres siglos enterrados en sitio completamente desconocido), tenemos que colocarnos mentalmente en su lugar y situación en aquellas horribles horas del prendimiento, acusación, sentencia y ejecución del Maestro cuando todo Jerusalén parece que respiraba odio y persecución contra El y sus amigos, y cuando el más valiente y obligado, Pedro, que en su natural impetuosidad había esgrimido la espada para defenderlo, cayó luego en la depresión de negar que conociera a Jesús Nazareno "Muerto el Pastor, se dispersó el rebaño"; y solamente se creyeron un poco seguros en la casa de un príncipe del pueblo, y allá huyeron, al Cenáculo del Padre de familia: hasta que, reanimados y confirmados en la fe a la vista del Maestro resucitado, y vivificados después por el fuego del Espíritu Santo, emprendieron animosos y sabios la conquista espiritual de todo el mundo. En esos días de preparación para esta empresa verdaderamente sobrehumana, tuvieron tiempo y ocasión suficientes para recoger y guardar todas las reliquias del Salvador que sabemos que han llegado hasta nosotros y algunas otras que en el transcurso de tantos siglos habrán perecido.
Y nadie se acordó -insistira alguno- de guardar la Santa Cruz que era la principal reliquia de la Redención; dando lugar con este olvido a que se perdiera entonces, a que estuviera tres siglos sin la veneración debida y a que tuviera que intervenir con prodigios la Providencia para su invención y autenticación ... Que equivale a decir, que con el mismo cariño y estima ha de conservar los hijos el reloj de su padre difunto, sus joyas, su cartera, sus libros y objetos predilectos, que las armas con que quizá fué asesinado o la argolla vil con que, aun inocente, perdiera la vida en el patíbulo. Si no es con cierta cantidad de atención, no podemos ahora darnos cuenta de la infamia y maldición que representa la cruz por sí misma y por los crueles sufrimientos y agonía lenta que padecían en ella los ajusticiados. Ahora vemos en la Cruz la señal de redención, de triunfo, de gloria y de honor: pero los Apostoles veían en ella entonces nada más que el horrendo y espantoso madero del suplicio.
Por otra parte -y conviene reforzar este punto histórico, ya el Santo Cáliz era, fuera de la Cruz, la más augusta reliquia del Maestro- nos es muy fácil en la actualidad el creer en la divinidad de Jesucristo, después de tantos siglos de predicaciones, de milagros y de frutos que la confirman, y necesitamos más esfuerzo de asentamiento para creer que el divino Maestro era también hombre verdadero, tal como nosotros, "en todo semejante a los hombres, menos en el pecado"; pues parece que su humanidad quiera esfumarse en nuestra pobre inteligencia entre los destellos de su inefable divinidad.
Muy de otra manera ocurría en tiempos de los Apóstoles: predicaban la doctrina de Jesús, Hijo de Dios, a gentes que, creyeran o no creyeran que era el Mesías, lo habian conocido y reputado los mas como hombre solamente, a pesar de sus estupendos milagros, y como un hombre condenado a muerte lo habían visto morir de dolor en un suplicio infamante. Y para inculparles a aquellos judíos "de dura cerviz" la divinidad del Maestro, mejor que recordarles su Cruz y sus humillaciones, era proponerles el trunfo de su Resurrección y la gloria de su Ascensión, que muchos del pueblo habían presenciado. Aun S. Pablo, algunos años después, luchaba enérgicamente para convencer a los pueblos de que por la "estulticia", necedad e infamia de la Cruz se habían de salvar los creyentes.
La prueba que se basa en la argumentación que los dialécticos llaman a pari, o también ex regulariter contingentibus (por lo que ordinariamente ocurre; por el camino normal de los sucesos) tienen una fuerza incontrastable cuando se aplica a objetos no exceptuados, es decir, que no se salen del curso regular de los acontecimientos por aquello de que "las mismas causas, aplicadas en idéntico proposición, producen siempre iguales efectos". Pero cuando el suceso y el objeto de la averiguación son excepciones de la norma corriente entonces hacen falta otras pruebas apodícticas que demuestren su existencia fuera de la norma, o a pesar de la norma. Este género de probanza, muy lógico y racional y de constante aplicación en toda clase de disciplinas, nos va a servir en ésta para explicar algunos extremos que de otro modo quedarían obscuros.
Puesto que los Apóstoles pudieron conservar piadosamente en aquellos primeros días de su actuación los objetos que había usado el Maestro en el misterioso banquete de despedida y muchas otras reliquias Suyas que todavía subsisten y honran a las iglesias que las poseen, no hay razón alguna para exceptuar de ellas el Santo Cáliz que era la más insigne y la que les recordaba vivamente aquel primer Sacrificio del Nuevo Testamento, que era testimonio, a su vez, de la Pasión del Maestro, de la Redención del mundo y del origen de su ordenación sacerdotal con potestad para perpetuarla.
Al separarse los discípulos, después de la venida del Paráclito para anunciar la Buena Nueva a todas las naciones, no es extraordinario ni excepcional que el Cáliz que usó el Maestro quedara en poder del primero de sus Apóstoles, a quien había constituído Jefe de su Iglesia y Pastor de los Pastores: lo excepcional, y por lo tanto inexplicable sin el concurso de una prueba plena y decisiva, sería que hubiera ido a parar a otras manos. Así es que podemos seguir creyendo que el venerado Cáliz del Salvador pasó de Jerusalén a Roma por conducto y bajo la piadosa custodia de su Vicario y Jefe visible de su Iglesia: siendo también muy natural y creíble que se sirviera de este sagrado Vaso S. Pedro para celebrar el Santo Sacrificio, como consta por antiquísima tradición que se servía para altar de una parte de la mesa de la cena, la que todavía se venera en Latrán.
Respecto al tiempo intermedio y lugares donde pudo estar el Santo Cáliz desde Jerusalén a Roma, hay un precioso dato que encuadra admirablemente en su historia y es éste: Al no haber encontrado los Cruzados en Palestina rastro alguno del Cáliz del Señor, vino a Occidente con ellos la idea -conservada en aquellas regiones orientales por inmemorial y constante tradición- de que la insigne Reliquia había estado algún tiempo venerada en Antioquía, y que un obispo de esa ciudad la había llevado a Roma. Entre otros autores que se han hecho eco de esta tradición, merece especial mención por su modernidad el tenor Viñas en una conferencia que dió en la "Asociación wagneriana" de Madrid, a raíz del estreno de Parsifal en España. Sus palabras temáticas fueron éstas: "Un obispo de Antioquía fué quien llevó el Grial (todavía no se llamaba así entonces) de Oriente a Roma". Perfectamente: puesto que el Príncipe de los Apóstoles fué el primer obispo de Antioquía antes de trasladar su Sede a la capital del Orbe, continúa siendo normal y fácil el camino del Santo Cáliz, llevado por S. Pedro a Roma. De aquí se puede también deducir lógicamente que este primer Pontífice no consideró la sagrada Reliquia como propiedad personal, ni aun como de pertenencia apostólica -pues en este caso pudiera haberla dejado en Antioquía- sino que entendió cumplir la voluntad providencial llevándola al centro de la Iglesia, para que siguiera en poder de sus sucesores en el máximo pontificado, Vicarios de Cristo como él.
Y si, por seguir hasta el pie de la letra esta tradición, persistimos en creer que no fué S. Pedro sino otro obispo quien llevó de Antioquía el Cáliz, nos hallamos inmediatamente fuera de la normalidad ¿Qué otro obispo después del Apóstol pudo poseer el Santo Vaso?¿Por cuál camino y con qué derecho? Extremando las concesiones -que son excepciones sin justificar- supongamos que S. Pedro dejó la santa Reliquia en poder de su sucesor en Antioquía S. Evodio y que de éste pasó a S. Ignacio y luego a otros sucesores, hasta que uno de ellos llevó a Roma: y aquí tenemos que este traslado, que se ve muy fácil en los tiempos de S. Pedro, puesto que no había principiado en Roma la persecución contra los cristianos, se hace inexplicable en los tiempos de sus sucesores en Antioquía, cuando ya se había generalizado la persecución en todo el imperio romano. Sí que fué a Roma un obispo de Antioquía, el insigne mártir y doctor S. Ignacio, pero conducido cargado de cadenas como un criminal por orden de Trajano, para ser arrojado en el anfiteatro a las fieras, que no dejaron de su cuerpo más que los huesos más duros. Siendo tan sencillo y natural el camino de S. Pedro, que siempre lo ha sostenido nuestra tradición y no repugna a la oriental, ¿por que se ha de buscar otro fuera de lo corriente?
Una vez en Roma el Santo Cáliz y vinculada su posesión en el Jefe de la Iglesia, lo normal y lógico sería que lo poseyera hoy el actual Papa, si los tiempos hubieran sido normales en tantos siglos de distancia. Pero al recordar cómo fué perseguida la Iglesia y sus Jefes desde los años de Nerón, y por cuántas y cuán terribles pruebas pasaron los fieles en las cruentas y feroces persecuciones de que fueron víctimas, parece que lo natural y explicable sería el que se hubiera perdido esta riquísima Copa en alguna de las innumerables expoliaciones y confiscaciones que decretaron los emperadores romanos contra los cristianos y sus propiedades: y, en efecto, se perdió: se perdió para Roma.
Veintitrés Papas sin interrupción después de S. Pedro, que consagraron y bebieron como él en el Cáliz del Rdentor su divina Sangre, dieron la suya propia en testimonio de su fe y en defensa de la doctrina y de la grey cristiana: veintitrés veces subió otro Jefe a reemplazar al sacrificado con la esperanza cierta de seguirlo también en el sacrificio, y con el temor de que los perseguidores arrebatasen entre los tesoros de la Iglesia -que los buscaban tanto o más que las vidas de los Pontífices- la sagrada Reliquia de la última Cena del Maestro. Pudo ésta librarse por más de dos siglos de la rapacidad de los enemigos, sabe Dios a fuerza de cuántos sacrificios y precauciones, hasta que llegó una época de tal violencia en la persecución de Valeriano y Galieno (año 258, según otros, 261) que el buen Pontífice Sixto II creyó fundadamente que todo estaba en inminente peligro de perderse; su vida, como las de sus antecesores, y todos los objetos de valor que aún poseía la Iglesia. Resistiendo enérgico las intimidaciones para que los entregase, fué encarcelado y condenado a muerte; pero halló medio de ordenarle a su fiel Diácono y tesorero Lorenzo que vendiera inmediatamente todos los tesoros y distribuyera el dinero entre los pobres. Cumplió el insigne tesorero la orden de su Pontifice, y aún tuvo la satisfacción de salir a su encuentro cuando caminaba al lugar del suplicio, cruzándose entre los dos aquellas memorables palabras: "-¿A dónde vas, Padre, sin tu hijo?¿A dónde va el Pontífice sin su diácono? Nunca solías celebrar el Sacrificio sin tu ministro y ahora prescindes de mi. ¿En qué he ofendido a tu Paternidad? ¿Me has encontrado desleal en algo? Mira que ya he repartido los tesoros que me encomendaste y puedo ir libremente contigo. No me abandones, Padre Santo! - No te abandono, hijo, ni te inculpo: ya tendrás tu parte en la victoria (del martirio). A mi ancianidad le basta con este pequeño combate (la decapitacion): a tu juventud y fortaleza se le reservan mayores tormentos y más glorioso triunfo. Pasados tres días le seguirá al Sacerdote su Diácono". Y así sucedió: S. Sixto fué decapitado el 6 de Agosto y S. Lorenzo martirizado el 10.
Esto es lo que refiere la Historia eclesiástica, apoyada en venerables documentos. Murió el Pontifice, murió el tesorero y los pobres se beneficiaron de los tesoros que tanta codicia inspiraban a los perseguidores.
¿Qué se hizo el Santo Cáliz? Continuando el género de razonamiento empleado hasta aquí, naturalmente, lógicamente debió perderse entre los pobres de Roma entregado por S. Lorenzo en aquellos cortos y aciagos días, o más bien entre los logreros y joyeros de la ciudad a quienes el santo tesorero les vendiera las alhajas para distribuir su precio entre los fieles necesitados. Y puesto que la conservación del sagrado Vaso se sale de lo natural y corriente, es necesario que haya una prueba que acredite que nuestro insigne compatriota no lo entregó a los pobres ni lo vendió, sino que halló un medio de librarlo eficazmente de las pesquisas de los emperadores de Roma. Esta prueba es la tradición constante en Aragón, consignada por todos los escritores que tratan del asunto desde los tiempos más antiguos, según la cual S. Lorenzo no quiso vender el Cáliz del Señor, movido de su gran veneración a tan augusta Reliquia, sino que lo entregó con carta suya a personas de su país para que lo trajeran a Huesca, su patria. Tan generalmente extendida se hallaba en España esta antiquisima tradición, que dió lugar en los siglos pasados a la especie errónea -sostenida por algunos escritores valencianos- de que fué Valencia y no Huesca la patria del glorioso Diácono, por el hecho de estar en Valencia el Santo Cáliz y constar por las memoria antiguas que S. Lorenzo lo había enviado a su patria. Pero esta pretensión, desacreditada apenas nacida, no merece ya ni una línea de refutación.
Viene a corroborar la piadosa creencia del envío del Santo Cáliz por S. Lorenzo a España, lo que quedó insinuado en el capitulo anterior acerca de uno de los frescos de la Basílica del glorioso Diácono, extramuros de Roma. Si lo recuerda el lector, en dicha pintura mural - atribuída por Fleury al siglo XIII - está el oficiante entregándole a un soldado arrodillado un cáliz con asas, y que parece recibirlo con adoración, acompañado de otro soldado armado, como testigo del acto o como defensor de la alhaja. En la completísima Guía moderna de Roma, titulada Rompilger, escrita por Mr. De Waal, Rector que ha sido treinta años del Campo Santo de la misma Basílica de S. Lorenzo fuora le mura, al llegar a ella pone estas preciosas frases que ilustran de modo admirable nuestro asunto: "Las pinturas del pórtico representan, a la izquierda la historia de S. Esteban y la traslación de su cuerpo a Roma y a esta iglesia; a la derecha, el martirio de S. Lorenzo y ciertos episodios legendarios en la Edad Media, relacionados con la veneración que se tenía a este santo". Y como uno de esos episodios hemos visto que es la entrega de un cáliz, tenemos que esta creencia se hallaba extendida en Roma en la Edad Media y fué perpetuada en la pintura como hecho notable de la vida del ínclito Mártir oscense.
Contra esta interpretación tan sencilla y natural no vale el argüir diciendo: Puesto que en la Liturgia de aquella época los Diáconos administraban la Comunión y la servían a los fieles en las dos Especies Sacramentales, esa pintura quiere decir que S. Lorenzo le da a beber el Sanguis al fiel que aparece arrodillado, el cual, por devoción, quiere besar el pie del cáliz antes de beber en él: y no hay más significación que ésta en esa escena. -Pero eso (puede contestarse) aunque es verdad que era uno de los ministerios del santo Levita, no es tan insólito y trascendeltal en su vida que mereciera quedar recordado en un fresco, junto a los otros que lo presentan ya sirviendo al Pontifice como Diácono, ya rodeado de innumerables pobres distribuyéndoles los tesoros de la Iglesia, ya dialogando con S. Sixto cuando era conducido al suplicio, ya finalmente cuando él sufrió el suyo tostado en las parrillas. Además de que este simple hecho de que un Diácono de entonces dé la Comunión, no es para originar leyendas en la Edad Media ni en la Moderna ni en ninguna de las que han de venir.
¿Con quién y a quién mandó el Cáliz S. Lorenzo a Huesca? Cuestiones son éstas que, de no poder resolverlas satisfactoriamente, vale más que continúen en el misterio; y así nos evitaremos muchos errores. Tales como el de un escritor antiguo que "averiguó" que se llamaba Recaredo el sujeto portador de Roma a Huesca, sin tener en cuenta que ese nombre, claramente visigótico, es un feo anacronismo en Roma y en España a mitad del siglo III; o como el de otros autores que afirman "sin dudar" que en Huesca lo recibió naturalmente su obispo, sin pararse a pensar si lo había o no entonces en Huesca; que no lo había aun, pues el primero de quien se tiene alguna noticia cierta es Vicencio, por los años 553, o sea, 300 después del suceso. Más cerca de la verdad estaría quien sospechara si el santo Diácono le envió la venerada Reliquia a su padre San Orencio, que aún vivía, -y quizá también su madre Santa Paciencia- y residía en su patria, en la que fué su casa y posesión de Loret, hoy iglesia de Loreto.
Aquí creo necesario advertir, para evitar el fácil error en que han caído algunos escritores, que este nombre antiguo de Loret que tenía la granja y casa de los nobles padres de S. Lorenzo, donde nació el insigne Mártir y donde está la iglesia actual de Loreto, extramuros de Huesca, no proviene de la santa Casa de Nazaret, trasladada milagrosamente a Loreto de Italia el año 1294, pues se llamaba ya Loret la finca de Huesca desde tiempos muy anteriores a esa fecha de la Casa de Loreto; como lo prueban, entre otros documentos, el de la donación de dicha iglesia de Loret al Monasterio de Montearagón en 1102 y el de la institución de la Cofradía de S. Lorenzo en ella en 1240. Probablemente este nombre viene del antiquísimo Iluro romano, como Lloret de Cataluña, el Olorón de Francia y este Loreto de Italia, que parecen tener todos el mismo origen toponímico.
El portador, o tal vez mejor dicho los portadores del Santo Cáliz desde Roma a Huesca eran españoles, según la tradición; (todavía no los podemos llamar "aragoneses" aunque fueran del mismo Huesca porque no existía aún el nombre de Aragón como país, sino que a lo más les podríamos decir "celtíberos" o "vescitanos" u "oscenses"): eran cristianos, necesariamente, pues de no serlo no les habría entregado S. Lorenzo el sacratísimo Vaso; y eran probablemente soldados, no sólo por lo que aparece en la pintura de la Basílica de Roma, sino porque Roma, centro y señora del mundo, nutría sus Legiones imperiales con soldados de todas las regiones de sus dominios, y es muy natural y casi obligado que no faltaran a la sazón en Roma legionarios de todas las provincias españolas, como no faltaron de nuestra nación sabios, poetas, filósofos y hasta emperadores, que hicieron famoso en Roma y en todo el mundo el nombre hispano. Si aun hoy mismo no sería defícil el hallar en Roma dos españoles a quien encomendar un encargo tan delicado, mucho más fácil debió ser entonces por la grande y necesaria afluencia de gentes de todas clases y de todos los países al centro universal. Y hasta en la clase militar se ve sencillo y normal el retorno a su patria de los residentes en Roma, ya fuese por las necesidades y contingencias del servicio, ya por cesación en él por efecto de la edad o de la terminación de su compromiso en banderas.
Esta es la tradición, única prueba que tenemos para explicar la existencia del Santo Cáliz de Jesús en Aragón: tradición tan verosímil, tan dentro del curso de los sucesos y de los tiempos, que, rechazada ella, todas las demás que pretendieran substituirla habrían de caer forzosamente en lo extraordinario y anormal, cuando no en lo quimérico y absurdo.
Termino este punto con el testimonio de los PP. Bolandistas, cuya autoridad en materias hagiológicas es universalmente admitida sin discusión. Tratando del asunto en las Actas de S. Lorenzo, y después de presentar algunos pequeños reparos, que más bien son lamentaciones de la escasez de noticias y documentos, dicen: "Mas porque, no obstante dichas dificultades, pudo ser que el Santo Levita enviase en realidad el Cáliz a España, de donde parece ser oriundo el Santo, y por otra parte no se exhiben documentos ciertos que convenzan de la falsedad del hecho, por lo tanto dejamos la venerable tradición en el estado en que se halla, dispuestos a confirmarla con más vigor siempre que los españoles eruditos nos comuniquen monumentos oportunos, lo que deseamos vivamente".


(CONTINUARÁ)

jueves, 3 de abril de 2014

El Santo Grial en Aragón (III). Dámaso Sangorrín




El SANTO GRIAL EN ARAGÓN. III

Dámaso Sangorrín Diest
(Deán de la Catedral de Jaca)

Publicado por primera vez en la Revista Aragón,
año III - nº 24, Zaragoza, septiembre de 1927

El Cáliz de la Cena

Algunos atisbos hemos tenido en los precedentes recuerdos históricos acerca del uso general de cálices propios o vasos especiales para beber en la época que venimos estudiando, y de las diversas materias de que estaban formados según el rango o el poder de sus poseedores; pero esto no es suficiente para llegar al límite pretendido.
El "paterfamilias" dueño del Cenáculo, porque era rico y porque así lo exigía la moda de aquellos tiempos, tenía seguramente para su servicio un cáliz precioso, por lo menos, o adquirido por él o más probablemente heredado de sus mayores: y puesto que la ley civil no lo consentía tenerlo de oro, en la preciosidad de sus materiales y en el arte de su ejecución -que no estaban prohibidos- tendría su equivalencia y más que equivalencia con el oro. Pero ese precioso vaso que puso a disposición del Maestro para celebrar su última Pascua ¿era semejante al que ha llegado hasta nosotros con el nombre de "Cáliz del Señor? O de otro modo: ¿Puede demostrarse arqueológicamente que nuestro Cáliz de Valencia es de aquel tiempo, por su figura, por las materias que lo integran y por el arte y sabor de época en su confección?
Un poco largo será el camino para llegar a la respuesta afirmativa, pero el andarlo es de sumo interés para nuestro asunto.
El vaso precioso de José de Arimatea -creamos que era él el dueño del Cenáculo mientras no se demuestre lo contrario- fué el primer Cáliz ministerial de la Iglesia cristiana, así como la mesa donde cenó Jesús aquella benditísima noche fue el primer Altar de la nueva Ley. Y de la misma manera que las otras mesas de uso doméstico fueron empleadas como altares por los Apóstoles y sus sucesores, y las sillas de los patricios o magnates fueron las primeras cátedras (Sedes) de los obispos, y el pan usual las primeras Hostias para el Santo Sacrificio y para la Comunión de los fieles, así las copas de que se servían en la mesa fueron los primeros cálices; con la excepción , en éstos, de ponerlos aparte para que no volvieran a usarse en la bebida ordinaria. Se conservaron desde luego y para siempre en su mismo estado -como cosa inmutable y fundamental- las materias que el Maestro eligió para los Sacramentos, bien sencillas y universales; agua, pan, vino y aceite: pero en cuanto a los utensilios, indumentaria y locales para celebrar los actos del Culto, la Iglesia se acomodó a las circunstancias de lugar y tiempo, y sólo con el progreso de los siglos se han llegado a estabilizar los objetos litúrgicos como hoy los tenemos. Para nuestro caso, repitamos que los primeros cálices de la Misa fueron los vasos y copas que habían servido para beber; eso sí, los más preciosos y adecuados que pudieran tener a mano. Viendo, pues, las clases, materias y formas de los vasos ricos que se usaban en aquella época en el servicio de mesa, llegaremos a saber cómo era o cómo pudo ser el de José de Arimatea, que fué el primer Cáliz de la cristiandad, el Vaso más venerable que ha habido en el mundo.
De este procedimiento se sirve para describir los cálices primitivos el eminente arqueólogo ya citado Ch. Rohault de Fleury en su obra clásica y monumental "La Messe", a quien sigo en lo que va a venir, y con tanta más confianza y seguridad le sigo, cuanto que él no va directamente al "Cáliz del Señor" -aunque lo cita alguna vez- sino que trata de los vasos antiguos y cálices primitivos de la Iglesia como de uno de los objetos litúrgicos de la Misa; y por eso su opinión es más serena y autorizada.
Con la palabra Cáliz entendemos en la actualidad únicamente el vaso empleado para la consagración en el Santo Sacrificio, y ya no se usa generalmente en otro sentido, a no ser en algunos textos de la Biblia donde lo tiene místico o figurado. Su etimología no es segura: Salmerón de Toledo y Vossio dicen que viene del uso de preparar las bebidas calientes en esta clase de vasos y citan unas palabras de Terencio Varrón (siglo I a. de J.C.) que dicen: "Cáliz viene de caldo (voz latina que es "caliente" o "caldeado") porque en él se ponía la papilla cocida (lo que llamamos "caldo") y se bebía caliente". Otros etimologistas dicen que puede proceder de las voces sánscritas kul, reunir, kulakas, vaso, o kalika, botón de las flores; y otros afirman que viene directamente del griego kylix, copa, o kalyx, cubierta o cáliz de las flores. Schalisch en hebreo es vaso o copa de beber. Al cáliz de la Misa lo llamaron alguna vez los escritores eclesiásticos Vaso espiritual, Vaso místico, Vaso de los misterios y Vaso del Señor.
Para la forma de los cálices más antiguos cita Rohault en primer lugar una moneda judía del tiempo de Alejandro Magno (siglo IV antes de J.C.) que lleva en el anverso la vara florida de Aarón y en el reverso un vaso con nudo y pie, sin asas, de gran parecido a las actuales copas de beber. Cavedoni y Saulcy dicen que este vaso es el que servía para poner el vino consagrado (no era consagrado) con los panes sobre la mesa de la Proposición ante el Sancta Sanctorum.
En un vidrio dorado, de origen judío, encontrado en el cementerio de los SS. Pedro y Marcelino en Roma, que representa el Templo de Jerusalén, se ven cántaras y vasos que parece que se utilizaban en los servicios del Templo: dos de esos vasos, con asas, son casi idénticos a los de los mosaicos de Ravena, que luego veremos.
El kylix de los griegos era ordinariamente una copa redonda, poco profunda, guarnecida de dos pequeñas asas, sobre un pie no muy elevado. Tenían también el cáliz naukratites, con cuatro asitas: el que llamaban depas, que se remonta a gran antiguedad, es del mismo género y se hace derivar su nombre de las dos asas que llevaba en sus costados. Los habitantes de Chipre llamaban kotyle a una copa de la misma clase, casi siempre con dos asas, pero más delgada y esbelta. El Cántaro (de poco tamaño, semejante a nuestro botijo) es una vasija para beber de invención griega, según Virgilio en la Eneida; tiene asas y estaba especialmente consagrado a Baco, como el scypho a Hércules: eran de barro cocido. En una pintura mural de Pompeya se ve una mujer poniendo vino en un cántaro de esa clase. Hay otros vasos que se refieren al mismo tipo y época: el carchesio, tenía la copa más elevada y abierta y llevaba dos ligeras asas en sus lados: el cymbio, llamado así por su semejanza con la barca (cymba), tenía dos asas formando volutas: el cyssibio, también para beber, no tenía más que un asa, como las tazas de ahora.
El scypho servía para la mesa, aunque menor que el cáliz, y también tenía asas, según un dibujo de la Biblioteca de Nápoles publicado por Pirro, Ligorio. Un ex-voto procedente del templo de Tanit ofrece la figura de un cáliz con dos asas. Publica Deville un hermoso vidrio de beber, guarnecido de dos asas que imitan serpientes. La forma de nuestros cálices actuales, sin asas, se halla entre los griegos con el nombre de Ooskyphion, pero no servían para beber, sino para comer los huevos: como entre los judíos -según monedas de aquella época- se ven pequeños cálices sin asas, pero se cree que los grabaron en ellas como alusión al juego de los dados.
El arte judío -observa Fleury- debió sufrir bajo la dominación de los griegos y de los romanos una influencia notable, aunque sea privilegio de los grandes artistas el quedar independientes, sea su país el vencido o el triunfante; pero no debemos dudar de que su orfebrería adoptó iguales formas en Jerusalén que las que se usaban en Grecia y en Roma.
En estos países y en aquella época no se echaba directamente en los cálices la bebida de los banquetes, sino que se preparaba en la cratera, recipiente de gran capacidad donde se mezclaba el vino con agua. El escanciador o copero tomaba de este líquido con un cazo (cyatho) y lo distribuía en las copas de los comensales. Este uso lo encontramos en la Liturgia primitiva (cuando los fieles comulgaban también con el Vino consagrado) y en las descripciones del rito romano más antiguas. Esas crateras tenían ancha la boca, como era de necesidad y como se ve en un bronce de Pompeya y en un bajo-relieve de Cizyque: los dos tienen asas. Las ánforas o hydrias de las bodas de Caná eran probablemente crateras de éstas, según Mr. Rohault, el cual dice que sacó un dibujo en la Biblioteca Vallicelliana de Roma de un vaso titulado allí hydria, que pertenece a la mejor época antigua griega; su gran panza está guarnecida de dos asas dobles y adornada de hojas de laurel delicadamente cinceladas. En un bajo-relieve publicado por Bellori se ve un cáliz en la estanteria y debajo un gran vaso con asas, que parece la cratera. La hydria que enseñan en El Escorial como una de las seis que hubo en las bodas de Caná (donde Jesús convirtió el agua en vino) si no recuerdo mal no es de este género de crateras, pues ni tiene gran panza ni la boca a propósito para meter el cyatho, sino vasija de agua.
Hasta en mármoles paganos -continua Rohault- se ven cálices con atributos que parecen cristianos, y cita estos dos: Un fragmento romano de Tréveris ofrece la figura de un cáliz con asas, guarnecido de billetes en los bordes de la copa, de laurel en el cuello o nudo y de picos en la panza: de su copa salen hojas de vid y racimos (indicando, naturalmente, que la copa era para beber vino, pero no el Eucarístico, puesto que no era de procedencia cristiana): y un sarcófago de Pisa, antiguo, presenta un cáliz parecido a los actuales en el cual beben dos palomas. Estos tipos fueron muy generales después entre los cristianos para expresar conceptos místicos. En los monumentos más antiguos abundan las imágenes de cálices con asas; cita muchos ejemplares: una tumba descubierta en S. Remy de Reims, una de las pilastras de la iglesia de Murano, un bajo-relieve de la colección Rasponi de Ravena, un fragmento de pavimento romano hallado en Silchester, una lámpara en Chipre, etc., etc.
Pero aunque en aquellos tiempos estuviera muy generalizado el uso de cálices preciosos con asas, no se ha de entender que carecían de otros vasos y copas de la forma de los actuales, si bien abundan más los ejemplares que revelan por su decorado la costumbre secular de hacer del vaso propio un objeto artístico y suntuoso en lo posible. Presenta Montfaucon un dibujo de sacerdotisas de Isis que tienen de estos vasos cilíndricos: sobre uno se ve la figura del buey Apis, y sobre otro a Harpócrates, hijo de Isis, saliendo del vaso. Este tipo de un niño en un vaso hace recordar ciertas miniaturas muy comunes en el siglo XV que representan al Niño-Hostia en las manos del celebrante sobre el cáliz.
Después de tratar de los nombre y formas de los vasos antiguos, que vinieron a ser los primeros cálices de la Misa, pasa el ilustre arqueólogo a examinar la materia de que estaban confeccionados. Los había de oro, de plata, de piedras preciosas, de vidrio, de cerámica y de maderas finas, como quedó insinuado; todos preparados con arte y elegancia, y algunos de los más ricos adornados con gemas de gran valor. Cita en comprobación de esto multitud de testimonios, de los cuales -omitiendo muchos en gracia a la brevedad- creo oportunos éstos: Cicerón afirmaba de Verres que tenia para beber vino un vaso tallado en una piedra preciosa muy grande, con asa de oro (para inculparle su excesiva afección a la bebida): en el Onomasticon, en Perseo, en Suetonio, en Julio Capitolino, en Manlio, en Marcial, en Propercio, en Prudencio y en otros muchos escritores de aquellos siglos se hace mención de diversos vasos preciosos de gente rica; y recuerda también la represión, muy posterior, de Clemente de Alejandría a los cristianos por usar vasos de plata, poniéndoles como ejemplo que Jesús no usó jofaina preciosa para lavarles los pies a sus discípulos; que ya hemos visto que es idea no muy defendible. En aquel mismo siglo, I de nuestra Era, se hizo popular la clásica frase de Virgilio gemma bibere (beber en piedra preciosa) como signo de opulencia y refinamiento.
Respecto a los de vidrio, que empezaron a usarse por aquella época, pues no hay noticía de ellos en los siglos anteriores, adquirieron tal grado de arte que llegaron a ser tan estimados como los de las más preciosas materias. Apuleyo los cita como modelos de gracia y elegancia, "cuyo precio no dependía del material empleado, sino del sello o mano del artífice". Se conservan todavía muchos ejemplares de esta clase -menos expuestos que los de oro y piedras preciosa a la codicia humana- en los cuales se admira su grado extraordinario de perfección y las dificultades vencidos para su ejecución. Son notables en este género: el famoso cáliz encontrado en Colonia en el jardín de Santa Ursula, que tiene la copa revestida de malla de vidrio, y el que menciona Straub del cementerio galo-romano de Strasburgo, que es un antiquísimo vaso de vidrio, guarnecido de dos asas, montado sobre un rico pie y adornado de diversos dibujos, bastante parecido a los cálices de ahora. Las colecciones públicas -continúa Fleury- están llenas de estos objetos: mencionaremos la de Slade en Londres, la de Bologne-sur-mer, el Museo de St. Germain y la colección de Julien Gréau.
A esta clase pertenecen cinco vasos de vidrio, sin pie ni asas, cuyas fotografías publicó "La Esfera" (Madrid, Febrero, 27) con el título de "¿Ha llegado hasta nosotros el Santo Grial?" a propósito de uno de ellos encontrado recientemente en unas excavaciones en Crimea, estudiado por el arqueólogo inglés Rendal Harris y propuesto por él como probable Santo Grial. Pero no hay más que ver las fotografías para convencerse de que ninguno de los cinco, semejantes entre sí, ha podido servir para beber por su carencia de tallo y de asa para cogerlos, por su gran panza y por la inadecuada forma de sus bordes, incomoda y aun imposible para beber en ellos. Según su tamaño -que no lo indica el autor del artículo- lo mismo pudieron ser crateras que macetas o joyeros; pero vasos de beber, no. Cita el articulista los tres más famosos que se disputan el ser el Santo Grial: el de Jerusalén, el de Génova y el de Valencia, y se inclina por el nuestro, aunque consignando que "a juicio de Buckley -otro arqueólogo ingles- las probabilidades se hallan en mayor número a favor del Sacro Cratino de Génova", aquel plato que desacreditaron para siempre los señores de la Academia de Ciencias de Paris en 1815, del cual no sabe, por lo visto, mister Buckley más que lo que dice el Baedeker.
No hay duda -prosigue nuestro guía- de que los primeros cálices cristianos eran algunos de los que quedan descritos y que luego vinieron las copias: pero podemos aceptarlos como tipos primitivos y de este modo se llena el vacío que existe por la escasez de monumentos de los primitivos tiempos de la Iglesia. Prueba de esto es que los fieles hicieron reproducir desde luego estas formas de cálices en sus monumentos funerarios. Estos sepulcros forman un excelente tratado que permite unir la antigüedad y sus vasos con los primeros cálices eucarísticos, y así se completa la historia de ellos. Con la pintura del cáliz quisieron representar el Vaso de Jesús y en su contenido la fuente de la felicidad, como lo demuestra con muchos documentos y grabados.
Resultado de estas prácticas es la diferenciación de los cálices en tres clases: vasos antiguos para beber, cálices de la Misa y vasos místicos. Para fijar la idea presenta un gráfico a tres columnas: en cada columna hay cuatro tipos de vasos de su genero, con 3, 4 ó 6 ejemplares de cada tipo, que tienen gran parecido entre sí y con los correspondientes de las otras columnas. Se advierte en este cuadro que los vasos de beber, cálices y vasos místicos del primer grupo de cada columna, en número de 18, todos tienen dos asas de varias formas y tamaños, y van dejando de tenerlas los de los grupos más modernos y asemejándose a los cálices actuales y a las copas de beber de hoy: pero todos, tengan asas o no, llevan relieves, adornos y grecas, sea en la copa, cuando es metálica, sea en el pie o en las asas, o en todos.
Hablando de la riqueza de los cálices ministeriales desde los primeros tiempos de la Iglesia, cita aquella diabólica frase de Juliano el Apostata (año 362) o mejor, de su tesorero Félix, que al ver los cálices preciosos que habían regalado Constantino y Constancio a las iglesias, admirando su riqueza y arte, exclamó: ¡Mira de qué vasos se sirve el Hijo de María!
Hace después nuestro autor un completísimo estudio de los cálices más notables de Europa, ya por su antiguedad ya por su riqueza, anotando de varios de ellos que en algún tiempo pretendieron ser el Cáliz del Señor. Llegá el siglo XI y parece que entonces se acuerda de que existía España, de la cual no había hecho más mención que recordar unas frases de Quaresmio en que se nombra el Cáliz de Valencia como uno de tantos -a juicio de Fleury- que querían ser el auténtico, pero sin describirlo ni más comentarios. "España, dice, no posee gran cosa de objetos litúrgicos anteriores a la invasión de los moros, y después de ella raramente fabricaron objetos ricos: de ahí se explica el corto número de ellos que nos ha conservado la Edad Media en esa nación". Despues de estas afirmaciones -injustas, como vamos a ver muy pronto- pasa a describir (pág. 116 del tom. IV) el cáliz de S. Isidoro de León y dice que es de una riqueza maravillosa, de ágata y metal precioso, con cabujones, perlas, hojas de oro, arabescos y filigranas: cita el de Sto. Domingo de Silos, muy parecido al anterior, y uno de Toledo, de plata, dedicado a Santiago por Pelayo. Al tratar de la irrupción de los bárbaros -llegando al resumen del tratado de los cálices- dice que "no imitaron todos a Alarico, que respetó los vasos sagrados de S. Pedro según testifican, S. abrosio y S. Hilario, sino que cuando no saqueaban los tesoros de las iglesias, los aceptaban por el rescate de los prisioneros: pero la Iglesia perdonaba a estos feroces piratas cuando venían a sus pies a restituir sus rapiñas. Así Childeberto (debe de ser el I, merovingio, rey de Paris, de 524 a 558) consagro a las basílicas (francesas) los sesenta cálices preciosos de oro que enriquecieron su botin de España. Los grandes talleres de orfebreria (franceses) alimentados, surtidos por estos abundantes despojos, inspirados en estos modelos (españoles) y alentados por la devoción Real, comenzaron a brirse: el cáliz de Gourdon -siglo VI- nos demuestra la habilidad de estos nuevos obreros".
Se nota más la contradicción o falta de memoria de este ilustre arqueólogo en la mención de España, cuando vemos lo que había dicho antes (pág. 77) hablando de las monedas francesas del siglo VI que llevaban figuras de cálices: "Si se puede decir que los monederos tuvieron por inspiración y por modelos los cálices que Childeberto trajo de su expedición a España, se ve por un pasaje de S. Gregorio de Tours que sus imágenes son copias de los más ricos y preciosos". El texto que cita es éste: "Sesenta cálices, quince patenas, veinte cajas de Evangelios trajo (Childeberto, de españa), todo de oro puro y con adornos de preciosas gemas: pero no consintió que se destruyeran esos objetos, sino que los dió todos para el ministerio de las iglesias y basílicas de los Santos". Lo cual - dicho sea con permiso de Mr. Fleury- no es precisamente restituir las rapiñas, sino guardárselas para el servicio de su nación y aumento de su tesoro artístico.
Para terminar esta cuestión, y omitiendo otros muchos y magníficos datos que presenta el repetido autor, que ilustrarían agradablemente la materia, pero que ya no son necesarios a mi entender para dejarla resuelta en lo que nos concierne, hago el resumen de varias láminas de su obra, anotando: que los cálices desde el siglo I hasta algunos del XII tienen asas; varios ejemplares desde el VI hasta el mismo XII las tienen más pequeñas, y no tienen asas algunos tipos desde el siglo IV hasta el actual. De los célebres cálices del tesoro de S. Marcos de Venecia, en número de 21, entre los cuales hay algunos de ágata, de cristal de roca, de ónice y de otras piedras finas, nueve tienen asas y doce no las tienen.
La idea de que los vasos propios de las personas pudientes de aquellos tiempos -y por ende los cálices primitivos de la Iglesia- eran como los que quedan descritos, ha llegado firme en los artistas hasta la Edad Moderna, pues todavía vemos algunas estampas de Misales y Breviarios de los siglos XVI al XVIII, explicativas del misterio de la Epifania, en las cuales los Reyes de Oriente ofrecen sus presentes al Niño-Dios en sendas copas artísticas, con asas, y de material precioso, al parecer.
Se explica la gradual desaparición de las asas en los cálices, como apéndices innecesarios desde que se suprimió en la liturgia cristiana la práctica de comulgar los fieles en las dos Especies Sacramentales, pues ya no tienen que pasar el cáliz de mano en mano y sólo bebe en él el celebrante.
Aunque casi es supérfluo advertir que había incontable variedad en la forma de las asas, según el gusto del artífice y el estilo de cada tiempo, es bueno dejar consignado que en su colocación se atenían necesariamente a la materia de los cálices, y mientras en los de metal -que eran los más numerosos- arrancaban las asas del borde de la copa a terminar en el nudo o en el centro de la panza, en las copas de piedra preciosa salían las asas de su base para concluir en la parte superior del pie.
En el renombrado mosaico de Ravena -a que aludo antes- que es una alegoría de la Misa, se ve lo siguiente: Mesa cubierta de manteles: sobre ella, en el centro, un cáliz con dos asas: a sus lados dos panecillos aplastados: Abel, a la derecha, eleva en sus manos como ofrenda un cordero: Melquisedec, a la izquierda, eleva otro panecillo igual. Sobre este grupo se representa el Cielo, en cuyo centro hay una mano derecha, entre nubes, con el índice extendido señalando el cáliz. Una reprtesentación semejante hay en otro mosaico de Classe, del siglo VI, otra del IX en el Sacramentaire de Drogón, y muchas más en libros liturgicos, cuadros, relieves, objetos del culto, etc.: siendo para nuestro asunto la más notable, por la alegoría o lusión que parece contener, la de un fresco del siglo XIII en el atrio de S. Lorenzo, extramuros de Roma. Es así: El oficiante está detrás de la mesa-altar de frente: en ella hay un libro abierto, un cáliz sin asas y un candelero con vela; el celebrante entrega otro cáliz con asas a un soldado arrodillado, no en actitud de beber, sino de tomarlo con ambas manos, la cabeza baja en señal de adoración o en disposición de besarlo en la base: hay otro militar en pie a su lado, con lanza, escudo y casco: el arrodillado está inerme. Recordemos que esto es de la Basilica de S. Lorenzo en Roma.
Lo dicho creo que es bastante para llegar al convencimiento de que nuestro Cáliz de Valencia puede sel el CÁLIZ DE LA CENA que usó el Señor en la institución de la S. Eucaristia: primero, porque pudo poseerlo tan rico el dueño del Cenáculo; y segundo, porque como él eran los vasos preciosos de aquella época en sus materiales, figura y confección.
Alguien ha supuesto si los dibujos y grecas que adornan el oro que lleva, y las perlas y piedras preciosas que enriquecen su pie podrían ser efecto de la devoción de sus poseedores en los siglos siguientes para hacer más artística tan venerada alhaja: pero ya hemos visto que ese lujo y ostentación existía en aquellos remotísimos tiempos mucho más que en los presentes para decorar esta clase de objetos; y concretándonos al adorno de las piedras preciosas del pie, sabemos que continuó esta práctica hasta el siglo IV, por lo menos, pues consta que el piadoso emperador Constantino regaló a la iglesia de S. Pedro de Roma "tres cálices de oro con gemas prasinas (especie muy rara de cristal de roca)y jacintos, en número de 45 en cada uno", además de otros muchos de oro, sin piedras, a S. Juan de Letrán y a Santa Cruz.
Si con lo expuesto no puede afirmarse en absoluto que nuestro Cáliz sea el de la Cena Eucarística de Jesús, sí que puede asegurarse rotundamente que, si alguna vez viniera a descubrirse en el mundo de modo indudable el Cáliz auténtico, ése tendría que ser necesariamente semejante al nuestro.
Y mientras llega o no ese feliz descubrimiento, que seguramente no llegará jamás, vamos a seguir la historia de éste que la Providencia ha conservado hasta nosotros con el nombre y tradición de Cáliz del Señor, presentandolo en tres grandes épocas, desiguales en duración y en interés para nuestro caso, y con las subdivisiones e incidencias que exija el asunto para su mayor claridad; en esta forma: - De Jerusalén a Aragón, 225 años: - En Aragón, 1.141 años; - De Aragón a valencia, 528 años hasta el presente.


(CONTINUARÁ)

miércoles, 2 de abril de 2014

El Santo Grial en Aragón (II). Dámaso Sangorrín





EL SANTO GRIAL EN ARAGÓN. II

Dámaso Sangorrín Diest
(Deán de la Catedral de Jaca)

Publicado por primera vez en la Revista Aragón,
año III - nº 23, Zaragoza, agosto de 1927

El Cáliz de Valencia

Pretendo llegar a esta conclusión: El Santo Cáliz que se venera en Valencia puede ser el que uso Jesús en la última Cena.
Una vez demostrada esta afirmación, que, aunque no sea definitiva, es la única racional que puede hacerse en buena crítica, ya no será temerario el intento de pasar a esta otra: Si el Señor en sus inexcrutables designios ha querido que se conservase hasta el día de hoy el Cálid de que se sirvió para dar a beber a sus discípulos su primera Sangre eucarística, ese Cáliz es el nuestro, es decir, el que hoy está en Valencia, que antes estuvo en Barcelona, antes en Zaragoza, antes en San Juan de la Peña, antes en Jaca, antes en las montañas jacetanas, antes en Huesca, antes en Roma, antes en Jerusalén.
Con estas bases se facilitará el avance para la identificación del Santo Cáliz con el Santo Grial y para la localización y origen de sus leyendas.
Y conste incidentalmente que al llamarlo "nuestro" no es mi ánimo el disputarle su posesión a los valencianos, pues estando en España, y más, en una ciudad insigne de la antigua Corona de Aragón, bien está. Pero respecto a la propiedad de la alhaja que "goza hoy la santa Iglesia de Valencia, por camino que allá saben, y por mano del Rey Don Juan el segundo", como decía el Dr. Briz Martínez, Abad Pinatense, algo hemos de indagar de ese "camino", hoy desconocido de la inmensa mayoría de los valencianos y solamente sabido por algunos especializados en esta materia, que se lo callan como si fuera deshonroso, y no lo es ciertamente. Seguiré, pues, llamándolo nuestro Cáliz.
Veamos su descripción tal como la hacen los autores, o como podría hacerla - aunque menos completa - el que esto escribe, ya que tuvo la dicha de adorarlo y examinarlo bien de cerca en su nuevo altar, gracias a la amabilidad del doctísimo canónigo valenciano D. Jose Sanchis Sivera, autor de un libro muy documentado sobre este asunto y de otros muchos trabajos de Historia y de Arqueología. Las notas que conservo dicen así: "Copa, diámetro 10 centimetros; alto total del Cáliz, 18; pie, ovalado 14 X 9; grecas cinceladas en las asas, vara, nudo y guarniciones del pie; es bastante traslúcida la piedra, de grueso en el borde unos 3 milímetros; se le notan un poco las fracturas y la falta de 2 perlas". Su descripción completa, según la dejó consignada en 1736 el Dr. D. Agustín Sales - que escribió una muy notable DISERTACION acerca del Santo Cáliz de Valencia, de la cual me sirvo para muchos datos - es ésta: "Es de piedra ágata cornerina oriental, lo cual confiesan concordes los lapidarios más insignes que han investigado con toda diligencia su materia determinada; y con este nombre se halla en los Inventarios de las Sagradas Reliquias de este Metropolitano Templo. Bien sé que muchos autores afirman que es "Calcedonia" (ágata azulada o gris perla), pero no acertaron ... por no haber consultado los Archivos de esta S. I. Metropolitana. El color de este Sagrado Cáliz es tan extraño y peregrino, que al volverle, se van formando diferentes visos ... y si bien a primera vista se representa como una brasa de fuego amortiguada, sin embargo, como es piedra tan hermosa, matizada de diferentes colores, nadie ha podido explotar la especie de su principal color, precediendo esto, no por intervención de milagro, como juzga el vulgo, sino de la virtud natural de la piedra ágata. La Sagrada Copa es del tamaño de una media naranja grande (de las más grandes) capaz de unas diez a doce onzas de vino, alta cuatro dedos, y está desnuda de toda guarnición sobrepuesta. El pie del mismo color que la Copa, parecede "Concha" y está guarnecido al derredor y medios de oro purísimo, con 28 perlas finísimas del grueso de un bisalto (en la actualidad faltan 2, que probablemente se desprendieron cuando ocho años después de esta descripción se cayó el Cáliz y se quebro la Copa)), dos balages (balaje es "rubí"), y dos esmeraldas de gran valor, y es de alto unos tres dedos y medio. La vara, con su nudo, alta de tres dedos, y las dos asas, son de oro purísimo con diferentes y primorosos buriles que denotan su gran antigüedad. Finalmente todo el Sagrado Cáliz, que entre Copa, Vara y Pie tiene casi un palmo, ni es tan grande que en él sobrase, ni tan pequeño que faltase la congrua bebida para todos los que de él bebieron".
En la descripción que hace el citado Sanchis Sivera dice "La vara con su nudo, que mide siete centímetros, y las dos asas, que naciendo del extremo de la misma llegan hasta la base de la copa, son de oro purísimo, con diferentes y primorosos adornos burilados, de exquisito gusto griego, que denotan su gran antiguedad. Hemos visto (dice en una nota) en los museos de Berlín, Londres, París, Nápoles y otros puntos, muchos vasos, platos y alhajas contemporáneos y anteriores a Jesucristo, que ostentan adornos burilados de semejante forma y dibujo, y aún más perfectos. Se equivocan los que creen que el trabajo de las asas indica fecha más moderna. En cuanto a la materia de que se compone la copa del Santo Cáliz, está fuera de duda que es de ágata, de la llamada cornerina oriental ("Cornalina" dicen ahora). Su color rojo obscuro es tan especial, que introduciendo en el interior de la copa una luz, aparecen en su transparencia visos de varios matices, con todas las coloraciones del iris". Aduce después la autoridad de Villanueva en su Viaje literario(de 1804) y copia este interesante párrafo: "Aun para los severos críticos que ponen en duda la verdad de esta tradición, es este antiquísimo Cáliz un monumento muy respetable de los primeros tiempos de la Iglesia. La materia de este vaso se cree vulgarmente ser ágata cornerina oriental. El sabio italiano Atilio Zuccagoni, director del gabinete de Historia Natural de Florencia, y médico del rey de Etruria, en el reciente tránsito de SS. MM. Católicas por esta ciudad, a instancia mía lo examinó atentamente, y juzgó ser un ónix verdadero. Mas yono hallo en sus betas la figura de uña que, según dicen los naturalistas, es el carácter de aquella piedra. Las de esta copa bajan casi perpendicularmente desde el borde, formando como unas aguas o claros y obscuros que sólo se perciben bien mirándolos a contra luz" (Tomo II, pág. 41).
Ante esta magnífica y extraordinaria Copa, cuya riqueza material parece quedar un momento olvidada por los esplendores de una tradición más que milenaria y ya universal que la reconoce como el primer recipiente de la augusta Transubstanciación, la piedad cristiana se arrodilla y adora; pero la crítica cristiana está obligada además, a resolver estas cuestiones que lógicamente se ofrecen a la discusión: Si nuestro divino Maestro pudo haber a mano - por modo natural, pues no es lícito apelar al milagro cuando no hay necesidad - una Copa tan preciosa : Si, por serlo tanto, su admirable amor a la pobreza le permitió servise de ella: Y si entre los judíos se usaban en la época de la Redención vasos como ése para beber.
"Era el primer día de los ázimos o preparación de la Pascua. Estaba Jesús en Betania, a poca distancia de Jerusalén, en casa de Simón el Leproso (el que había sido leproso) y se le acercaron los discípulos diciendo: Maestro, ¿dónde quieres que celebremos la Pascua?
Y separó Jesús a Pedro y Juan y les dijo: Id a la ciudad, y al entrar en ella, encontraréis a un hombre que lleva un cántaro con agua: seguidle, y en la casa donde entrare hablad con el Padre de familia (el dueño de la casa) y decidle: Esto te dice el Maestro: mi tiempo está ya cerca (se aproxima mi pasión y muerte); ¿en dónde está la habitación para celebrar la Pascua con mis discípulos? Y os enseñará un gran cenáculo, muy suntuoso: preparadla allí. Y ellos fueron y les sucedió como había dicho Jesús, y allí prepararon lo necesario para la Pascua. Marcharon todos después a Jerusalén y, luego de puesto el Sol -que era cuando comenzaba la festividad- comieron la cena legal: un cordero asado. Mientras cenaban, tomó Jesús el pan, lo bendijo, lo partió y lo dió a sus discípulos diciendo: Tomad y comed; ESTE ES MI CUERPO. Y asimismo, después de haber cenado, tomó el cáliz (con el vino), dió gracias (a su Eterno Padre) y se lo entregó a ellos diciendo: Bebed todos de él; ESTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE. Haced esto mismo en mi nombre (De los Santos Evangelios).
No consta el lugar donde celebró el Señor las dos Pascuas anteriores con sus discípulos, y es de creer que cumplieron este precepto legal del modo más modesto y sencillo, en consonancia con el ambiente de pobreza que siempre buscó el Maestro: mas para esta Pascua celebérrima, la última de la Ley mosaica y la primera y fundamental del "nuevo y eterno Testamento" - según sus divinas palabras -, quiso elegir un local rico y espacioso, para lo cual inspiró al Padre de familia la benevolencia con que accedió a la petición que le llevaron Pedro y Juan. Hay motivos suficientes para creer que este personaje era discípulo de Jesús, pues los emisarios le dicen de Su parte, "Esto te dice el Maestro", y discípulo de alguna intimidad, ya que le anuncia como cosa sabida por él la proximidad de "la hora"; y sobre todo para nuestro caso, ese hombre era rico, y más que rico, potentado, noble o "principe del pueblo", como se llamaban entonces los magnates. Su casa debía de ser un gran palacio en dimensiones y lujo, puesto que correspondería al Cenaculo o comedor "grande y suntuoso" que dicen los Evangelios. Este salón , donde se celebraron tan excelsos acontecimientos en aquella velada eternamente memorable, sirvió ya de albergue a los apóstoles desde entonces: en él se les apareció el Señor resucitado, desde él salieron como el Maestro para presenciar su admirable Ascensión, y en él recibieron visiblemente el Espiritu Santo pocos días después en número de ciento veinte personas.
A un prócer tan distinguido como era el dueño de la casa del Cenáculo no podían faltarle vasos preciosos en armonía con la suntuosidad de tal vivienda y conforme al gusto y estilo de la época, y es claro que pondría lo mejor que tuviera en su casa a disposición del Maestro, puesto que era discípulo distinguido, dándole, necesariamente, su vaso más rico y destinando otros de menor calidad para el servicio de los apóstoles.
Se ha discutido mucho sobre quién pudiera ser este noble sujeto, cuyo nombre no dicen los Evangelios, y se han dividido las opiniones de los comentaristas entre SIMÓN el Leproso, que lo creo imposible porque en su misma casa estaba el Señor cuando le preguntaron los discípulos por el sitio de la Pascua, JOSÉ DE ARIMATEA, NICODEMO, ZAQUEO, PRISCO, que dicen que era rico y discípulo de Jesús, JUAN MARCOS, que también lo era y fué compañero de S. Pablo y S. Bernabé, y CHUSA, mayordomo del rey Herodes y marido de Juana, una de las santas mujeres que seguían al Maestro y acompañaban a su santísima Madre. Cotejando los Evangelios, el que más probalidades reúne, a mi juicio, es José de Arimatea, del cual constan con toda certeza, más que de los otros, sus cualidades de rico y de discípulo de Jesús, aunque oculto. Cuando algunos años después de la Ascensión del Señor escribieron sus discípulos los Evangelios, parece que les venía fácilmente a la memoria la intervención de José de Arimatea en aquellas horas angustiosas de la crucifixión, descendimiento y sepultura de Jesús; y así, los tres primeros evangelistas lo citan a él sólo, agregando S. Juan a Nicodemo que llevó mirra y áloes para el ambalsamamiento, pero haciendo resaltar todos en la mención de José, que era "rico, noble decurión, varón bueno y justo y discípulo del Señor"; que fué el único que se atrevió a llegar hasta Pilatos a pedirle el Cuerpo del Maestro, que llevó la sábana para envolverlo y que lo depositó en el sepulcro propio que tenía preparado para sí, en el cual nadie había sido aún enterrado. Al dejar consignadas estas circunstancias los evangelistas, parece como si quisieran pagar la deuda de gratitud que tenía con él la Iglesia naciente, que siempre reconoció por cuna aquel suntuoso Cenáculo del Padre de familia.
Retenga el que leyere estos dos datos para cuando llegue la ocasión: Pedro y Juan fueron los enviados por el Maestro para preparar la hibitación de la Cena y todo lo necesario para la celebración de la Pascua. José de Arimatea era probablemente el dueño de esa habitación y de los manjares y servicio, y ciertamente quien tuvo el altisimo honor de poseer el Cuerpo muerto de Jesús y de darle sepultura en su propiedad.
En los primeros tiempos de la Iglesia - o mejor, en los segundos, si vale decirlo así- cundió entre algunos fieles la especie de que el divino Maestro, por su constante amor a la sencillez y a la pobreza, no había usado Cáliz precioso para la Cena eucarística aun cuando se lo ofreciera el dueño de la casa donde la celebró; y se apoyaban para esta creencia en un frase de S. Juan Crisóstomo y en otra de S. Clemente de Alejandría, mal interpretadas, pues lo que esos santos escritores querían demostrar con ellas era la incongruencia del lujo excesivo de algunos cristianos de su tiempo, en pugna con la pobreza que siempre amó y profesó nuestro Salvador. "No era de plata la mesa - dice el primero- ni de oro el Cáliz en que Cristo dió a beber su sangre a los discípulos; y, no obstante, eran preciosos y tremendos esos objetos, porque estaban llenos de espíritu"; y el segundo decía: "Cristo tomó en plato vil su alimento (su alimento cotidiano), hizo sentar a sus discípulos sobre la tierra (cuando las multiplicaciones de los panes), les lavó los pies con una toalla desprovista de adornos (puede que los tuviera, puesto que era del dueño de una casa rica); ¿iría a hacer bajar del Cielo una jofaina de plata?".
No; no había necesidad de un milagro para tener Jesús objetos muy ricos en aquella ocasión, pues se le ofrecían amablemente en un palacio bien provisto, y casi el milagro hubiera sido el encontrarlos pobres y viles allí; y no rehusó, no obstante su afición a la pobreza, los manjares delicados y el servicio lujoso en los convites que se digno aceptar en casas de personas de elevada posición, como Simón, Zaqueo, Mateo, Lázaro y otros.
Es evidente que el Maestro nos dejó inefables ejemplos de amor a la pobreza en su nacimiento, en toda su santísima vida y en su muerte; pero tambien consta por los Evangelios que escogió para la última Pascua un local amplio y lujoso, con todos los servicios, comodidades y abundancia de las casas de los ricos. Por eso la práctica constante de su Iglesia, cumpliendo inspiraciones divinas y siguiendo la apostólica tradición, es de usar cálices preciosos para el Santo Sacrificio, prohibiendo desde los primeros siglos el empleo de los de vidrio, madera o metales vulgares. Además, esta liturgia de la Iglesia en la celebración del Sacrificio de la Ley Nueva estaba ya figurada y como profetizada en la práctica de la Ley Antigüa; práctica iniciada por Moisés en la fabricación del Arca de la Alianza y de otros objetos del culto con materiales exquisitos, y continuada por David y Salomón en el Templo riquísimo y maravilloso de Jerusalén, obedeciendo en ambos casos órdenes positivas del mismo Dios.
No es suficiente para nuestro caso el convencimiento de que el dueño del Cenáculo pudo tener cálices preciosos, por ser rico; es necesario demostrar que, por serlo, debió tenerlo. Esta afirmación, que parece poco menos que absurda en la época actual en que los ricos, por muy ricos que sean, no suelen poseer para su servicio doméstico vasos tan complicados y de tanto precio como el que nos ocupa, se hace indudable estudiando las costumbres de aquella edad y prescindiendo de las de ahora: "porque es fuente de muchos errores - decia Montesquieu- el juzgar los tiempos pasados con el criterio de los presentes".
Desde muchos siglos antes de la Era Cristiana y hasta bien entrada la Edad Media, tenía el vaso familiar, el vaso o copa de beber, una significación y una importancia tan grandes, que apenas podemos concebir ahora, pues no hay actualmente ningún objeto de servicio personal ni del ajuar doméstico, ya sea de uso necesario, ya de lujo o capricho, que tenga la estimación y casi culto que tenía el vaso propio en todas las clases de la sociedad, más o menos rico según las fortunas, pero siempre tan valioso cuanto ellas lo permitieran.
Son muchos los datos que podrían aducirse de los Libros Sagrados acerca del uso de copas o vasos de gran riqueza (cálices los llama generalmente la versión Vulgata y alguna vez sciphos) en todos los tiempos a que alcanza su historia; como los que envió Abraham a Rebeca, el de Melquisedec, los del faraón de José, el de éste en el saco de Benjamín, los célebres de Salomón, los del convite de Asuero, el regalado por Antíoco a Judas Macabeo, etc. etc.; todos vasos preciosos y de uso personal, proviniendo de esta que podemos llamar dignificación de un objeto vulgar y corriente, el que el nombre de vaso o de cáliz se emplease también en el lenguaje de aquellos tiempos para expresar altos conceptos místicos y morales.
De las costumbres de la época de la Redención, semejantes a las anteriores y practicadas por los hebreos, griegos y romanos, se deduce con toda claridad que continuaba en aquel siglo el empleo de vasos y cálices preciosos por las personas opulentas, y al menos de vasos artísticos en su estructura por las demás clases sociales. Numerosos testimonios históricos cita a este respecto el eruditísimo doctor Sales, nombrado a los autores profanos de aquel tiempo Ateneo, escritor egipcio; Plutarco, Cicerón, nuestro compatriota Marcial y otros muchos que recuerda Calmet; por los cuales sabemos que había cálices de oro, de plata, de piedras preciosas, de marfil, de mármol, de cerámica fina y de maderas especiales, fabricados aun los de ínfima materia con gran primor. Pero únicamente los reyes, y las contadas personas a quienes ellos le concedían este honor, podían usar cálices con copa de oro, teniendo que limitarse los demás, por altos y ricos que fuesen, a emplear copas de plata o de piedras finas, adornándolas con gemas preciosas y trabajos de los más excelentes artífices. Eran también muy estimados en Roma para las personas menos pudientes los vasos artísticos de vidrio y los que se fabricaban con arcilla de Sorrento y de Arezzio, y mucho más los que se llevaban de Sagunto, por el magnífico color purpureo de su arcilla búcaro. Fragmentos de esta clase se hallan con frecuencia en excavaciones en nuestra Península, y fueron notables en número y finura -como refiere Lastanosa- los que salieron en Huesca en 1633 al abrir cimientos para una capilla de la iglesia de S. Pedro el Viejo.
Respecto al uso de cálices que no fueran de metales ricos o de piedras preciosas, les repugnaba a los judíos el beber en ellos, cuando no eran propios, sin haberlos antes purificado al fuego o con agua hirviendo. A esta práctica parece que aludía el divino Maestro cuando les reprendía a los escribas y fariseos su hipocresía en aparecer santos y perfectos al exterior, sin serlos por dentro, asemejándose "a los que limpian su cáliz por fuera solamente".


(CONTINUARÁ)

martes, 1 de abril de 2014

El Santo Grial en Aragón (I). Dámaso Sangorrín





EL SANTO GRIAL EN ARAGÓN. I

Dámaso Sangorrín Diest
(Deán de la Catedral de Jaca)

Publicado por primera vez en la Revista Aragón,
año III - nº 22, Zaragoza, julio de 1927

Introducción

Es conveniente principiar definiendo bien los términos.
Los iniciados en la materia, como son los músicos profesionales y todos los aficionados a la música - que es lo mismo que decir "los wagneristas" -, y la gran masa de lectores de periódicos que leen algo más que las noticias de crímenes y deportes, no necesitan explicación previa para darse cuenta del asunto; pero suponiendo que puede haber quien lo ignore por completo o quien sólo tenga de él muy rudimentarias o falsas nociones, para éstos va la presente introducción, a fin de facilitarles la inteligencia de lo que ha de venir.
Si es o no de actualidad esta materia y si es oportuno el tratarla con alguna extensión, el lector lo juzgará cuando sepa que hay un empeño tenaz en arrebatarle a Aragón la gloria de haber poseído el Santo Cáliz y de haber dado el motivo de las leyendas del Santo Grial, tan admirablemente enaltecida en la asombrosa creación wagneriana.
Los aragoneses, más que ningún otro espanol, podemos apropiarnos una frase célebre de Goethe en Hermann y Dorotea, citada por algunos escritores modernos a este respecto: "ESTO ES NUESTRO! ASI HAY QUE DECIRLO Y ASI HAY QUE SOSTENERLO!"
Bien merecía esta altísima causa un mantenedor más brillante que el actual; pero, mientras no arrecie el ataque, es bastante con que este modesto centinela dé la voz de alerta para que los de casa se aperciban a mayor defensa, si fuera necesaria, y para que los adversarios entiendan que no se han metido en un terreno abandonado donde se puede maniobrar tranquilamente a capricho.
Con el nombre de SANTO GRIAL se designa, a través de los siglos y de las historias y leyendas, el Sagrado Cáliz que empleó nuestro Redentor en la última cena con sus Apóstoles, para consagrar y darles a beber en él el Vino Eucarístico, o sea su preciosísima Sangre; en el mismo adorable Vaso recibió el día siguiente la que caía de las heridas de Jesús en la Cruz su fiel discípulo José de Arimatea, y puso la que recogió coagulada al lavar el Sagrado Cuerpo para ponerlo en el Sepulcro, según varias tradiciones; y, por fin, este preclaro Cáliz fué el objeto de multitud de fantasías novelescas y romances de los Libros de Caballerías, unido constantemente a los de la Tabla Redonda en Inglaterra, pasando a Francia y Alemania con su héroe Perceval o Paezival en los siglos XII y XIII, popularizado en España en el XV con el libro titulado "La Demanda (conquista) del Santo Grial", en el XVI en el "Lanzarote del Lago" donde se llama Santo Greal, y en estos últimos tiempos conocido universalmente por el Santo Gral o Graal en la ópera Parsifal, del más grande de los músicos modernos.
Puesto que el objeto es el mismo en todas las naciones, no creo que sea cuestión esencial lo de los nombres que se le dan en las diversas lenguas y en distintas épocas; pero es bueno no desconocerlos. Los ingleses lo escriben The San Grëal, Holy Grail, Sangreal, Sank Ryal y Holy Graál; en francés antiguo Sanct Graal y en el moderno Saint Graal; los alemanes Gral y Graal, y alguna vez Grâl y Grail; en italiano San Graal; en portugués moderno Santo Graall, antiguamente Gral; en catalán (en una traducción de la italiana "Inchiesta del San Graal") se dice Grasal, en el catalán literario de última hora (Monserrat, 1922) lo llaman Sant Groal, y en nuestros clásicos "La Demanda" y "Lanzarote" se nombra Grial y Greal respectivamente.
Aunque por la celebridad de la ópera de Wagner se le llamará ya siempre y en todo el mundo Gral o Graal, me parece que nosotros debemos conservar el nombre español de GRIAL con el cual lo llama "La Demanda" y lo cita Cervantes en su "Ingenioso Hidalgo". A estos precedentes debe sumarse la razón eufónica, por cuya virtud se ha ido deshaciendo la cacofonia de las dos aa primitivas etimólogicamente, suprimiendo una de ellas o substituyendola por otra vocal.
Según la opinión de casi todos los críticos, parece cierto que las voces españolas grial, greal y gralproceden de la misma raíz gradális o gratális, que en bajo latín significa vaso: etimología que conviene perfectamente a los nombres derivados y al objeto de que se trata.
en castellano antiguo se llama grial o greal y en portugués y gallego gral, como vamos a ver, un utensilio de cocina que corresponde al almirez o al mortero de madera para preparar las salsas, pero no al vaso de beber. (Tal forma tiene, en efecto, la copa del Santo Cáliz).
Recuerda Bonilla unos versos del Arcipreste de Hita (1290-1379) en los cuales se ve el rigor con que se observaba la abstinencia de carnes en Cuaresma, pues la dueña de la casa hace limpiar todos los objetos de la cocina que hubieran servido para grasas:
"Escudillas, sartenes, tinajas e calderas
Cañadas e barriles, todas cosas caseras,
Todo lo fizo a las sus lavanderas,
Espetos e griales, ollas e coberteras".
En el Cartulario de Silos de Mr. Férotin, en las cuentas de la abadía y dependencias, en 1338, hay una partida de gastos que dice así: "Cuerta manteles, tajaderos y escudiellas y greales y ferreamientas para adobar de comer ... 40 maravedises".
En portugués antiguo era gral, como lo recuerda el citado escritor aduciendo un texto del año 1250, en donde entre otros enseres domésticos, pone "pineira, joeira, gral, caldeira e tuto mais que as importunas vizinhas soem pedir".
Se atribuye a San Pedro Pascual, obispo y mártir de Jaén (1228-1300) una reducción catalana del Libro de Gamaliel, en la cual, después de describir las escenas de la crucifixión y muerte del Redentor, dice: "Y entonces José de Arimatea, lleva un gresal en que recibe la sangre de Jesucristo, y recogio la lanza (la de Longinos); y todos se volvieron a la ciudad" (a pedir permiso a Pilatos para sepultar el Sagrado Cuerpo). Esto es muy notable, porque es la primera vez que un autor serio menciona juntos el Grial y la Lanza, que son inseparables en las leyendas de Parsifal.
Pero si hasta el siglo XIV se empleó en España la palabra grial, greal o gral para indicar un objeto harto vulgal, en el XV - según Sanchis Sivera - ya se da el nombre de Sant Greal al sagrado Vaso eucarístico de Jesús, como se ve en la descripción de un cuadro de la Cena pintado por Martín Torner para el Convento de Santa Clara de Valencia, en el cual estaba davant la Maiestat de Jhuxit lo Sant Greal. (Delante de la imagen de Jesucristo el Santo Greal). Y aquí cabe preguntar: ¿Por qué le dan al Santo Cáliz los valencianos (que ya lo poseían, aunque en secreto y sin culto alguno, desde el primer cuarto de ese siglo) el nombre tan prosaico de greal, siendo así que en el documento de su entrega al Cabildo se le llama repetidamente calzer, y con el mismo nombre de calcer y calçe entienden en valenciano y catalán lo que nosotros llamamos cáliz? Solo se explica teniendo en cuenta que en aquellos tiempos de difusión de los Libros de Caballerias (que no había otro recreo para el vulgo) eran populares los nombres de los reyes Artús, Pelles y Galaz y de los caballeros Lanzarote y Perceval, Tristán y Marlín, Reinaldos y Oliveros, Bernardo y Rolando, Amadis y Tirante, etc. etc.; y había llegado a ser por esas leyendas célebre y venerado el nombre de Santo Grial como objeto primordial de todas ellas. De otro modo, no es creíble que nadie se hubiera atrevido a darle al Santo Cáliz de Jesucristo el nombre entonces tan bajo y poco respetuoso de greal, sino que se habría conservado en España el de cáliz o calcer.
Aquí es necesario dejar bien sentada para ulteriores deduciones esta afirmación: las voces grial, greal o gral, procedentes de gradal, existían en el acervo de la lengua española en sus diferentes modalidades romances mucho antes de aparecer otros nombres similares en las leyendas caballerescas indicando el santo Vaso eucarístico, pues es evidente que no las inventaron en los siglos XIII y XIV ni el Arcipreste, ni los monjes de Silos, ni los demás escritores españoles, sino que las citan como corrientes y populares en sus tiempos. En cambio, en las demás lenguas europeas no hay una palabra parecida a gral para indicar vaso, cáliz o recipiente de ninguna clase. Tomaron, pues, de España el objeto y el nombre que le dan las leyendas.
Dado el origen y el uso divino de este sacratísimo Vaso y la nombradía universal que adquirio en los libros de Caballerias, aunque siempre con cierto misterio que contribuía a realzar su prestigio, es muy natural que todas las naciones se creyeran poseedoras de tan preciada reliquia y defendieran la autenticidad de alguno de los cálices insignes que tuviera, distinguiéndose en este piadoso y patriótico anhelo las Catedrales y Monasterios más célebres de Europa. Hasta 20 cálices, dice un autor, se disputaban en el siglo XVI el honor de ser el que usó el Señor en su última Cena, o sea, el Santo Graal de las narraciones caballerescas. El tiempo con su olvido y la crítica con sus estudios han ido seleccionando los más verosímiles, desechando los restantes; unos, porque no demostraban suficiente antigüedad para ser tenidos como contemporáneos del Salvador, y otros, porque no alcanzaban, aun siendo antiguos, las condiciones de riqueza material, localización oportuna y misterio que atribuían las leyendas al verdadero Cáliz de la Cena, que era el SantoGrial de su veneración y de sus afanes.
De esta labor expurgativa parece que ya no quedaban en el mundo - al tiempo de aparecer el Parsifal de Wagner en 1882 -más que tres vasos célebres que pudieran aspirar a la autenticidad: el de Jerusalén, recordado por el Venerable San Beda, el Sacro Catino de Génova, y el Santo Cáliz de Valencia; viniendo a coincidir los críticos en favor de éste en los tiempos actuales, por reunir todas las notas que debe tener el histórico Cáliz de Jesús, el legendario Santo Graal; sin más oposicion que la de ciertos "nacionalistas" exaltados que tratan de dislocarlo de Aragón, naturalmente en favor propio.
Haviendo gracia al lector de la enumeración de los otros cálices que le disputan al nuestro en tiempos pasados su prestancia, no puedo excusarme de exponer aquí brevemente el historial de los dos rivales de más fuerza: el de Jerusalén y el de Génova.
El de Jerusalén, tanto por la ciudad donde se decía haber existido, cuanto por la gran autoridad del Venerable Beda y del cardenal Baronio que lo citaron, adquirio innegable autoridad en los siglos pasados. "Hay que creer sin vacilar - dice Ch. Rohault de Fleur - que los discípulos de Jesús, guardando celosos todo lo que a Él perteneció, conservarían con más cuidado una reliquia tan preciosa (el Santo Cáliz). Parece cierto que algunos siglos después se mostraba este Cáliz en Jerusalén a los peregrinos cristianos. El monje escocés Adamnán, que vivió en la segunda mitad del siglo VII (quizá sea el VIII) nos ha dejado una descripción de los Santos Lugares, escrita según la relación de Arculfo, obispo francés, que hizo un viaje a Tierra Santa hacia el año 640, (720 pone otro escritor) y dice que entre la Basílica del Gólgota y el Santo Sepulcro había en una plaza una exedra donde estaban el Cáliz del Señor, en el que Él mismo consagró su propia Sangre para darla a beber a sus Apóstoles; el cual cáliz es de plata, de capacidad de un sextario francés (7 litros y 44 centilitros, dice Rohault) adornado de dos asas opuestas". Recogió el Venerable Doctor S. Beda esta noticia en su tratado De los Santos Lugares, agregando el detalle de que estaba protegido por una reja, pero que se podía tocar y basar por cierta abertura. Otro escritor de dudosa autoridad añade que dentro de aquel cáliz se conservaba la esponja con que dieron a beber vinagre a Jesús en la Cruz. Continúa Mr. de Fleury diciendo que "de su capacidad se puede calcular que, descontando las asas y el pie, su vaso tendría unos 30 centímetros de diámetro por 20 de altura. Se ignora en qué época desapareció de Jerusalén este cáliz".
Es muy sencillo resolver esta duda. Si existió tal cáliz - que mejor que cáliz se le debe llamar cratera, que era recipiente donde se ponía el vino mezclado con agua y jarabes para servirlo en las copas de los comensales -, lo robarían los mahometanos de Omar I cuando entraron en la Ciudad Santa el año 638, dos antes del viaje de Arculfo según la cuenta de este autor, u 82 según el cómputo más probable de otros escritores que ponen ese viaje en el año 720. Y si lo respetaron los invasores en 638, aunque consta que lo destruyeron y saquearon todo, menos el Santo Sepulcro por el dinero que les rendía de los reyes y pueblos cristianos, ¿cómo no se conservó hasta la época de la reconquista de Jerusalén por los Cruzados, pues nadie habla de él en ese tiempo? ¿Y por qué no lo mencionan San Jerónimo, Nicéforo, Eusebio, nuestra ilustre compatriota Eteria y otros escritores coetáneos que visitaron los Santos Lugares y los describieron en tiempo de paz, esto es, desde su restauración por Santa Elena y Constantino (principios del siglo IV) hasta la invasión de Omar?¿Y cómo se explica que una reliquia tan insigne del Redentor no la conservaran los obispos y los fieles en otro lugar más seguro y sagrado que una capillita o exedra en la calle, a la vista y a la mano de todo el mundo, mientras guardaban con más respeto en una iglesia la cruz del Buen Ladrón?
Además, el obispo Arculfo no da la noticia directamente, sino trasmitida por cierto monje llamado Pedro que fué su guía e intérprete. Si se tratara de un delito no estaría mejor tramada la exculpación: el santo Beda se apoya en Adamnán, Adamnán en Arculfo, y Arculfo es un indocumentado que se llamaba Pedro. Y puesto que estos dos últimos son los que pudieron ver el cáliz, y nada dicen de haberlo adorado, aunque ponen detalles menos interesantes en su narración, parece que la tomaron - según algunos críticos - de un Itinerario que compuso un tal Antonio en el siglo III (en el siglo III no existía la Basilica del Gólgota, ni se conocía el Santo Sepulcro, ni había capilla ninguna pública en Jerusalén): Itinerario que mereció ser censurado por los escritores Pepebroquio y Allacio "como indigno de salir a luz por estar lleno de cuentos de viejas y no descubrirse en él ni un rastro verosímil de viaje alguno".
Lo que empezó siendo una gran noticia autorizada por un santo Doctor - que en todo lo demás es sapientísimo y celebérrimo, y cuya credulidad en el testimonio de un obispo y de un monje ilustrado es muy excusable - ha venido a ser uno de tantos cuentos de un viaje que inventó un mal novelista.
Vengamos al Sacro Catino de Génova. "Catino" quiere decir plato, o mejor fuente para servir las viandas.
Y así es, plato y no cáliz, el que se guarda en la Catedral de Génova, de figura hexagonal prolongada, y de un perímetro de 1´20 metros. Por su poca profundidad y gran tamaño, bien pudo haber servido en la mesa del Señor para contener el cordero pascual de la cena legal, pero no para la consagración del vino en la institución de la Sagrada Eucaristía, y mucho menos para beberlo en él.
La historia, o tradición, o quizá nada más que leyendas de este Sacro Catino, hacen remontar su existencia a los tiempos de Salomón: conservado en el Templo de Jerusalén hasta época de Nuestro Señor Jesucristo, siguió en la misma Ciudad Santa (¡caso inverosímil después de las devastaciones de los romanos y de los árabes!) hasta el año 1101 en que lo trajeron a Génova los Cruzados italianos. Otra versión dice que esta alhaja vino a poder de los cristianos de España no se dice cómo, y que a éstos se la quitaron los moros y la llevaron a Almería. Cuando en 1147 el rey de Castilla Alfonso VII conquisto esta ciudad, auxiliado por tierra por los aragoneses y catalanes y por mar por los barcos genoveses, el rey "retovo para sí la cipdat - dice la Primera Crónica general - et dió la prea (el botín) todo a los de Genua (Génova); et en la prea et en los espojos que tomaron en la cipdat et en los terminos della, fallaron y (hallaron alli) un vaso de piedra esmeralda". Se lo llevaron a su ciudad y allí está hasta ahora. Cuando en 1502 le enseñaron este precioso objeto a Luis XII de Francia le dijeron - según Gayangos - que era el vaso que usó el Señor en la última cena, y que lo habían adquirido como su parte del despojo en la toma de Jerusalén por los Cruzados en 1099. El P. Mariana, al referir esa reconquista de Almeria y el botín de los genoveses con su plato de esmeralda, dice que "el vulgo cree que Cristo Hijo de Dios cenó en él la postrera vez con sus discípulos: opinión sin autor ni fundamento". Poniendo en duda el jesuíta italiano P. Menochio la fe que tengan en él los genoveses de haber servido en la Cena del Señor, decía que "ni se muestra o se venera como reliquia, sino como un vaso maravilloso y precioso por la materia, por el arte y por lo bien trabajado, siendo todo vaciado en una esmeralda de notable grandeza". Otro autor anónimo moderno recoge las leyendas y sucesos reales de este Sacro Catino y dice que "según Varcaire, el Grial fué encontrado en la ciudad de Cesárea por los Cruzados en 1102: era un vaso antiquísimo tallado en una sola esmeralda. Estaba guardado en un Templo, muy maravilloso edificio, como dice Guillermo de Tiro, construido por Herodes en honor de Augusto. Los Cruzados lo llevaron a Génova: los genoveses lo empeñaron en 9.500 libras, que dieron los mercaderes de oro de la ciudad: los franceses, en tiempo de las guerras napoleónicas, lo robaron de la catedral y lleváronselo a París, donde fué estudiado por una comisión de la Academia, la cual declaró que no era más que una bujeria de cristal bizantino; con lo que perdió definitivamente la consideración de los sabios y fué devuelto a los genoveses en 1815, rompiéndose en el camino".
De manera que el precioso cáliz de esmeralda de Génova no es cáliz ni es de esmeralda, sino que es un plato de vidrio antiguo. Pero es justo reconer aquí que no ha sido culpa de los genoveses el que su Catino fuese creído en algún tiempo el Cáliz del señor y el Santo Grial, pues ellos siempre lo han llamado "Il Sacro catino"; sino que los escritores extraños le dieron los nombres de "mortaio", "escudilla", "bicchiere", que quieren decir taza o copa, y de allí cáliz.
Al decir en el título "El Santo Grial en Aragón", quiero dar a entender que esta preciosa joya, ya se la considere como el Sagrado Cáliz en que Nuestro Señor consagró en la última Cena, ya como el Santo Grial de las leyendas, fué y es gloria exclusiva de Aragón; habiendo pasado por las localidades que voy a anotar en compendio, como esquema de los varios puntos que se habrán de dilucidar.

a) Desde el año 258 hasta 712, en HUESCA, en poder de sus obispos.

b) Huyen los cristianos de la tierra baja ante el ímpetu arrollador de las tropas árabes de Tárik y Muza en 712, y se refugian con sus obispos y sus sacerdotes en las fragosidades de los Pirineos, llevando consigo los objetos del culto y las reliquias más preciosas Es probable que el Santo Cáliz - la primera entre ellas - estuviese algún tiempo con el primer obispo de Huesca fugitivo en la cueva del monte de YEBRA, lugar desde entonces santificado además por el martirio de su pariente Santa Orosia, víctima preciosa de la persecución mahometana. Es muy probable que el Santo Cáliz se guardó también algún tiempo en el Monasterio de S.Pedro de SIRESA (valle de Echo) al menos siendo obispo Ferriolo, el cual se titulaba "obispo en San Pedro", que necesariamente se ha de entender el de Siresa, pues no existía aún el de la Sede de Jaca, y el de S. Pedro de Siresa ya consta como Monasterio importante en los tiempos visigóticos, según la epístola del mártir S.Eulogio de Córdoba; viniendo a robustecerse esta probabilid con la existencia en la iglesia de Siresa de innumerables reliquias de Santos hasta el día de hoy, procedentes sin duda alguna de los cristianos refugiados en las montañas en aquella época de terror.

c) Es moralmente cierto que el Santo Cáliz estuvo (en poder del obispo siempre) en el Monasterio de Santa María de SASABE, que existió a unos 2 kilómetros al N. de la actual villa de Borau - entre el valle de Canfranc y el de Echo, en el sitio donde hoy está la ermita de S. Adrián. Consta documentalmente la existencia y sepultura de siete obispos en Sasabe, hasta que el último que allí vivió, Don García I, trasladó en 1044 su residencia a la ciudad de Jaca, que por aquellos años estaba reedificando el rey Don Ramiro I y levantando su catedral. En estas andanzas pasaron los obispos de Aragón - que así empezaron a titularse en el siglo IX - desde el año 712 hasta el 1044.

d) En la actual CATEDRAL DE JACA erigida por el cristianísimo rey Don Ramiro (así lo llamaba el papa San Gregorio VII) no tanto quizá para Sede episcopal de su naciente reino, como para que fuese digna morada en lo posible del Santo Cáliz que venían guardando los obispos de Aragón en las montañas, estuvo este preclaro Vaso nada más que hasta el año 1076 en que lo llevó ... mejor dicho estaría se lo llevó de Jaca su obispo Don Sancho I - sucesor de Don Garcia el de Sasabe - al renunciar al cargo y retirarse a S. Juan de la Peña, de donde había sido monje antes de ser obispo.

e) En el MONASTERIO DE SAN JUAN DE LA PEÑA, reedificado con todo lujo y grandeza, cuanto lo permitían las dimensiones de la cueva, por el rey Don Sancho Ramírez en tiempos de ese obispo muy protegido suyo, permaneció el Santo Cáliz - aquí fué la época en que se inspiraron las leyendas del Santo Grial- hasta el día memorable, aunque nomuy gratamente memorable, 26 de Septiembre de 1399 en que el Monasterio a instancias del rey Don Martín de Aragón, se lo entregó en Zaragoza.

f) Pocos años lo poseyó ZARAGOZA; algunos menos de los que generalmente se cree, según mis cuentas. Del real palacio de la Aljaferia lo traslado Don Martín a su Capilla del de Barcelona.

g) En BARCELONA estaba el Santo Cáliz con otras muchas reliquias insignes, propiedad de la Corona de Aragón, cuando se hizo el inventario de todas ellas en Septiembre de 1410 a raíz de la muerte sin sucesión del rey Don Martín.

h) Su segundo sucesor y resobrino Don Alfonso V de Aragón hizo llevar a su palacio de VALENCIA gran cantidad de esas reliquias, Don Juan II, rey de Navarra entonces y Gobernador de Aragón y Valencia, lo entregó definitivamente en 18 de Marzo de 1437 a la Catedral valenciana, donde se venera hasta el día de hoy.


(CONTINUARÁ)